El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en una imagen en diciembre de 2018. / EFE
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en una imagen en diciembre de 2018. / EFE

Confieso que las festividades no me dejan en mi estado más lúcido y activo, y que la idea de buscar tema para mi columna casa mal con las postrimerías de tanto mazapán y tanto espumoso, que mi casa es de las que creen que el modo más natural e intuitivo de celebrar las buenas nuevas es con un buen y ruidoso banquete.

Pero en nada se me han cruzado tres noticias -una alarmante , otra consoladora y una tercera ridícula- que me han sacudido la pájara y me han dado el pie que necesitaba para liarme. La primera es una publicación portuguesa, Observador, que atribuye a Manuel Linda, obispo de Oporto, declaraciones según las cuales la virginidad de María sería “metafórica”, lo que le convertiría en un hereje nada metafórico.

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La segunda la he leído aquí mismo, la última contribución de Pedro Fernández Barbadillo, dando a Juan Arias ‘el Desmitificador’ el repaso que merece; y la tercera, la que han liado medios y redes con Trump (es superior a ellos, no lo pueden remediar) con la más tonta de las anécdotas banales: que el presidente norteamericano, hablando en Navidad por teléfono con un niño, le ha dicho que, teniendo ya 7 años, daba por supuesto que ya había dejado de creer en Santa Claus.

De teólogos para los que todo lo que huela a sobrenatural en nuestra fe es ‘metafórico’ o tiene un sentido ‘espiritual’ -la Eucaristía es un ‘símbolo’, la Resurrección de Cristo es ‘espiritual’- andamos ya bien surtidos desde hace décadas los católicos, aunque en un obispo tendría -y subrayo el condicional- más delito, porque si nos ponemos así como muy metafóricos con las verdades de fe, lo mismo acabábamos contribuyendo metafóricamente en el cepillo los domingos y teniéndoles en cuenta solo de forma simbólica.

La universal lapidación a Trump por esta memez, sin embargo, creo que va más allá del antitrumpismo reflejo y de obligado cumplimiento en todo medio que aspire a seguir saliendo en la foto

Y eso tiene de gracioso que todos los medios se hayan puesto tan estupendos tachando a Trump de Grinch para arriba cuando ellos se solazan como cochinos revolcándose en el lodo contándonos cada año en Navidad y Semana Santa a los creyentes que todo lo que creemos y veneramos es una filfa.

La universal lapidación a Trump por esta memez, sin embargo, creo que va más allá del antitrumpismo reflejo y de obligado cumplimiento en todo medio que aspire a seguir saliendo en la foto. Sospecho que hay algo soterrado que les irrita en esa impaciencia del presidente por disipar mitos que no se sostienen a partir de determinada edad, que él ha juzgado quizá demasiado temprana. Y no es otra que el hecho de que los medios ‘de prestigio’ tienen hoy como misión preferente y casi exclusiva convencernos con mensajes machacones los 365 días del año de cosas que ni siquiera un niño de 7 años podría creer.

Lo ilustra maravillosamente un tuit de uno de esos antitrumpistas de guardia y nómina que llevan en Twitter el distintivo azul (huya de ellos) y cuyo nombre he olvidado al segundo exacto de leerlo. Viene a decir el augusto botarate que asombra menos encontrar un niño de 7 años que crea en Santa Claus que un adulto de 77 que no cree en el Cambio Climático.

¿Ven lo que les digo? El Cambio Climático es dogma, y dogma de obligada creencia, sin la que es imposible ser tomado en serio en los medios o publicar en revistas científicas u obtener contratos de la Administración, si es que todo queda en eso.

Sin embargo, el niño que cree en Santa Claus es más racional que el adulto que ‘cree’ -es la palabra exacta- en el Cambio Climático tal y como nos lo venden, porque el niño ha observado, al menos, que cada año, indefectiblemente, se cumple la previsión y aparece el cuarto lleno de regalos, en un fenómeno que no puede explicar de otra forma. Mientras que el adulto que profesa la fe climática está harto de leer profecías de los sumos sacerdotes de la cosa que no se han cumplido en absoluto. No se han deshelado los polos, lejos de ello. No ha desaparecido la nieve en Europa Occidental. No se han extinguido los osos polares, cuya población ha crecido en este tiempo. No, no, no. Y, sin embargo, creen con la fe del carbonero (borren eso: el carbonero produce CO2).

Sí, los medios están empeñados en que creamos cosas bastante más fantasiosas y absurdas que Santa Claus, no ya a pesar de no verlas, sino de ver que sucede lo contrario y de ir a contrapelo de nuestra experiencia, el sentido común y, en ocasiones, el principio de no contradicción.

Por ejemplo, en página impar nos cuentan que la mujer -ese animal mitológico- es una víctima nata del hombre que, solo por el hecho de serlo, es un monstruo en potencia; que somos seres incapaces de mentir (dogma que a ver si acaba de imponerse en el Ministerio de Haciendo, yo me entiendo) y que tenemos que seguir luchando incansablemente contra un patriarcado que nos oprime y ataque; luego, en página par, leemos que las diferencias entre los sexos son un mito, que el feminismo solo aspira a hacernos entender que hombres y mujeres somos iguales y que no hay nada -ni profesiones ni preferencias ni habilidades- que sea específicamente masculino o femenino.

Y mientras nos volvemos locas tratando de atar esa mosca por el rabo, en espacios alternos nos cuentan que un tipo que a los cincuenta años dice que es una mujer -o a la inversa- es tan mujer como la que más, aunque no cambie un ápice su anatomía, sus modos y maneras, porque el sexo es un constructo social. Y yo con estos pelos.

También es bastante más racional creer en Santa Claus que hacerlo, por ejemplo, en el socialismo, que sigue gozando de asombrosa buena prensa pese a no traer más que sangre, miseria, opresión, represión y mentiras allí donde se aplica en solitario desde hace casi un siglo.

O pensar que un tipo recién llegado de una aldea de Somalia se convierte, con el solo contacto de la mágica tierra europea, en uno de los nuestros, heredero de la Ilustración y las catedrales, hijo de la cultura que nos dio el Miserere de Allegri y los poemas de Petrarca. Debemos creer con fe humilde y ciega que pueden llegar millares y aun millones de habitantes del Sahel y del Cuerno de África, del Golfo de la Guinea o del corazón de África, de Oriente Medio o de la Ruta de la Seda, que todos ellos olvidarán costumbres, valores, creencias y hábitos civilizacionales milenarios para aceptar inmediatamente los nuestros, o que los someterán milagrosamente a nuestros conceptos políticos de tolerancia y pluralismo. Me parece más probable, bastante más, creer en Santa Claus.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.