Cruda realidad / Operación Triunfo y las gafas del ‘indepe’

    No basta con tesón y ganas para ganar Operación Triunfo, es importante el talento y no ir contra la realidad. El problema de los ‘indepes’ es que van por la vida con unas gafas que le impiden ver esa realidad.

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    Cartel de Operación Triunfo 2017
    Cartel de Operación Triunfo 2017

    Recuerdo como si fuera ayer el momento en que intuí lo que se nos venía encima, un panorama que incluye -aunque desconociera entonces los detalles- desde Podemos a las leyes de ideología de género, pasando por el pataleo catalán.

    Estaba yo entonces enganchada a medias a Operación Triunfo en sus primeras ediciones, tanto que a veces incluso me tragaba esas previas en las que se ‘espiaba’ el proceso de selección y descarte.

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    Cantaba una chica de, no sé, cualquier edad entre 17 y 21. Cantaba solo lo suficientemente bien para no desentonar demasiado en un noche de acampada, pero nada especial, como decenas de amigos que conocemos y de los que a menudo huimos cuando cogen la guitarra. Mediocre, en una palabra.

    Naturalmente, fue descartada. Y fue su reacción lo que me abrió los ojos. Naturalmente, había visto y leído cosas parecidas antes, y me harté de ver muchas más después, pero aquello fue, no sé por qué, una revelación, una epifanía.

    La chica se puso a llorar cuando supo la decisión del jurado, que cualquiera excepto ella hubiera visto inevitable, pero eso no fue todo: soltó una flamígera parrafada asegurando que se equivocaban, que daba igual, porque el mundo de la canción era su sueño y nunca iba a renunciar a él hasta triunfar.

    Cualquiera con dos dedos de frente puede imaginar su futuro si mantiene esa actitud. Y su amargura a la larga.

    Las nuevas generaciones parecen creer que se pueden lograr cosas grandes con varios tuits, un manifiesto o una procesión con antorchas

    Es moda recordar que vivimos en una época en la que las nuevas generaciones parecen creer que se pueden lograr cosas grandes con varios tuits, un manifiesto o una procesión con antorchas. Y, claro, no.

    Cuando miramos a nuestro alrededor, todo lo grande y duradero y que merece la pena ha exigido una labor minuciosa y agotadora, en silencio, de un modo muy poco cinematográfico y dramático.

    La catedral de León puede quitar la respiración a quien la contemple, pero verla construir debía de ser como ver crecer la hierba. Lo mismo para el ordenamiento jurídico que nos ampara o la tecnología que nos facilita la vida.

    Pero hoy no voy por algo tan obvio, no voy a referirme a ese tipo de pensamiento mágico del ‘inglés sin esfuerzo’, sino a otra derivada de la filosofía Disney: la que piensa que el tesón, la constancia, el esfuerzo y, sobre todo, el entusiasmo y el desear las cosas muy fuerte suplen la capacidad, el talento e incluso las condiciones reales.

    Quizá la chica de mi ejemplo era una luchadora nata; quizá estaba dispuesta a trabajar 12 horas diarias en su sueño de gloria musical y sobrevivir con bocadillos de chopped. Me temo que da igual: no es lo bastante buena.

    Falta la base, el talento. Está muy bien la frase de Edison del 90% de transpiración frente al 10% de inspiración, pero estoy convencida de que hay millones que han sudado tanto o más que el célebre inventor sin encontrar su éxito.

    Y hay, me temo, muchísimo de esto en la concepción básica de mucho ‘luchador por la independencia de Cataluña’.

    No encuentro nada raro en soñar con una Cataluña independiente. Tampoco en soñar con un Condado Libre del Sobrarbe o una República Popular de la Axarquía.

    No estoy diciendo, naturalmente, que sean equivalentes, y sé bien que el primer sueño ha sido amorosamente fomentado desde todos los ángulos imaginables por el poder local desde hace décadas.

    Pero el resultado es parecido: la aldea gala, una bucólica visión de gloria sin matices, una fantasía que difumina los puntos oscuros y realza la posibilidades halagüeñas más improbables. El plan de negocio de un charlatán.

    El ‘indepe’ sincero, incluso el ‘indepe’ inteligente, es como un tipo que fuera por la calle con unas gafas especiales que le permitieran no ver, al menos, la mitad de la realidad.

    El ‘indepe’ se niega a ver esa mitad de Cataluña que no quiere tener nada que ver con sus planes

    No ve, se niega a ver, esa mitad de Cataluña que no quiere tener nada que ver con sus planes. Y cuando se le obliga a verla, es para minimizarla, ya se adaptarán, qué remedio les queda.

    Ve claro y resaltado hasta el infinito todo lo que tienen de diferente; no ve o ve difuso todo lo que tienen de común con el resto de España.

    Los ‘indepes’ sinceros hacen cálculos económicos enormemente divertidos incluso cuando son rigurosos con los datos.

    El PIB de Cataluña -o el déficit, o la renta per cápita, o la deuda, o lo que ustedes quieran- es X, con lo que, si nos vamos, nos llevamos ese X intacto sin, además, tener que compartirlo. No quieren pensar en lo obvio, a saber, cuánto de esa cifra pueda deberse al hecho de pertenecer a España o cuánto de ella se esfumará con la previsible inseguridad y caos de una independencia ‘a cara de perro’.

    Las cosas grandes, sí, requieren esfuerzo y tesón y audacia; pero también capacidad y no ir contra la realidad.

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