Cruda realidad / Tesis, antítesis y síntesis

    Corre, es cierto, el rumor insistente de que el propio Pedro, debido a sus muchas ocupaciones, no está mucho más familiarizado con la famosa tesis que nosotros mismos. Las tesis que han caído sobre nosotros como nueva plaga bíblica se están convirtiendo en arma de dimisión masiva.

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    Portada de la tesis doctoral de Pedro Sánchez. /EFE
    Portada de la tesis doctoral de Pedro Sánchez. /EFE

    Cuentan que el Papa Urbano VIII quedó tan impresionado por la grandiosidad del Miserere que había compuesto por encargo suyo Gregorio Allegri que prohibió, bajo pena de excomunión, que pudiera copiarse la partitura. No habiendo entonces medios de reproducción musical, el único modo de disfrutar de esta sublime pieza era acercarse a la Capilla Sixtina durante los maitines de los miércoles y viernes de Semana Santa.

    Aunque son muchos los museos que prohíben al visitante fotografiar sus obras, todos ellos disponen, al menos, de fotógrafo oficial que las toma y distribuye, de modo que los menos afortunados podamos gozar de su contemplación, si quiera indirecta. Pocas son las obras, en suma, tan sublimes como el Miserere para merecer ese tratamiento de codicioso secreto.

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    O la tesis de Pedro Sánchez. Usted, amigo periodista, puede, si quiere, admirarla en todo su esplendor, pero tendrá que confiar en su memoria, porque no está disponible en formato digital -se rumorea que la escribió con pluma de ganso a lo largo de sus eruditas vigilias- ni está permitido siquiera fotografiarlas. El saber sí ocupa lugar o, como poco, espacio en disco.

    Una pensaría que una tesis existe para ampliar el conocimiento universal, por ofrecer al mundo una novedosa y documentada intuición sobre algún aspecto del saber, grande o pequeño. Pero hay destellos de genio que, como arcanos protegidos por terribles maldiciones, deben quedar lejos de las miradas profanas y al alcance solo de un puñado de elegidos.

    Es esta, y no otra, la razón de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ponga tan inusuales trabas para conocer lo que, en cualquier otro mortal, sería de inmediata reproducción pública, e incluso de entusiasta comunicación por su autor en caso de personas con escasa vida social.

    No se nos ocurre otra explicación. Corre, es cierto, el rumor insistente de que el propio Pedro, debido a sus muchas ocupaciones, no está mucho más familiarizado con la famosa tesis que nosotros mismos, la plebe profana, y que el inmortal destello de erudición de que hablamos es, en realidad, obra de eso que llaman un ‘negro’, aunque en nuestro siglo ilustrado haríamos mejor en llamar ‘afroamericano’.

    Dicen, por desarrollar esta antítesis, que salió la cosa del propio Ministerio de Industria, y quiere la insidiosa calumnia que no solo sea obra ajena, sino también escasamente original, que al encargo a terceros se sumaría el plagio casual y descuidado.

    Nos negamos, naturalmente, a atender a esta infamia. Las tesis que han caído sobre nosotros como nueva plaga bíblica con el modelo de Bolonia se están convirtiendo en arma de dimisión masiva, como esos cursos que tantos políticos exponen en sus historiales académicos sin haberlos pisado.

    «Hhabiendo asistido a esta montaña rusa de propuestas y contradicciones a velocidad de crucero en lo grande y en lo pequeño durante cien días, que haya mentido también en lo de su tesis como un bellaco me parecería completamente irrelevante»

    De esto sabe bien la dimisionaria Cifuentes, de ello maldice el flamante nuevo presidente del PP, que encontró Harvard a un tiro de ballesta de Madrid y, esta misma semana, la ministra de Sanidad, Carmen Montón, tan absorta en sus elucubraciones académicas que ni siquiera recuerda dónde está la universidad en la que cursó su curioso máster. Siendo este sobre la perspectiva de género de alguna cosa que hemos olvidado compasivamente, sospechamos que el mundo no se ha perdido gran cosa.

    Pero de Pedro, no, no podemos creerlo. Pedro no es meramente capaz de sacar de su coleto cuantas tesis fueren necesarias, sino que completa en todo el método hegeliano casi a diario aportándonos, al poco de la tesis, la antítesis y la síntesis.

    Ha sido así desde que le conocemos y en todo ha seguido el fascinante trayecto filosófico. Digamos, tesis: Podemos es un partido populista con el que no iríamos ni a recoger pepitas de oro; antítesis: Podemos sería lo mejor que le ha pasado a España en los últimos cien años si no fuera porque pensamos pasarle por la izquierda; síntesis: me traigo a Pablo a la Moncloa para pergeñar medidas de gobierno.

    Se me viene el tiempo encima, pero animo a mis lectores a que pongan más casos de dialéctica sanchil, bien con los nacionalistas catalanes, con la idea de llegar al gobierno para convocar elecciones inmediatamente o, en fin, con cualquier otro asunto sobre el que se haya pronunciado.

    Y, sinceramente, habiendo asistido a esta montaña rusa de propuestas y contradicciones a velocidad de crucero en lo grande y en lo pequeño durante cien días, que haya mentido también en lo de su tesis como un bellaco me parecería completamente irrelevante.

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