El agente secreto Grigúlevich y su papel en las ‘sacas’ de Paracuellos de Jarama

    Iósif Romuáldovich Grigúlevich Laurestki fue la sombra del joven Santiago Carrillo Solares, sin duda, y empujó a los presos madrileños en dirección a las fosas de Paracuellos. Este personaje, clave en las ejecuciones de presos madrileños, llegaba con 23 años a España en 1936.

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    El espía soviético Iosif Grigúlevich y el líder de los comunistas españoles durante la Guerra Civil española, Santiago Carrillo.

    Cuando Santiago Carrillo Solares (1915-2012) y sus chicos tuvieron como “asesor” en la segunda Junta de Defensa de Madrid a un “argentino” llamado ‘José Ocampo’ (I. R. Grigúlevich) desconocían por completo la maniobra soviética para intentar dirigir, a través de un ejército de “asesores”, los asuntos de la república parlamentaria española.

    Carrillo, llamado “el capullo de gafas” por sus enemigos políticos, pasó de submarino comunista en 1935 a comunista con carné en 1936, siempre al servicio de la Internacional Comunista (Komintern). En su labor al frente de la Consejería de Orden público de la Junta de Defensa de Madrid (noviembre-diciembre de 1936) estuvo “asesorado” e impresionado por este agente soviético del NKVD (KGB).

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    Nacido en Vilna (hoy Lituania) Iósif Romuáldovich Grigúlevich Laurestki (1913-1988) estudió en La Sorbona de París, conocía varios idiomas (francés, inglés, español y ruso) y estaba capacitado para formar una red de agentes de espionaje donde incluiría a escritores y artistas transformados en espías y agentes de influencia como abnegados militantes comunistas. Captado por el comunista polaco Edward Gierek en el París de 1934 cada vez que el espía realizaba una operación usaba nombre falso y un alias para comunicarse (Maks, Miguel, Juzik, José Escoy, José Ocampo, General Maximov, etc.).

    Cuando las cosas se pusieron feas fue destinado por Moscú a la guerra de España huyendo de su encarcelamiento en América

    George Orwell lo retrataba como un soviético tenebroso que se parecía a un personaje novelesco de película, Charlie Chan, un detective estadounidense de ficción. Creador y controlador de asesinos al servicio de la Casa juró lealtad al pueblo soviético y al Partido (PCUS) para no revelar sus actividades.

    Este personaje, clave en las ejecuciones de presos madrileños, llegaba con 23 años a España en 1936. En su carrera ya había sido encarcelado y desterrado a Polonia, vivió en París y acabó siendo enviado a Argentina como Delegado del Socorro Rojo Internacional, organización fachada de la Internacional Comunista. Cuando las cosas se pusieron feas fue destinado por Moscú a la guerra de España huyendo de su encarcelamiento en América.

    Grigúlevich, fotografiado como doctor en Historia.
    Grigúlevich, fotografiado como doctor en Historia.

    Llegó en septiembre de 1936 desde Argentina en un carguero griego contratado como pinche de cocina. Atracó en Amberes (Bélgica) y desde París, donde se reunió con Josif Broz “Tito” (futuro presidente yugoslavo), se arreglaba su desembarco consiguiendo su pase para España.

    Además de ejercer de traductor, en 1936 participa en una de las operaciones fracasadas para asesinar a Franco junto con Kim Philby

    El agente de inteligencia soviético Grigúlevich llegaba a Barcelona en avión procedente de Toulouse (Francia) a inicios de octubre del 36. El “explorador” se trasladaba a Madrid para reunirse con Vittorio Codovilla (agente de la Komintern) que dirigía el PCE en donde había puesto al frente a José Díaz, su asistente.

    Comienza la actividad del pibe “argentino” de acento porteño como traductor de autoridades soviéticas aterrizadas en España. “Iuzik” tenía contactos entre la intelectualidad latinoamericana y había participado en misiones clandestinas del Socorro Rojo Internacional. Además de ejercer de traductor, en 1936 participa en una de las operaciones fracasadas para asesinar a Franco junto con Kim Philby.

    En sus actividades en España Preston señala que la Dirección General de Seguridad tuvo una brigada especial de militantes socialistas con elementos de confianza de las Juventudes Socialistas Unificadas que habían formado parte de las fuerzas de seguridad de la embajada soviética a finales de agosto del 36. Este grupo represor creado por Grigúlevich estaba a las órdenes de Santiago Carrillo para realizar trabajos sucios en Madrid y era dirigido por el policía David Vázquez Baldominos (algo más que un agente).

