Irene Montero y Pablo Iglesias en el Hemiciclo.

El País, ese folleto diario de buenas maneras para progresistas de nadar y guardar la ropa, nos alecciona estos días con la idea de que no debemos referirnos nunca a Irene Montero como “la novia de Pablo Iglesias”, ya que, sermonea el diario, “estos comentarios y estereotipos ponen en duda el valor de las mujeres y casi nunca se aplican a los hombres”.

Si la izquierda tuviera por único enemigo la derecha, lo suyo sería coser y cantar, una marcha triunfal hacia el poder sin oposición real alguna.

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Pero el verdadero enemigo de la progresía reinante es otro, bastante más ingrato: la realidad, y muy especialmente la tendencia refleja de la gente a advertirla de inmediato.
Por eso sus poderosos medios están empeñados en una cruzada sorprendentemente exitosa para evitar que la gente se dé cuenta de lo inmediatamente obvio.

El arma utilizada es vieja como la humanidad: el anatema. ‘Machista’ es, en este sentido, un término de nebulosa y cambiante definición que, colgado al cuello del disidente, le convierte en un réprobo que no volverá a levantar cabeza y al que nadie decente volverá a escuchar.

Naturalmente, como casi todo en la nueva izquierda, esta última adición casuística al catecismo progre tiene por objeto librar a los Ungidos de críticas y recelos no solo razonables, sino repetidos con fruición por ellos mismos contra sus enemigos políticos.

Algo que, por otra parte, no dejarán de hacer porque quienes predican estas majaderías dispensan automáticamente a los suyos de acatarlas.

Me eduqué estudiando a los Reyes Católicos, una pareja en la que, si alguno era “el cónyuge de”, ese era Fernando, el pobre.

Lo vimos con esa inanidad de sociedad aburrida y opulenta, el ‘manspreading’ contra el que quieren ‘luchar’ desde los poderes públicos.

Ese término inglés designa al vulgar despatarre masculino, algo que desde que tengo uso de razón se ha juzgado como mera grosería, pero lo gracioso del asunto es que el partido que ha presentado la iniciativa es Podemos, cuyo líder acostumbra a sentarse de modo que entre rodilla y rodilla cabe holgadamente un autobús.

‘Irene Montero no es “la novia de” nadie’, es el piadoso e improbable titular de este reciente ukase progresista, que recluta la opinión de una sospechosa habitual para afirmar que las mujeres “a menudo son retratadas de manera vicaria”. “Se las nombra en función de un hombre. Por mucho que tengan méritos propios siempre son la mujer de o la novia de”…
Subrayemos parte de la última frase y se entenderá mejor: “por mucho que tengan méritos propios”. Y los méritos propios de Irene Montero son…

Soy ya mayor. Me eduqué estudiando, por ejemplo, a los Reyes Católicos, una pareja en la que, si alguno era “el cónyuge de”, ese era Fernando, el pobre.

Tampoco recuerdo que me hablaran de Cleopatra como “la novia de César y Marco Antonio”, aunque no sería un título menor, sino como reina de Egipto.

De igual modo, ignoro cómo se llama el marido de Ana Mato, pero durante todo el debate del Jaguar en su garaje fue, fundamentalmente, “el marido de Ana Mato”, siendo la ex ministra un personaje incomparablemente menos dedicado al culto de su propia imagen que nuestro bolivariano favorito.

La razón de que la gente se refiera a Irene Montero como “la novia de Iglesias” no es solo que sea la novia de Iglesias, sino la sospecha fundadísima de que no tendría el poder y el status que tiene si no lo fuera. Fin.

De toda la vida de Dios se ha llamado “nepotismo”, y tiene muy poco que ver con machismos, feminismos y otras etiquetas

De toda la vida de Dios se ha llamado “nepotismo”, y tiene muy poco que ver con machismos, feminismos y otras etiquetas ideológicas para echar balones fuera.

Y de toda la vida de Dios ha sido un poderoso garrote empleado por esa misma izquierda para arremeter contra sus enemigos con extraordinario abandono.

Los Reyes Católicos
Los Reyes Católicos

¿Recuerdan a “la hija de De Guindos”? La chica tenía nombre propio y su propia personalidad, sus credenciales académicas y todo lo demás.

Pero El País no vio en su momento problema con hacer de ella “la hija de De Guindos”, y no nos parece mal, porque esa es la noticia y de siempre ha sido tentación humana favorecer a los nuestros.

La prueba de que el machismo no tiene absolutamente nada que ver en esta historia es que lo mismo que sucede con “la novia de” se aplica a “el hijo de” o “el hermano de”; si uno es periodista de La Sexta, puede incluso aplicarse al “amigo del primo del cuñado” de cualquier enemigo a batir.

La izquierda no puede relajarse, no puede dormir: debe estar constantemente aleccionando, amenazando con la excomunión intelectual, presionando y voceando porque, en el momento en que pare un segundo de explicarnos cómo debemos pensar corremos el riesgo de mirar las cosas con nuestros ojos y aplicar el sentido común y la lógica.

Y ese sería su fin.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.