Cuando la diversidad es obligatoria, ideológica y totalitaria

    Ben Cobley: "Este sistema calca el modelo opresor-oprimido característico del marxismo. El proletariado ha sido sustituido por las identidades protegidas". "La disidencia se paga cara. Puedes perder tu trabajo por una simple acusación. Lo hemos visto con el movimiento #MeToo".

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    Cartel de una campaña de
    Cartel de una campaña de "diversidad"

    Ben Cobley es un inglés que en 2010 se afilió al Partido Laborista británico. Militante izquierdista que creía que el partido socialista era la mejor opción para defender los derechos de los trabajadores y mejorar sus condiciones de vida, se encontró sumergido en una pesadilla de políticas identitarias y cuotas varias. De esta experiencia y de las reflexiones que provocó nace su libro The Tribe: the liberal left and the system of diversity, [La Tribu: la izquierda liberal y el sistema de la diversidad] en el que analiza lo que llama el “sistema diversitario”, un sistema en el que las estrategias, las instituciones, el léxico,… todo está referido a la promoción de una supuesta diversidad.

    Cobley ha explicado en una entrevista a Sylvie Pérez para L’Incorrect los entresijos de su obra, un clarividente análisis que podemos extrapolar a cualquier otro país de nuestro entorno (empezando por el nuestro), donde vemos desplegarse las mismas dinámicas y mecanismos.

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    Poco más se puede aportar a este descarnado y preciso análisis de este fenómeno. Me limito pues a traducir algunas de sus reflexiones, que me parecen especialmente lúcidas y atinadas:

    Ben Cobley: «La diversidad por la diversidad es absurda. En este sistema todo se decide de antemano. Dependiendo de tu origen o género se te asigna un lugar en el mundo»

    «Me afilié al Partido Laborista en 2010. Estuve muy involucrado a nivel local. Vi desde dentro hasta qué punto eran dominantes las políticas de identidad. No se acepta ninguna crítica. Las feministas son intocables. Comencé a escribir sobre este tema del que nadie quería hablar. Lo que yo llamo el sistema diversitario ha pasado a ser constitutivo del Partido Laborista. Me di de baja del partido en 2016. La diversidad por la diversidad es absurda. En este sistema todo se decide de antemano. Dependiendo de tu origen o género se te asigna un lugar en el mundo. La palabra en sí, diversidad, ha sido pervertida, retorcida hasta el contrasentido. Ahora implica favorecer a ciertos grupos de la población sobre otros para cumplir con unos objetivos decretados. El nuevo sentido de la diversidad es la conformidad a un gran proyecto de transformación de la sociedad.

    Las políticas identitarias se basan en dos categorías amplias que, a su vez, contienen subcategorías: mujeres / hombres, no blancos / blancos, inmigrantes / no inmigrantes, minorías étnicas / británicos, musulmanes / cristianos, homosexuales / heterosexuales, transgénero / «cisgender”… En la columna de la izquierda, aquellos que deben ser protegidos, favorecidos, apoyados, alentados; a la derecha, aquellos a quienes hay que desfavorecer, vigilar, silenciar, relegar a un segundo plano. Frente al grupo «musulmán» no hay un grupo «no musulmán», sino un grupo «cristiano», que es un objetivo más claro y más asociado con el pasado, es decir, más indeseable para los progresistas.

    «Toda mujer es a priori víctima de la misoginia y todo hombre es un potencial violador»

    Este sistema calca el modelo opresor-oprimido característico del marxismo. El proletariado ha sido sustituido por las identidades protegidas. Los subgrupos en la columna de la izquierda (mujeres, no blancos, musulmanes, homosexuales, etc.) se consideran, en principio, víctimas de discriminación y de subrepresentación, un a priori que no se basa necesariamente en la realidad. El racismo contra el que lucha el sistema es ideológico, no tiene relación con una persona o un acto concretos. Eres culturalmente racista, racista sin saberlo (y ahora defiéndete contra esta acusación…). Lo mismo ocurre con el sexismo. Toda mujer es a priori víctima de la misoginia y todo hombre es un potencial violador.

    Estas son verdades establecidas, postulados de partida, de donde surge la noción de «prejuicios inconscientes». Y así existen departamentos en la administración, en las empresas o en las universidades destinados a corregir el «sesgo inconsciente» sexista, racista, islamófobo, etc. La diversidad es un asunto político. Antes de abandonar el gobierno, el Partido Laborista aprobó la Ley de Igualdad de 2010. Esta ley anti-discriminación establece la lista de poblaciones «protegidas».

