Cruda realidad / El chalet de Galapagar

    No hay nada raro en lo que hace Pablo. La gente quiere prosperar, quiere vivir bien, quiere dar una buena vida a sus hijos. Lo malo ha sido haber construido toda tu carrera política en la negación de eso, en la demonización de cosas tan normales y universales a la condición humana.

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    Pablo Iglesias e Irene Montero, dupla política y pareja sentimental.
    Pablo Iglesias e Irene Montero, dupla política y pareja sentimental.

    Anda revuelto el patio a cuenta de que el líder de Podemos y la lideresa consorte, felices padres de gemelos nascituri, se acaban de comprar un chaletito bastante aparente en una zona no excesivamente popular ni terriblemente diversa de la Comunidad de Madrid.

    El líder, dicen, está furioso de que se haya filtrado la noticia, con lo que ha molado él siempre de vivienda de protección oficial en Rivas-Vaciamadrid, y fuentes maliciosas apuntan que ya el mismo día se han producido numerosas bajas de la formación morada.

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    Por la boca muere el pez, y el facherío inmisericorde, que no soporta que progrese económicamente la gente de progreso, está venga a sacarle en redes viejas declaraciones contra la gente que tiene chalets e intenta gobernar.

    «La capacidad humana para preferir la fantasía perfecta sobre la realidad inevitablemente sucia, el País de la Cucaña por encima de lo posible y trabajoso, es una constante con la que cuento»

    También han salido, disimulando el apuro con el habitual rostro de cemento, los que han unido su suerte a la de Iglesias -Monedero, Echenique…, ya saben- para explicar lo que, por un lado, es inexplicable y, por otro, no requiere explicación alguna.

    Monedero ha estado gracioso en redes haciendo un cálculo de lo que tendrán que pagar de hipoteca que me lleva a entender por qué ni el propio Maduro picó con la moneda que el profesor quería venderle para Venezuela.

    Y mi estupefacción viene de toda esta estupefacción. Quizá, no voy a asegurarlo, parte de mi sensatez me venga de ser cristiana y, por ello, darme cuenta de que el ser humano es como es y no hay que darle más vueltas, sino tenerlo en cuenta en nuestros cálculos.

    Porque en esto estriba mi asombro ante el éxito alarmante de los podemitas en el voto. No es, claro, que sus ideas no me parezcan de bombero, un infame reciclado de marxismo con tropezones de modernidad blanda, rancio como un potaje dos días dejado al inmisericorde sol de julio.

    Pero, bueno, son ideas, y la capacidad humana para preferir la fantasía perfecta sobre la realidad inevitablemente sucia, el País de la Cucaña por encima de lo posible y trabajoso, es una constante con la que cuento, más en generaciones que no hay vivido otra cosa que una prosperidad como no ha conocido sociedad humana desde los origenes, y una libertad demasiado evidente para tenerle en cuenta.

    Está también la insatisfacción inherente ante lo que existe y esa querencia por las novedades, el deseo de ser protagonista de un cambio histórico propio y la insatisfacción ante una clase política que es como para echarle de comer aparte.

    Todo esto, digo, lo entiendo. Entiendo que mires al gobierno del PP y a los otros y pienses que hace falta un recambio; entiendo el anhelo por una política menos enfangada, garbancera y triste.

    Todo lo entiendo, digo, menos creerte a estos tipos. Llegan y me preguntan si no estoy harto de estos mangantes del PP (o del PSOE) a quienes les estalla un escándalo de corrupción cada lunes y cada martes, y digo que claro. Y luego van y me dicen que les vote a ellos, que vienen a cambiarlo todo y que son puros como azucenas y desinteresados y austeros como San Francisco. Y, claro, mi pregunta obvia es: ¿¿Por qué??

    «Ojalá la experiencia de la propiedad y de la paternidad, que les vienen juntas y de golpe, les ayude a rebajar unos cuantos decibelios el tono de su demagogia»

    En nombre de lo más sagrado, ¿por qué habría nadie de fiarse de esta caterva? ¿Qué han demostrado, qué ven en ellos, qué transmiten para que alguien no intoxicado pueda creerles? El argumento ‘estándar’ de que «estos no han robado» me hace pensar que necesitamos nuevos ladrones, lo que se me antoja, además de bastante idiota, peligroso.

    Monedero presume de moto vieja, como Iglesias presumía de vivienda de protección oficial y coche ancestral. ¿Qué prueba eso? Eran profesores universitarios, no Amancio Ortega, que vivían de un sueldo como la abrumadora mayoría de los españoles. No había mucho donde arañar.

    Pero ya llevan unos añitos en la administración, en ayuntamientos aquí y allá, y si algo han demostrado es que no solo son humanos, sino incluso que vienen con una prisa y un descaro que ha sorprendido a todos menos a los true believers: contratos a dedo, subidas de sueldo, nepotismo desenfrenado… 

    No hay nada raro en lo que hace Pablo. La gente quiere prosperar, quiere vivir bien, quiere dar una buena vida a sus hijos. Irene habrá visto la casita en Idealista y habrá convencido a Pablo. Nada raro, ni nada malo; lo malo ha sido haber construido toda tu carrera política en la negación de eso, en la demonización de cosas tan normales y universales a la condición humana.

    Pablo e Irene se compran un casoplón por Galapagar. Me alegro por ellos. Ojalá la experiencia de la propiedad y de la paternidad, que les vienen juntas y de golpe, les ayude a rebajar unos cuantos decibelios el tono de su demagogia. Y a sus seguidores les deseo que esto les ayude a entender que si quieren seguir votando a Podemos, adelante, pero que no lo hagan porque piensen que esta cuadrilla es otra cosa que lo que parece, tan distinta a lo que anuncian.

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