El Buchenwald vasco

    En el Buchenwald del País Vasco fueron muy pocos también los que se hicieron preguntas. Sonaban los disparos, estallaban los coches bomba, y los paisanos seguían jugando al mus como si nada.

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    Manifestación contra la dispersión carcelaria de los miembros de ETA /Efe
    Manifestación de la red Sare contra la dispersión carcelaria de los miembros de ETA /Efe

    Cuando el tercer ejército norteamericano entró en el campo de concentración de Buchenwald el 11 de abril de 1945 obligó a los vecinos de la cercana poblacion de Weimar a visitar sus instalaciones.

    Uno tras otro, los ciudadanos de la hasta entonces conocida como la cuna de Goethe –el gran ilustrado alemán, qué amarga ironía– desfilaron mudos de espanto ante el horror que encerraban sus muros. Hubo desmayos, lágrimas, incredulidad. Confesaron no saber nada de la barbarie que se había perpetrado delante de sus propias narices.

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    Allí, en Buchenwald, fueron exterminados como ratas decenas de miles de judíos, gitanos y disidentes. Pero muy pocos, al parecer, se habían preguntado jamás qué era aquel humo espeso y dulzón que vomitaban las chimeneas cenicientas de los hornos crematorios.

    En el Buchenwald del País Vasco fueron muy pocos también los que se hicieron preguntas. Sonaban los disparos, estallaban los coches bomba, y los paisanos seguían jugando al mus como si nada.

    Los verdugos, ahora travestidos en demócratas, optaron por la elaboración de una epopeya cínica y embustera que nos cuenta que todos fuimos igual de culpables en el drama

    Había extorsión y secuestro, miedo, amenaza, exilio, un ambiente opresivo dominado por los pistoleros, sus acólitos y chivatos, pero la mayoría prefirió mirar para otro lado.

    En el País Vasco, ninguna autoridad les obligó a realizar un tour por las consecuencias de su cobardía, tuvieron esa suerte. Allí, los verdugos, con la ayuda del Gobierno de España presidido por Zapatero y la complicidad del resto de fuerzas políticas, declararon un alto el fuego, limpiaron la sangre, guardaron las armas y se instalaron en las instituciones. No hubo catarsis colectiva. No hubo espejo en el que desnudar las conciencias.

    Los verdugos, ahora travestidos en demócratas, optaron por la elaboración de una epopeya cínica y embustera que nos cuenta que todos fuimos igual de culpables en el drama. En esencia, la verdad oficial que hoy se vende, con más o menos matices.

    Este sábado, miles de personas se manifestaron por las calles de Bilbao para exigir el fin de la política de dispersión con los presos de ETA. Convocaba la red de apoyo a los presos Sare, con el respaldo expreso de EH Bildu.

    Miembros del  PNV y Podemos (los mismos que denunciaban esta semana la «orientación vengativa» de la política penitenciaria) asistieron a la marcha. También las CUP y ERC.

    «Si algún día acaba de verdad la vergüenza etarra, la sociedad vasca tendrá que enfrentarse a sus propios horrores»

    Joseba Azkarraga, portavoz la organización convocante, apostaba por acabar con la «ilógica de vencedores y vencidos que no lleva a un escenario de convivencia en el que mirarnos sin revanchas ni odios».

    Una frase feliz, porque sintetiza sin querer el proyecto de ETA después de ETA. En ella está toda la gran mentira vasca desde 2011, con la hagiografía de los asesinos en las calles, la equidistancia moral, las excarcelaciones, la humillación de las víctimas y de los que defienden la lógica rotunda del “vencedores y vencidos”.

    Gracias a que hay personas tenaces en la búsqueda de la verdad, como es el presidente de la Fundacion Villacisneros, Íñigo Gómez-Pineda, un juez de la Audiencia Nacional ha reabierto la investigación de un atentado de 1979 en el que ETA asesinó, en Villafranca (Guipúzcoa), al guardia civil Antonio Ramírez Gallardo y a su pareja, Hortensia González.

    Una decisión judicial que supone una esperanza para los familiares de las cerca de 400 víctimas de ETA cuyos crímenes están aún sin resolver.

    Si algún día acaba de verdad la vergüenza etarra, será por iniciativas como esta. Si llega ese momento, la sociedad vasca tendrá que enfrentarse a sus propios horrores.

    El lema del campo de concentraicón de Buchenwald 'Jedem Das Seine' (a cada cual lo que se merece) .El lema del campo de concentraicón de Buchenwald 'Jedem Das Seine' (a cada cual lo que se merece) .
    El lema del campo de concentraicón de Buchenwald ‘Jedem Das Seine’ (a cada cual lo que se merece) .

    Y tal vez preguntarse qué papel jugó cada cual en el apestado aquelarre ideológico que ha provocado, en aras de un irredentismo caduco y falaz, décadas de odio absurdo, exilio, aislamiento, extorsión y cientos de muertos y mutilados.

    Cabrá determinar entonces quién estuvo del lado de la verdad y quién optó por ignorarla para no verse obligado a aceptar su cobardía.

    Ese día, la macabra leyenda que había en la puerta de Buchenwald tendrá todo el sentido: “Jedem das seine”. Que quiere decir, fíjense qué gracia, “a cada cual lo que se merece”.

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