Cruda realidad / Pablo, Amancio y el odio ciego

    Iglesias, Serra y Montero prefieren que esos mismos desheredados se mueran de cáncer antes de aceptar en su nombre la generosa donación de Ortega. Se trata de un ejemplo de una ideología en la que el odio se impone sobre el beneficio de la clase que dicen representar.

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    Pablo Iglesias, secretario general de Podemos y Amancio Ortega, fundador de Inditex.
    Pablo Iglesias, secretario general de Podemos y Amancio Ortega, fundador de Inditex.

    Amancio Ortega, fundador y dueño de la cadena Zara y uno de los hombres más ricos del mundo, ha tenido a bien comprar equipos médicos para el tratamiento del cáncer por valor de 310 millones y donarlos a la sanidad pública, lo que podría hacer de ella puntera en este campo. Parece una acción inatacable, ¿verdad? Sin fisuras. Es generosísimo el regalo, no tiene contrapartidas ni condiciones, va destinado a algo que a todo el mundo le importa tanto como es la salud y, a mayor abundamiento, la salud de todos aquellos que, a diferencia del propio Amancio, no podrían jamás permitirse un tratamiento así. ¿Quién podría poner pegas a algo así?

    Podemos, naturalmente, que parece decidido a convertirse en el Grinch de la política española. Hay una niñata que no ha hecho en su vida la “o” con un canuto ni dado un palo al agua, una pijita de nombre Isabel Serra, candidata a la alcaldía de Madrid por la formación morada, que ha pedido que la sanidad pública rechace la donación. Como lo oyen: los adalides de los desheredados prefieren que esos mismos desheredados se mueran de cáncer antes de aceptar en su nombre la generosa donación.

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    «Habló el capitán de los parias de la tierra, que hace no tanto estaba pidiendo limosnas entre sus propias filas»

    Y por si alguien creyese que a la niña se le había ido la pinza por su cuenta y riesgo, el Amado Líder, Pablo Iglesias, se ha tomado un momento para abandonar su mansión en Galapagar, volar a Palma y decir que «la sanidad pública no puede aceptar donaciones ni limosnas de Amancio Ortega» porque una «democracia digna no acepta limosnas de millonarios». Vaya, ya habló el capitán de los parias de la tierra, que hace no tanto estaba pidiendo limosnas entre sus propias filas. Ya se sabe, mejor el óbolo de la viuda que la fortuna del rico.

    Pablo y su consorte con mucha suerte, Irene Montero, tuvieron gemelos en un parto prematuro que requirió asistencia médica para la supervivencia de los vástagos. Y, haciendo un ejercicio de imaginación, quiero imaginar a la angustiada madre en el caso de que, suponiendo a España mucho más pobre, le dijeran que la máquina que puede salvar al fruto de sus entrañas fuera donación de un millonario. Admito apuestas.

    «Lo que le vuelve intolerablemente odioso a ojos del líder: no que sea riquísimo, sino que la suya no es riqueza heredada, sino ganada»

    Naturalmente, las declaraciones de estos dos impresentables podemitas son solo un caso, un ejemplo de una ideología en la que el odio se impone sobre el beneficio de la clase que dicen representar, sobre todo porque no les afecta a ellos mismos. Desde el borde de su piscina, Irene puede arengar a las masas desposeídas sin que se le caiga la cara de vergüenza, igual que a don Pablo la suerte de un enfermo de cáncer le parece un bajo precio a pagar para vomitar su bilis contra un hombre que se atreve a echar por tierra toda su retórica.

    Porque ese el verdadero pecado de don Amancio, lo que le vuelve intolerablemente odioso a ojos del líder: no que sea riquísimo, sino que la suya no es riqueza heredada, sino ganada, trabajada desde la posición más baja, a base de esfuerzo e ingenio.

    ¿Por qué Pablo prefiere hablar de ‘casta’ más que de la clase? Porque se trata de transmitir la idea de que son impermeables, de que si alguien nace en el grupo A, morirá indefectiblemente en el grupo A. Ese mensaje es vital en su captación de votos; es esencial que los pobres se sientan impotentes, incapaces de mejorar su suerte, que crean que el rico es rico porque les ha robado, que ellos son pobres porque los ricos les han quitado lo que les corresponde de algún modo misterioso.

    Por supuesto, eso es odiar a los pobres; eso es asegurarse de que sean siempre pobres o, al menos, esclavos agradecidos a la limosna que pueda darles un político prepotente y endiosado como Iglesias. Por eso Ortega es anatema, es lo peor, porque es la refutación práctica de esa visión. Ortega empezó por abajo, no tiene estudios, y ha levantado un imperio mundial. Ahí queda tu casta, Pablo Manuel.

    La consorte bordea tranquilamente la calumnia cuando escribe en su cuenta de Twitter: “¿Nunca te has preguntado de dónde sale el dinero que dona Amancio Ortega? Cualquiera podría pensar que sale del que gana evitando el pago de impuestos”.

    Pues no, Irene, nunca me lo he preguntado porque todavía no se me cae la baba. Basta callejear un poco por cualquier ciudad un poco grande para toparse con un Zara: de ahí sale el dinero de don Amancio. Todavía no se ha dado el caso de nadie que pueda conseguir una fortuna que le permita realizar una donación de 310 millones de euros por el sencillo procedimiento de evitar pagar impuestos. Yo podría pasarme varias vidas eludiendo a todos los inspectores del mundo y sin pagar un solo euro que jamás me acercaría, ni de lejos, a esa cifra. La razón es que, para pagar impuestos o eludirlos, primero hay que ganar la pasta en cuestión.

    Por supuesto, Amancio Ortega paga impuestos, una cantidad anual que equivale a la de los impuestos de muchísimos, pero muchísimos contribuyentes. Porque, y esa es otra, tributa en España, algo que podría elegir no hacer. Podría, por ejemplo, tributar en Panamá, como hace su admirado, muy solidario y rojísimo Pedro Almodóvar. ¿Lo han denunciado ya? Eso pensaba.

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