Cruda realidad / No me miente usted los esfínteres…

    Víctor llevaba tres días en muerte cerebral de una paliza por llevar tirantes con la bandera de España, pero nadie se había enterado. Era varón y hetero… Por meterse con un homosexual (Iceta), un profesor ha tenido que dimitir y para hacer un guiño electoral Colau ha confesado –ahora, precisamente- su bisexualidad. Ya ven por donde voy…

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    El asesinado Víctor Laínez, y los políticos Miquel Iceta y Ada Colau/Actuall.

    No está escrito en ninguna parte ni lo consagra una ley, pero todos lo tenemos tan claro como si hubiera un marcador en el cielo que pudiéramos consultar nada más levantarnos.

    Todos sabemos que unos grupos valen más que otros, como si la vida social fuera un perpetuo juego a la carta más alta.

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    Todos sabemos que varón, ‘cis’, heterosexual, blanco, cristiano, sin discapacidades y habitante de una comunidad sin ansias nacionalistas es la carta más baja.

    Ha muerto en el hospital Víctor Laínez, de 55 años, al que por llevar unos tirantes con la bandera de España dieron una paliza que le dejó en muerte cerebral hace tres días.

    Sí, he dicho hace tres días, y usted se ha enterado ahora, porque Víctor no pertenecía a ninguno de los grupos protegidos, más bien al contrario, y por tanto su vida valía menos según el juicio social.

    Pero entre las otras tribus, la progresía reinante mantiene una especie de cotización en la que los grupos protegidos suben y bajan, y no siempre es fácil saber quién es rey en la cadena trófica esta temporada.

    Si tengo que apostar, diría que nuestros amigos LGTBI. Podría recurrir a una cantidad ingente de datos para apoyar mi tesis, y aquí mismo hemos tratado por extenso de su poder, pero me limitaré a dos noticias de rabiosa actualidad, ambas relacionadas con políticos catalanes.

    Jordi Hernández Borrell (ahora más conocido como Jordi Borrell, que los Hernández se tapan como una pariente peripatética en el mundillo nacionalista), profesor de la Universidad de Barcelona y director de su Instituto de Nanociencia y Nanotecnología, es rabiosamente secesionista, y en su cuenta en Twitter ha dado con frecuencia rienda suelta a sus fobias con insultos que, la verdad, por lo general no se distinguen demasiado de la tónica general entre los forofos del asunto.

    Y así hubiera seguido todo plácidamente, el profesor insultando a diestro y siniestro con toda paz, si no fuera por un tuit que ofendió a quien no debía.

    Nadie se ha metido nunca en líos por llamar a un político «ser repugnante». Tampoco hay problema alguno con ese «impostor” pero ojo con aludir a su condición homosexual

    Contestaba a otro tuitero en estos términos: «Carles: no te pongas a su nivel. Iceta es un impostor. Un ignorante y un demagogo que vive del partido desde hace 30 años. Tiene los esfínteres dilatados y baila al son de C’s y Pp. Es un ser repugnante«.

    Nadie se ha metido nunca en líos por llamar a un político «ser repugnante». Tampoco hay problema alguno con ese «impostor», o con descalificar al candidato socialista catalán llamándole «ignorante» y «demagogo», acusándole de connivencia con formaciones rivales o de haber hecho del partido su particular mamandurria. Todo eso se acepta como una sana forma de disidencia.

    Pero eso de citar sus «esfínteres dilatados», que, en rigor y como dice Arcadi Espada en El Mundo, se ha empleado a menudo en jerga como sinónimo de tener amplias tragaderas, no tiene pase.

    Se da la circunstancia de que Iceta es homosexual, y la expresión puede entenderse como referencia a una de las actividades típicas del sexo gay, y hasta aquí hemos llegado: don Jordi ha tenido que dimitir, además de pedir disculpas en el tuit más humillante que ha sido capaz de redactar, y un tribunal ha abierto una investigación para estudiar si estamos ante un «delito de odio».

    Don Jordi sabe, o quizá ha tenido estos días ocasión de enterarse del grupo en cuyo camino ha venido a cruzarse por atolondramiento e inconsciencia.

    Uno puede reprochar a sus seguidores en Twitter que no hayan matado aún a Mariano Rajoy o reírse de las piernas arrancadas de cuajo a Irene Villa y acabar de concejal en Madrid; puede liderar un grupo que entra en una capilla gritando «¡Arderéis como en el 36!» y «Hay que quemar la conferencia episcopal» y departir luego amigablemente con algún miembro de esa misma conferencia por razón de su cargo.

    Pero no utilice, para meterse con nadie, una expresión que pueda interpretarse como alusión a su condición homosexual o es usted un hombre acabado.

    La segunda noticia es menos dramática y más esperpéntica. Ada Colau, esa planta trepadora de la política, en vísperas, como quien dice, de las elecciones catalanas ha ido a un programa de televisión para confesar su bisexualidad. Bueno, menos da una piedra; ya es tarde para declararse meramente lesbiana.

    Ada está atenta a la pantalla de las cotizaciones y ha comprendido que si hay que caer bien a un grupo ahora en España es a los LGTBI

    Ahora bien, si hay una especie animal de olfato preternaturalmente fino para olisquear por dónde sopla el aire del poder y la influencia, ese es un político de raza, y Ada lo es.

    La alcaldesa de Barcelona no da puntada sin hilo y se apunta siempre a la demagogia más barata, con lo que debemos descartar que su confesión, vertida en medio tan público y en fecha tan oportuna, sea del todo espontánea.

    Ada sabe. Ada entiende. Ada conoce el marcador, está atenta a la pantalla de las cotizaciones y ha comprendido que si hay que caer bien a un grupo ahora en España es a los LGTBI, y si ya es tarde para pedirse la L, aún está a tiempo de optar por la B.

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