¿Cuestionar a Trump es cooperar con Soros?

    Reservémonos el derecho de juzgar el trumpismo medida a medida, resultado a resultado. Bien los nombramientos pro-vida, mal el coqueteo con Putin.

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    Donald Trump y George Soros
    Donald Trump y George Soros

    La opinión liberal-conservadora española se está viendo atrapada por un dilema tramposo: si uno abomina de la hegemonía cultural progre, de la socialdemocracia de todos los partidos, de la estupidez de la “corrección política”, de la dictadura LGTB, la identity politics y la demonización del varón blanco heterosexual, del buenismo eunuco que no osa llamar por su nombre al enemigo islamista… entonces tiene que apostar sin reservas por Trump, por el Brexit, por Marine Le Pen, por el viril Putin y su guante de hierro en Siria y Ucrania. No se admiten tibiezas ni medias tintas. Ha llegado la hora de escoger bando.

    Son varios los factores que explican esta maniquea simplificación del paisaje. El más importante es la inanidad ideológica de la derecha clásica, incapaz de desarrollar una alternativa al Estado del Bienestar socialdemócrata en lo económico, al buenismo multiculturalista en lo identitario y al progresismo sesentayochista (abortismo, ultrafeminismo, homosexualismo, etc.) en lo moral. La frustración de los conservadores se ha acumulado durante mucho tiempo como una olla a presión. Tenía que llegar el backlash, y ya lo tenemos aquí. Puede comprenderse que tanta gente se esté subiendo al dudoso autobús trumpista-euroescéptico-putiniano. Vienen del desierto. Llevaban décadas esperando al borde de la carretera. Nadie les recogió. Los partidos dizque liberal-conservadores estaban demasiado ocupados en “buscar el centro”, avergonzarse de sus propios votantes, cultivar la corrección política y rendirse a la progresía en todas las batallas culturales.

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    Alguien a quien Meryl Streep, Michael Moore y Almudena Grandes odian tan frenéticamente tiene, por fuerza, que ser muy bueno

    Por otra parte, el espectáculo del sectarismo izquierdista desatado contra Trump induce naturalmente al conservador a alinearse con el injustamente atacado. La inferencia refleja viene a ser: alguien a quien Meryl Streep, Michael Moore y Almudena Grandes odian tan frenéticamente tiene, por fuerza, que ser muy bueno.

    Añádase el hecho de que Trump ha hecho algunos nombramientos magníficos: por ejemplo, el Fiscal General Jeff Sessions, de sólidas convicciones pro-vida, contra quien la izquierda ha desencadenado ya la acostumbrada campaña de “character assassination” –la misma que lanzaron contra los jueces Robert Bork o Clarence Thomas- con ridículas imputaciones de “racismo”. La tentación de suspender el sentido crítico y sumarse al coro de los que quieren ver en Trump al Gran Regenerador es muy fuerte.

    Pero estamos en una encrucijada histórica importante, y sería deseable mantener la cabeza fría. Esta misma semana, el presidente electo emitió declaraciones de las que se desprende un cuestionamiento de la OTAN y una invitación implícita al desmantelamiento de la UE: alabó el Brexit y pronosticó que seguirán otras defecciones. ¿De verdad vamos a renunciar a la alianza militar que salvó al mundo libre en la segunda mitad del siglo XX? ¿No hay ya nada que temer de Rusia, o de Irán? ¿Vamos a conceder manos libres a Putin –el exKGB en cuyo régimen se multiplican inexplicables accidentes mortales de opositores y periodistas incómodos- para reconstituir la antigua esfera de influencia soviética? ¿Permaneceremos de brazos cruzados cuando aplique a los países bálticos o Polonia el tratamiento que ha aplicado a Ucrania o Georgia?

    ¿Vamos a darle carpetazo a la globalización económica que ha sacado en los últimos 25 años a cientos de millones de seres humanos de la pobreza?

    En cuanto a la UE, ¿realmente no hay una vía intermedia que no pase ni por un superestado leviatánico –y progre para más inri, como saben los gobiernos polaco y húngaro, o los promotores de la iniciativa popular “One of Us”- con capital en Bruselas, pero tampoco por el simple desmantelamiento (Brexit multiplicado por 28), la vuelta a las monedas nacionales (y por tanto a la inflación, a las devaluaciones empobrecedoras, etc.), la desaparición de una zona de libre comercio que ha contribuido a la prosperidad de las naciones europeas, al tiempo que erradicaba las guerras entre ellas, hazaña histórica inédita desde la pax romana? ¿Y vamos a darle carpetazo a la globalización económica que ha sacado en los últimos 25 años a cientos de millones de seres humanos de la pobreza? ¿Vamos a volver al proteccionismo, a la “política de sustitución de importaciones” cuya aplicación en Hispanoamérica por el CEPAL retrasó en varias décadas el despegue económico del continente?

    No aceptemos paquetes de todo o nada. Reservémonos el derecho de juzgar el trumpismo medida a medida, resultado a resultado. Bien los nombramientos pro-vida, mal el coqueteo con Putin. Bien la prometida rebaja de impuestos, mal la denuncia de los tratados de libre comercio. Y, sobre todo, no aceptemos el chantaje de los simplificadores: o con Trump y Putin, o con Soros, Clinton y Cristina Cifuentes.

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    Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014). Diputado de Vox por Sevilla en la XIV Legislatura.