De la corrupción, a la corrupción

    Una visión fría y realista de nuestro entorno debe llevarnos a la conclusión de que la oligarquía partitocrática española es especialmente corrupta

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    El presidente del PP, Mariano Rajoy y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias / Actuall
    El presidente del PP, Mariano Rajoy y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias / Actuall

    A estas alturas del siglo ya deberíamos saber que las oligarquías partitocráticas con sistema representativo no terminan con la lacra de la corrupción política, probablemente porque ésta va inevitablemente unida a la organización social de los hombres, después de la caída. Pero una visión fría y realista de nuestro entorno debe llevarnos a la conclusión de que la oligarquía partitocrática española es especialmente corrupta, es decir, sale muy mal parada en la comparación con países del entorno.

    El discurso de que estos países tienen “más tradición democrática”, es decir, que bastaría el paso de los años para que nosotros lográsemos una situación similar no es convincente. La tradición en la corrupción genera mayores hábitos de corrupción.

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    Hay diversas explicaciones de la corrupción que parecen detenerse es algunas causas intrínsecas, es español sería de por sí más corrupto, el régimen español hereda una situación de mayor corrupción que otros y se constituye una tradición de corrupción etc.

    La solución que se propone juega con la panacea ñoña de la educación. Los españoles serán menos corruptos o menos tolerantes con la corrupción cuanto más sean educados en el discurso anticorrupto, caracterizado por eso que se llama la tolerancia cero ante la misma.  Mi escepticismo ante la solución es completo. Cuando los discursos educativos surgen de un sistema esencialmente corrupto, como es el de la educación española, la enorme diferencia entre lo que se dice que hay que hacer y los que se hace lleva al mayor de los cinismos, que es donde estamos.

    Una gran parte de lo más escandaloso de la corrupción procede del sistema de financiación de los partidos

    Si el plus de corrupción en España tiene sus causas más o menos localizadas, lo que se debe hacer es actuar en lo posible sobre las mismas, y sobre eso no se está haciendo mucho.

    Una gran parte de lo más escandaloso de la corrupción procede del sistema de financiación de los partidos. Al financiarse de forma ilegal han fomentado la conducta ilegal de sus miembros y así a la corrupción institucional se ha unido la que surge de la desmoralización del agente político. Tanto para el partido, (o el sindicato) tanto para mí, ha sido un ejemplo recurrente.

    La panacea de la descentralización, desde el Estado Autonómico, a la gestión económica de entidades como las Universidades, también ha ayudado mucho en el proceso, sobre todo cuando los sistemas internos de control funcionarial han saltado hechos pedazos al poco de implementarse. En efecto, en su mayoría esos sistemas proceden de los sesenta en su definición jurídica pero en los ochenta ya estaban fuera de juego.

    Sobre el poder judicial mejor no hablar, se ha hecho tan gravoso y difícil actuar con energía desde el mismo que los efectos han sido también una notable desmoralización.

    Otra fuente de corrupción es el perfil del político. La oligarquía española es de las peores y más impermeables al exterior. Sólo la crisis de sistema que padecemos parece que lleva a la búsqueda de renovaciones o reclutamientos fuera del escalafón que comienza en las juventudes y culmina en el joven-viejo maleado en más de un decenio de corruptelas internas. Pero habría que esperar a ver si el reclutado del exterior no termina tan maleado como el impresentable profesionalizado.

    Con el juego de la casta y la no casta lo que viene es un sistema populista de tintes totalitarios

    Dentro de mi pesimismo gomezdaviliano a mi ahora lo que me preocupa no es tanto la corrupción sino las soluciones que se nos presentan. Con el juego de la casta y la no casta lo que viene es un sistema populista de tintes totalitarios. Estos prometen acabar con la corrupción siempre. De paso se llevan por delante casi todo lo demás, especialmente la libertad política o la escasa libertad de pensamiento que reina entre nosotros.

    El problema no es tanto la corrupción inherente a estos sistemas que se llaman populistas para no darles el nombre completo de su pretensión totalitaria. El problema es lo que implican sobre las modificaciones de la forma de vida de un número relevante de ciudadanos y sobre la civilización. Sorprendentemente, y como es un tópico, al menos desde las definiciones del XIX de ciertos autoritarismos, en estos sistemas la corrupción y la incompetencia es lo único que permite cierta supervivencia al ciudadano disidente. Cuando consiguen ser muy eficaces y menos corruptos estos sistemas son demoledores.

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