La Fiscalía no ha encontrado ni rastro de la supuesta colusión del presidente Donald Trump con Rusia para ganar las elecciones /EFE
La Fiscalía no ha encontrado ni rastro de la supuesta colusión del presidente Donald Trump con Rusia para ganar las elecciones /EFE

Ya es oficial: Trump no se puso de acuerdo con Rusia para que le ayudara electoralmente. Es la conclusión de la investigación del fiscal especial Robert Mueller, una absurda pérdida de tiempo y medios que ha tenido dos años al presidente bajo la amenaza del ‘impeachment’.

Lo divertido de la Gran Noticia que sacude estos días el panorama mediático americano es que ni es actual ni es realmente ‘noticia’, salvo para los grandes medios americanos y los antritrumpistas dispuestos a creer que el presidente americano mató a Manolete disfrazado de toro. Quien tenga la santa paciencia de leerme con regularidad se habrá topado con más de una columna en la que hablo de la ‘trama rusa’, la ridícula conspiranoia con la que los demócratas y sus aliados, los grandes medios, llevan dos años acosando a Trump.

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Todo el mundo con algún sentido común lo sabe desde el primer día: la conspiración era una filfa evidente y crearla solo puede ‘colar’ entre quienes son incapaces de hacerse a la idea de que Trump ha vencido con todos los medios en su contra. Sí, vale, es humillante, pero id superándolo.

Pero, bueno, al menos ya es oficial: el fiscal especial Mueller, tras dos años tirando el dinero de los contribuyentes en su absurda investigación, no ha encontrado el menor indicio de colusión de la campaña de Trump con ‘los rusos’. Yo misma llevo diciendo todo este tiempo lo mismo y a un coste muy inferior.

Recuerdo que cuando Trump ganó las elecciones me entregué a una culpable orgía de ‘Schadenfreude’ en forma de vídeos de personajes de postín -desde Obama a varias ‘celebrities’ pasando por los pomposos guardianes de la opinión correcta- carcajeándose de la posibilidad de que Trump pudiese soñar siquiera en ganar las elecciones. La idea les sonaba a toda esa gente importante demasiado ridícula, y ahora era nuestro turno de verles a ellos hacer el ridículo.

“Da igual. Hoy ya es oficial, se han rendido: no hay nada de nada y hemos estado dos años acogotando la presidencia del país más poderoso de la tierra, impidiendo que gobernara con normalidad, por una enorme nada”

Entiéndanme: no es que no puedan equivocarse. Era fácil que Trump no hubiese vencido; de hecho, perdió el voto popular. No, es esa arrogancia, esa absoluta lejanía de lo que opina la gente corriente, la que nunca van a encontrarse en sus cócteles ni en esa sociedad de bombos mutuos y escaparate de narcisistas que son los editoriales de los telediarios y las columnas de opinión de los grandes periódicos. No es que disientan de la opinión contraria -lo que es tautológico-, sino que la desdeñen desde su altura olímpica.

Y estos días he vuelto a repetir, Dios bendiga a esos tuiteros con tiempo libre dispuestos a crear vídeos de este tipo. En serio, pruébenlo, óiganles estos dos años agónicos diciendo cada dos por tres que “el cerco se cierra en torno a Trump” y que su fin podría estar a la vuelta de la esquina, que Mueller está a punto de sacar de su chistera la prueba ‘definitiva’ de que Trump se puso de acuerdo con Putin para… ¿Para qué? No se sabe muy bien, porque ya se supo desde la primera semana que el voto no se había amañado.

Da igual. Hoy ya es oficial, se han rendido: no hay nada de nada y hemos estado dos años acogotando la presidencia del país más poderoso de la tierra, impidiendo que gobernara con normalidad, por una enorme nada, por una pataleta absurda; dos años de espada de Damocles sobre el Despacho Oval y periodistas babeantes ante la posibilidad de echar a Trump a patadas, presentando como un hecho lo que se ha demostrado una ficción.

Y, sí, es un triunfo y una razón magnífica para echar unas risas a costa de tanto asno pomposo. Pero también es enormemente preocupante el grado de polarización a que hemos llegado en todo Occidente, al punto que los grandes grupos mediáticos, los que ya no controlan la información pero siguen teniendo una influencia desmedida sobre lo que piensa el ciudadano, pueden mantener una mentira tan obvia durante tanto tiempo, con tan grave daño de las instituciones.

Sabemos, además, que no es cosa de América, aunque allí todo tiene más eco y más peso. Los medios españoles, como los belgas o los neozelandeses, repitieron ávidos la historia hueca, repitieron con servilismo interesado lo que un idiota podía ver absurdo.

Debería haber consecuencias. Los medios deberían pagar, al menos los lectores y televidentes deberían haber perdido en ellos toda confianza. Y los investigadores deberían pasar a ser investigados por sospechas de prevaricación.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.