    Un joven Santiago Carrillo tuvo como “asesor” a este pájaro con una amistad que le duró hasta la muerte del soviético. El “asesor” visitó las prisiones chequistas de Barcelona con Santiago Carrillo y tal fue su amistad que el soviético terminó siendo el padrino en el bautizo laico de su primera hija. El terrorífico maestro de espías admiraba a Carrillo al que el Ministro de Justicia Manuel de Irujo pretendió detener en 1937 por organizar el asesinato de militares presos cuando los rebeldes cercaban Madrid, pero la dificultad de la guerra no permitió que la justicia parase los pies a la revolución.

    Además del operativo de los presos “Grig” destacó por su participación, junto a Orlov, en la ejecución de Andreu Nin y la desaparición del POUM. También colaboró con el “periodista” Koltsov en labores de espionaje. Grigúlevich montó una red de espías durante la guerra civil que incluía a escritores, periodistas, militares, políticos y un largo etcétera con nombres y apellidos bien conocidos. Tras la guerra los puso a salvo con viajes y contrainformación. Las “tareas húmedas” se silenciaban con gran misterio.

    Cuando el famoso jefe de los espías en España Orlov huyó a EE. UU. (julio de 1938) el soviético Eitingon le sustituyó, apoyado por Grigúlevich. Volodarsky indica que al acabar la guerra el agente secreto soviético se llevaba su red de espías españoles para no destapar sus actividades en España y trabajar en otras operaciones internacionales como fue la ejecución de Trotsky (1940) al que mató con un pico un español en Coyoacán (México).

    Marjorie Ross señala que tras su misión en España, que acabó quemando documentación comprometida en Madrid y llevándose su red de espías, el camarada pasó a México para formar parte de la ejecución del gran enemigo de Stalin. También montó una farmacia en EE. UU. (Santa Fe, Nuevo México) para poder tejer una red de espías que conocieron las investigaciones sobre la bomba atómica del Proyecto Manhattan en El Álamo.

    Tras estos éxitos se convirtió en “Artur” saboteando en América más de 150 barcos con destino a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, después transformado en “Teodoro Castro” fue embajador de Costa Rica en Italia, con cercanía al Papa en los años 50, llegando a recibir la emblemática insignia de la Orden de San Juan de Jerusalén. Con los ojos puestos en asesinar al presidente de Yugoslavia, el Mariscal Tito, descubrieron algo extraño en este. Mientras recibía instrucciones para iniciar la unificación de las dos Alemanias y con Tito pisándole los talones ocurrió la muerte de Stalin (1953). El operativo de ejecución se suspendió y el agente de inteligencia quedaba congelado.

    Iósif Romuáldovich Grigúlevich, como 'Teodoro Castro', fue nombrado embajador de Costa Rica en Italia
    Iósif Romuáldovich Grigúlevich, como ‘Teodoro Castro’, fue nombrado embajador de Costa Rica en Italia

    Desaparecían sus actividades estalinistas, al estilo “James Bond”, y ocupado en ejercer sus estudios se convirtió en Doctor en Historia (sin que defendiese ninguna investigación), publicando diversos libros y adquiriendo un currículum sonrojante. Pasaba a la historia, nunca mejor dicho, como uno de los agentes secretos más importantes del siglo XX.

    Fue la sombra del joven Santiago Carrillo Solares, sin duda, y empujó a los presos madrileños en dirección a las fosas de Paracuellos. Este sangriento episodio debemos incluirlo en la política estalinista de entreguerras porque los soviéticos pretendieron extender una revolución social a nivel global a través de la Internacional Comunista. Y recordemos como el político francés Georges-Jacques Danton firmaba una frase para la historia: “Las revoluciones no se hacen con agua de rosas”.

     

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    Juan Gijón es doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y fue profesor visitante del Instituto de Historia (CSIC). Lleva casi 20 años como profesor de Secundaria, ha colaborado con Oxford University Press España en diversos proyectos (2015-2016) y ha firmado más de medio centenar de títulos entre monografías, artículos y colaboraciones sobre los caballeros de las Órdenes Militares, la Casa de Borbón en el siglo XVIII, arquitectura militar, religiosidad popular, economía en la Edad Moderna, bibliografía, la represión política en la Guerra Civil española, etc. Es miembro de la Fundación Española de Historia Moderna, de la Associaçao dos Amigos da Torre do Tombo (Portugal) y de la Asociación Española de Amigos de los Castillos. Desde su atalaya, escribe en Actuall.