Donald Trump durante un mitin celebrado en Houston (Texas, EE. UU.) el 22 de octubre de 2018. /EFE
Donald Trump durante un mitin celebrado en Houston (Texas, EE. UU.) el 22 de octubre de 2018. /EFE

En Agosto de 1992, se celebró en Houston una de la más famosas convenciones republicanas que se recuerde. En ella, los delegados estatales del GOP reeligieron como candidatos presidenciales al tándem  Bush- Quayle a la par que Ronald Reagan daba su último gran discurso público bajo el caluroso manto del votante conservador. La economía se encontraba en recesión y Bush, típico republicano centrista proveniente de la costa Este, había faltado a su palabra de no subir los impuestos –read my lips, no more taxes!- y la victoria en Irak solo le había ocasionado una alta popularidad temporal. Sin embargo, pese a ser muy recordado el último gran discurso de un gigante como Reagan, pocos aluden al discurso sobre la Cultural War que pronunció Pat Buchanan.

Buchanan había perdido la carrera electoral contra Bush poniendo sobre la mesa, tras cuarenta años de olvido, un programa de corte paleoconservador, o lo que es lo mismo, las ideas originales de los Padres Fundadores y se le dejó hablar para no enfadar a un sector del electorado republicano. En dicho discurso premonitorio de la guerra cultural que hoy nos acontece, realizó una excepción a la crítica que se estaba haciendo a Bill Clinton. En vez de centrarse en el daño a la economía que causaría el gobierno del de Arkansas, se dedicó a denunciar que con Clinton en el Despacho Oval se expandirían desde el gobierno las ideas de la izquierda posmodernista: promoción del aborto, ataque a la familia nuclear o beatificación de valores hedonistas y cortoplacistas. Aunque fue tomado por un loco y calló en el ostracismo, tras la Gran Recesión y el ominoso Obamato, muchas de las ideas de Pat Buchanan han resurgido parcialmente con el nombre de Alt Right y de gente como Steven Bannon, Alex Jones o Tucker Carlson. El resultado, es apreciable a simple vista: Donald J. Trump en la Casa Blanca.

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Están dispuestos a llevar a cabo medidas legislativas que poco a poco vayan desmontando las leyes abortistas

En Estados Unidos existe un pueblo activo en muchas zonas del país, y eso se palpa. Y sí, digo pueblo y no sociedad civil ¿Por qué usar ese binomio teniendo el término utilizado desde siempre? Desde hace unos años en Estados como Texas, los del Viejo Sur o Utah se han llevado a cabo programas sociales netamente privados auspiciados por iglesias locales cuyo objetivo era ayudar a aquellas mujeres en situación desesperada que querían abortar. Se les ha concedido apoyo para criar al infante y poder salir adelante ¿el resultado de estas encomiables acciones de caridad cristiana? Que en ciudades como Corpus Christi (Texas) las clínicas abortistas que financiaron parte de la campaña de Hillary Clinton han tenido que marcharse por falta de beneficios. Parece ser que traficar con órganos de niños abortados no les es suficiente…

El siguiente paso, ha sido elegir democráticamente a candidatos conservadores para las legislativas y las estatales que representan mejor que el establishment del partido el discurso conservador desacomplejado. Están dispuestos a llevar a cabo medidas legislativas que poco a poco vayan desmontando las leyes abortistas. Un primer ejemplo, ha sido la retiración de fondos públicos a Planned Parenthood y la protección legal de los médicos que hacen uso de objeción de conciencia en casos de aborto merced a la Administración Trump. La jubilación de varios jueces progresistas en el Tribunal Supremo, puede decantar el control de este al bando conservador.

La Cámara de Representantes de Alabama aprobó con mayoría absoluta la penalización del aborto como delito grave

Desde hace décadas, el Sur de Estados Unidos ha sido el baluarte de los valores liberal conservadores de los Padres Fundadores frente a la socialdemocratización de las costas. Por ello, el Tea Party Movement tuvo tanta repercusión ahí y, por ello también, Donald Trump ha sido el candidato republicano con mejor resultado en Dixieland de la Historia. Por ende, los últimos gobernadores están optando por políticas encaminadas a una mayor libertad económica que están dotando al Sur de una prosperidad inimaginable hace algunos años. En lo social, han empezado a efectuar cambios ahora.

Hace unas semanas, la Cámara de Representantes de Alabama aprobó con mayoría absoluta la penalización del aborto como delito grave. Falta ver que decide el Senado estatal. En Georgia, el gobernador Brian Kemp ha sacado una ley que penaliza el aborto a partir del primer indicio de latido del corazón en el vientre materno. Rápidamente, la mediocre actriz Alyssa Milano, que me recuerda a Nancy Pelossi pero con cuarenta años menos en su haber, empezó a verborrear mantras progres. Junto a ella, grupos como la SPLC – Centro Legal Para la Pobreza Sureña en sus siglas en inglés que, como dice jocosamente Hans- Hermann Hoppe, debería llamarse Centro de la Mentira de la Pobreza Soviética- han dicho que intentarán apelar a instancias judiciales superiores para frenar este rumbo.

La sociedad norteamericana está más polarizada que nunca. Mientras se lucha contra el aborto en Alabama, en Nueva York quieren que se pueda abortar a los nueve meses de embarazo

El Sur de los Estados Unidos se está convirtiendo en un ejemplo de lucha contra el progresismo internacional merced al gran activismo político de los bautistas y católicos tradicionalistas que desde hace unos años están poniendo encima de la mesa de la agenda política temas que la izquierda pensaba que había conseguido enterrar. Son la reacción frente a lo políticamente correcto. Y esta reacción, en defensa de los valores liberal conservadores que los Padres Fundadores plasmaron maravillosamente en la Declaración de Independencia (1776) y en la Constitución (1787) solo se podía dar en un Sur que siempre ha tenido presente la importancia de los Derechos de los Estados, poniéndose en la vanguardia de la lucha por la vida, la libertad y las virtudes republicanas y cristianas.

Por desgracia, el sistema de República de Leyes, como lo calificaba John Adams, está en grave peligro. En EEUU, existen dos naciones. Las costas, progresistas y estatistas, y el Sur y el interior, antiestatista y conservador. La sociedad norteamericana está más polarizada que nunca. Mientras se lucha contra el aborto en Alabama, en Nueva York quieren que se pueda abortar a los nueve meses de embarazo. Mientras se elimina el Impuesto sobre la Renta en algunos estados republicanos, cada vez más demócratas piden un tramo máximo confiscatorio de este impuesto que llegue al 90%. Mientras se apuesta por el esfuerzo personal en los estados conservadores, en bastiones demócratas como Nueva York o Los Ángeles, aumentan las bolsas de pobreza que sirven como votos a una élite demócrata que utiliza un discurso victimista que culpa de todo al hombre blanco, hetero y cristiano.

Las elecciones de 2020 serán clave para saber qué rumbo sigue lo que Reagan gustaba llamar como la Ciudad sobre la Colina. Se elegirá entre globalismo o patriotismo. Entre valores o libertinaje. Entre libertad o socialismo. Espero que esa clase trabajadora que tanto se está beneficiando de las sensatas políticas económicas de la Administración Trump, como contaba tan meticulosamente Pedro Fernández Barbadillo en esta casa, sepa recompensar el esfuerzo por crear un clima favorable para el empleo de calidad y así formar una gran mayoría conservadora.

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