Quim Torra en su escaño durante el debate de investidura. / EFE
Quim Torra en su escaño durante el debate de investidura. / EFE

Leyendo al nuevo presidente de la Generalitat, Quim Torra, sobre la raza catalana, tan distinta y distante en su enloquecida mente de la española, uno nunca sospecharía que el apellido más común en las cuatro provincias catalanas es García.

Para ser exactos, los apellidos más comunes en Cataluña son, por este orden, García, Martínez, López, Sánchez, Rodríguez, Fernández, Pérez, González, Gómez, Ruiz, Martín, Jiménez, Moreno, Hernández, Muñoz, Díaz, Romero, Navarro, Torres y Álvarez.

Actuall depende del apoyo de lectores como tú para seguir defendiendo la cultura de la vida, la familia y las libertades.

Haz un donativo ahora

Y viendo esta lista, tan plagada de esa raza aborrecible para Quim (¿o es Kim?), uno se pregunta si el independentismo sueña con vaciar Cataluña o, simplemente, convivir tapándose la nariz con tales alimañas pululando por las calles y manchando con su indigna presencia la sagrada tierra catalana.

Empezaré diciendo que pretender la independencia de Cataluña me parece una idea errónea, pero razonable. Uno puede perfectamente pensar que, en una Cataluña independiente, el Estado estaría más cerca de los ciudadanos; podría, incluso, argumentarse que el Estado español ha desaparecido virtualmente de muchas áreas de la realidad catalana diaria, que no tiene mucho sentido seguir perteneciendo a una patria que parece haber dejado de creer en sí misma. También se puede sostener que, en última instancia, todos los partidos nacionales con representación en las Cortes están más que deseosos de diluir la nacionalidad española en una mayor, europea, esos Estados Unidos de Europa que ponen lírico a Albert Rivera. Siendo así, ¿qué más da que Cataluña se separe de una España que no quiere seguir siendo España?

Mientras dormíamos, se ha gestado en Cataluña un etnicismo supremacista que se basta por sí solo para alertar a cualquiera por su irracionalidad y su incoherencia

No es que sea partidaria de nada de esto, pero, al menos, no suena tan demencial como todo lo que nos llega de Cataluña estos días, un ideario y unas consignas que nos alarmarían como el toque de una trompeta de batalla si se aplicaran a cualquier Estado existente.

De repente, mientras dormíamos, se ha ido gestando en Cataluña un etnicismo supremacista que no, no voy a comparar con ningún otro de la historia reciente, porque se basta por sí solo para alertar a cualquiera con dos dedos de frente por su irracionalidad, su incoherencia y su peligroso esencialismo identitario.

Quienes hablan de raza catalana creen en la raza catalana; quienes pretenden que los catalanes son de algún modo étnicamente superiores al resto de los españoles lo creen de verdad, y es un alivio que existan redes sociales y podamos leer, aunque sea con los ojos como platos y la boca abierta de par en par, lo que piensa y anima a tanto independentista.

Una solo puede imaginar remotamente la decepción tan brutal, el despertar tan doloroso de quienes mantienen esta trágica fantasía en el caso de que alguna vez lograran su objetivo. No porque tener un Estado propio sea en sí mismo algo malo, por supuesto, o porque haya algo erróneo en amar la propia tierra antes que la ajena, sino porque nada de eso puede ser el centro, nada de eso tiene capacidad para llenar una vida o hacer feliz a un pueblo.

Esa Cataluña ensimismada y encantada de haberse conocido, construyendo imaginarios y alimentándose del odio al vecino es una receta para el más espantoso desastre

Ese es el grave problema en todo este asunto: que la Catalunya Nou Estat es una alucinación, una fantasía, y una fantasía peligrosa. En el lenguaje de los amos del procés, especialmente cuando se relajan y hablan entre ellos y no tanto para la galería española, no se dibuja una Cataluña real, llena, como hemos visto y como cualquiera puede comprobar, de ciudadanos procedentes de toda la geografía española; no se ve una Cataluña donde más de la mitad de sus habitantes tienen como primer idioma la lengua común de todos los españoles, ni una Cataluña que ha sido y es española, para bien y para mal, desde hace demasiados siglos.

No, se adivina una república de mitos inventados e impuestos, de ciudadanos de primera y segunda categoría; probablemente, de un éxodo aún más masivo que el que sufrió el País Vasco durante los años del plomo.

Las naciones, como los seres humanos, no ganan nada de mirarse obsesivamente el ombligo y encontrándolo perfectamente circular, y pierden mucho. Esa Cataluña ensimismada y encantada de haberse conocido, construyendo imaginarios y alimentándose del odio al vecino y de la desconfianza hacia lo español, que para su tormento corre por sus venas y jalona toda su historia, es una receta para el más espantoso desastre.

Comentarios

Comentarios

Compartir
Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.