Cruda realidad / Ni una legión de héroes podría ganar la guerra al islamismo radical

    La autora responde a Pablo González de Castejón que sostenía en esta tribuna que Europa ha comenzado a levantarse frente al yihadismo, con el gesto de Echeverría y otros. Sande discrepa: éstos son sus argumentos.

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    Portada de un tebeo de 'El capitán Trueno'
    Portada de un tebeo de 'El capitán Trueno'

    No soy moderna, amo los finales felices. Mi abuelo, que siempre me pareció un antiguo romano, pobló mi infancia de héroes y aprendí el nombre de los caudillos griegos que asediaron la alta Ilión y de los troyanos que defendieron sus muros antes de aprender a leer.

    Mi desacuerdo, pues, con Pablo González de Castejón y su optimista artículo en estas mismas páginas no es instintivo, sino reflexivo.

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    Ojalá tenga él razón y yo esté equivocada, mil veces ojalá. Pero lo veo abrumadoramente improbable.

    Podría empezar diciendo que una golondrina no hace verano, y recordando que el heroísmo innegable de Echeverría destaca especialmente por lo raro e inusual, cuando en épocas nada lejanas fue casi común.

    Defender a una mujer atacada ha sido durante incontables generaciones un acto reflejo en el varón occidental, y solo hay que consultar las hemerotecas para encontrar hazañas de este cariz para llenar una biblioteca de medianas dimensiones. O defender a un policía, según la última versión de los hechos.

    Los Gobiernos honran con la boca chica a Echeverría porque es uno. Si fueran muchos, serían el enemigo de su proyecto

    Pero los cosas no van así, a Occidente no van a salvarle una docena de Capitanes Truenos, ni veinticuatro, ni cuarenta y ocho, no solo ni principalmente porque el número de héroes necesarios sería demasiado alto para lo que se puede permitir una civilización educada en la mansedumbre de cabestros, sino porque no desea ser salvado, carece de voluntad e imaginación para dejarse salvar.

    Dicho de otra manera: si en lugar de un Ignacio Echeverría fueran diez mil, todas las fuerzas, todos los poderes y dominaciones de este mundo cargarían contra ellos, los señalaría como los verdaderos enemigos, los estigmatizaría.

    Los gobiernos honran con la boca chica a Ignacio porque es uno y porque su gesto es impotente. Si fueran muchos, serían el enemigo de su proyecto.

    Ese es el dato fundamental ausente del encendido alegato de Pablo. Con voluntad, ni siquiera necesitaríamos gestos de heroicidad extraordinarios: en Europa somos mucho más fuertes, más ricos, más organizados, más cultos.

    No nos haría falta más que querer, no solo para que desapareciera el peligro islamista, sino muchos otros problemas derivados de nuestra desorientación cultural.

    Pero. No. Queremos.

    El veneno está en la voluntad y en el criterio, en lo que vemos bueno y malo, en lo que creemos posible y deseable y lo que no.

    ¿Cuántos Echevarrías harían falta para contrarrestar la incesante propaganda multicultural de medios de comunicación, mundo de la cultura y sistema educativo?

    ¿Cuántos para compensar la destrucción de la familia, la infertilidad generalizada, el consumismo desatado que nos reblandece el ánimo, la cultura del victimismo y la queja, el peso de un culpa inducida, el desarraigo y el autoodio?

    Si se trata de héroes que vayan a darle la vuelta a la situación, como pretende González de Castejón, ya los hay, a manta, protestando contra la rutinaria eliminación de niños en el vientre de sus madres por petición de estas, y no hemos avanzado un milímetro en este camino, más bien al revés.

    El yihadismo es solo la enfermedad oportunista que ataca un organismo con el sistema inmune deshecho

    El príncipe Héctor, hijo de Príamo, poco habría podido hacer si sus troyanos, en lugar de tomar las armas contra las tropas aqueas, hubieran colgado de sus altas murallas un cartel de «Welcome, griegos».

    No, lo lamento infinito, no creo en esa ‘vuelta a la tortilla’. El mal está muy avanzado, es nuestro, y el yihadismo es solo la enfermedad oportunista que ataca un organismo con el sistema inmune deshecho. Podía ser cualquier otra amenaza.

    Podría no ser nada en absoluto, y agonizaríamos igual bajo el peso de nuestra decadencia.

    Solo veo un camino de sangre, sudor y lágrimas, a largo, muy largo plazo, a partir de diminutas células de resistencia aquí y allá. Llámenlo la ‘Alternativa Covadonga’.

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