El presidente estadounidense, Donald J. Trump, saluda tras pronunciar su discurso en la plaza Krasinski de Varsovia, Polonia/EFE.

La prensa no se cansa. Le ciega la vergüenza, aún más que el odio, de haber decretado la muerte política de un candidato y que, por una vez, su fatídico ‘ukase’ haya sido desoído por la chusma, cuya obligación es inclinarse ante la sabiduría de nuestras élites y obedecer.

Más aún: el atacado no ha reaccionado como se supone que debe hacerlo, como lo hacen siempre los políticos democráticos con la prensa, arrodillándose para balbucear disculpas, sino que ha recogido el guante y les ha declarado la guerra.

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Leo, asimismo, que el de Trump es el dato más bajo de popularidad de un inquilino de la Casa Blanca en el inicio de su mandato desde hace más de setenta años, por más que dude que hace setenta años hubiera encuestas fiables.

Un dato interesante, aunque no tanto como el hecho de que no lo hayan aplicado en reportajes similares a Hollande, que se mantuvo bastante tiempo por debajo del 10%, es decir, gobernando con la aceptación de menos de uno de cada diez franceses.

Tampoco dedican un art similar a la espectacular popularidad de Putin después de décadas de gobierno

Tampoco, por contra, dedican un artículo similar a la espectacular popularidad de Putin después de décadas de gobierno, medida, no por elecciones a las que pueden acusar de amañadas, sino por las propias demoscópicas occidentales. ¿A quién podría interesar eso?

¿Es el dato de Trump peor que el de Macron, cuya popularidad se ha desplomado un 10% en un solo un mes?

O, si lo que se busca es el récord, que Hillary Clinton -después de todo, su contrincante- no solo tenga menos popularidad que Trump sino que, además -caso insólito en los anales de la democracia norteamericana- tenga ahora menos popularidad que en el momento de las elecciones.

Raro, ¿no? Lo normal es que el no elegido se beneficie de no tener que gobernar, que estropea mucho, y sume a su popularidad del momento de las elecciones toda la que pierda su rival en el poder. No es el caso, ya ven. Pero no, nadie en los grandes medios ha juzgado la noticia digna de un artículo.

Y apenas tenemos que hacernos eco de la noticia más bochornosa a este respecto: por baja que sea la popularidad de Trump, las de los medios ‘de prestigio’ es mucho peor. Si juzgamos en términos de la guerra que los dos bandos se han declarado y aceptado, Trump gana.

No solo la prensa al uso tiene menos respaldo popular que el presidente: incluso tiene menos credibilidad que Trump, y no es que la credibilidad sea el punto fuerte del presidente americano.

Miren, la cosa va así: la gran historia que nos hurtan los medios en este principio de siglo es que los grandes medios han perdido el control de la narrativa.

Sí, naturalmente, siguen teniendo influencia y poder. Para ya no pueden decir: “esto es la realidad” y esperar que todos nos lo traguemos sin discusión.

Ahora la gente puede consultar miles de fuentes, ver vídeos caseros que pueden contradecir la versión de los medios, ir a las fuentes para que den su versión directamente, sin intermediarios, o, como en los médicos, escuchar una segunda opinión.

La reacción natural y razonable debería ser darse cuenta de algo tan obvio, bajarse de esa cabalgadura tan incómoda, la arrogancia, y hacer votos para ser lo más profesional, objetivo e imparcial posible, para atraer al público perdido.

Trump no es más que la metáfora de un estado de opinión que los grandes medios creían derrotado para siempre

¿Han hecho eso los medios? Al contrario: han doblado la apuesta. Incapaces de aceptar que su monopolio de la verdad es cosa del pasado y tratar de ganar a los medios alternativos en profesionalidad, multiplican hasta el bochorno noticias falsas o informaciones tendenciosas.

El presidente ruso, Vladímir Putin
El presidente ruso, Vladímir Putin / EFE

Trump no es el verdadero enemigo. Trump no es más que la cara, la metáfora, la representación de un estado de opinión que los grandes medios -y la élite que les paga, naturalmente- creían derrotado para siempre.

Cuando pierden los papeles voceando que Trump carece de legitimidad para gobernar, lo que en realidad quieren decir es que esa plebe ignorante que le apoya no tiene legitimidad para elegirle.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.