    Los mecanismos de poder en el seno del sistema se articulan a partir de tres niveles de poder. En la cima tienes a la tribu: la izquierda progresista ha configurado y controla el sistema. Cualquiera que cuestione o contravenga la doxa provoca una reacción inmediata de la tribu, lista para combatir contra sus enemigos para defender su territorio.

    A continuación, se encuentran los representantes de las identidades protegidas a quienes el nivel superior dota de su autoridad: oenegés, grupos de presión, asociaciones «descolonizadoras», feministas, anti-islamofobia, etc., encargadas de manifestar el estatuto de víctima del grupo que representan, incluso a través de la distorsión de la realidad y la manipulación de las estadísticas (como con el mito eterno de la brecha salarial entre hombres y mujeres). La supervivencia de estas asociaciones se basa en la perpetuidad de las desigualdades, sean comprobables o no, y por ello tienen que hacer campaña constantemente, encontrar nuevos motivos para la indignación.

    «La burocracia clama su progresismo y el gobierno conservador, en el poder desde hace diez años, sigue la misma dinámica, lo que es notable»

    Finalmente, el tercer nivel son los miembros del grupo al que sus representantes otorgarán favores (subvenciones, cuotas) siempre que no contradigan la narrativa fundacional.

    Otro elemento clave son “las instituciones de la diversidad”: mestizaje étnico, paridad entre hombres y mujeres, apertura a las personas transgénero,… el Partido Laborista es el arquetipo de una institución de la diversidad. Produce los militantes más activos del sistema. The Guardian es también una institución clave. Es el órgano oficoso de la tribu. Sobre un tema como la inmigración masiva, quizás el desafío más grande y complejo de nuestro tiempo, The Guardian transmite una visión exclusivamente positiva sin matices. La BBC se enorgullece de su «inclusividad» hasta el punto de prestar más atención a su composición que a su función (la de entretener e informar).

    El sistema interfiere en todo espacio social. No olvidemos que se trata de cambiar el mundo, para mejorarlo, según estos nuevos zelotes. Por lo tanto, todos los rincones de la sociedad deben convertirse a la inclusividad. La empresa Equality Group, que quiere «enriquecer el mundo de los negocios por la diversidad», hace consulting en inclusividad: venden sus servicios a empresas que buscan la “virtud” y animan al Estado a que financie controles en estas áreas. El sector público de nuestro país se enorgullece de ser «el empleador británico más progresista en el campo de la igualdad y la diversidad».

    La burocracia clama su progresismo y el gobierno conservador, en el poder desde hace diez años, sigue la misma dinámica, lo que es notable, ya que el conservadurismo y el progresismo son dos visiones antinómicas del mundo. Siguiendo este ambiente general, las administraciones y las universidades se equipan con agentes de igualdad y diversidad o con responsables de la inclusividad (cargos cercanos a los de los comisarios políticos de la URSS) que supervisan y reeducan.

    El sistema tiene rasgos totalitarios, como pone de manifiesto su manipulación del lenguaje. La palabra discriminación se ha vuelto negativa. El adjetivo inclusivo ha adquirido un significado que no tenía. Así controla el debate público decidiendo qué temas quedan prohibidos. Los sectores público y privado deben conformarse según el modelo diversitario. Incluso la ciencia, a la que también se le exige que sea inclusiva e igualitaria, se convierte en una cuestión de justicia social. Los investigadores han de amoldarse al sistema. El premio Nobel Tim Hunt, excluido de la comunidad científica y despojado de sus funciones tras unas falsas acusaciones de sexismo, pagó el precio de no ajustarse al modelo. Todo esto desemboca en una forma de deriva totalitaria. Y la disidencia se paga cara. Puedes perder tu trabajo por una simple acusación. Lo hemos visto con el movimiento #MeToo. Las políticas identitarias, cuya vocación sería luchar contra la opresión, pueden ser ellas mismas muy opresivas.

    En relación a la culpabilidad original del hombre blanco, veo aquí una dimensión religiosa cercana a la noción de pecado original. Esta voluntad de expiar una falta colectiva aporta una seguridad existencial a quienes la realizan, un sentido de la vida, si así lo desea. Y también un sentido de pertenencia. La liberalización de los años 60 nos ha privado de los puntos de referencia que necesitamos. Incluso diría que esta idea de culpa original funciona como un vínculo con los demás. Si eres un hombre heterosexual, blanco y británico, no tienes mucho de lo que enorgullecerte. Militar en favor de la diversidad es una forma de sentirse incluido en el sistema, ese mismo sistema que ha decretado que eres culpable. Así obtienes una forma de aprobación social».

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