El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera / EFE

Albert Rivera tiene que resolver para estas elecciones generales que se avecinan un grave dilema estratégico. Por un lado, presenta a su partido como una formación transversal, moderada, que aspira a recoger votos procedentes tanto de viejos electores del PP como de antiguos votantes del PSOE. De ahí que ponga el acento en cuestiones que en cualquier democracia no estarían en discusión pero que los dos grandes partidos mayoritarios han desatendido, la unidad de España, la independencia del Poder Judicial, la igualdad de todos los españoles ante la ley y cosas así.

Sin embargo, ocurre que de hecho, esos mensajes sólo calan en la derecha, de manera que, salvo en Cataluña, Ciudadanos roba votos al PP y apenas mordisquea la base electoral del PSOE. La explicación a que nuestra izquierda, en trance de tener que huir del PSOE, prefiera dejarse arrullar por el rancio populismo de los comunistas de Podemos será la que sea, pero el caso es que es así. Fuera de Cataluña, Ciudadanos se nutre de exvotantes del PP y apenas recibe votos de viejos electores socialistas.

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De forma que, las esperanzas de crecimiento de Ciudadanos se fundan en la posibilidad de que votantes que lo fueron del PP lo sean ahora de ellos. El respaldo de socialistas desencantados con el PSOE será sólo testimonial, si bien con la honrosa excepción de Cataluña, donde el independentismo en alza obliga a los socialistas a votar a quien más dispuesto esté a defender sin complejos la unidad de España. Y sin embargo, a pesar de estar en el centro derecha sus caladeros de votos, Ciudadanos se presenta como un partido de centro que completará neutralmente la mayoría de quien gane siempre que quien lo haga acepte asumir el programa regenerador de Ciudadanos. Y lo han demostrado en Andalucía, donde con sus votos gobierna el PSOE, y en Madrid, donde hace lo mismo el PP.

«Querer obstinadamente ser equidistante y estar por igual abierto a darle el gobierno al PSOE o al PP, dependiendo de los resultados, es a largo plazo garantía de irrelevancia»

Por muy ecuánime que pueda ser esta actitud, lo cierto es que el potencial votante de Ciudadanos, en caso de ser, como son la mayoría, exvotante del PP, se sentirá defraudado si finalmente Rivera le da a Pedro Sánchez la llave del Palacio de la Moncloa. Y, cuántos más exvotantes del PP se decidan por Ciudadanos, más probabilidades habrá de que sea el PSOE quien se beneficie, porque toda subida de Ciudadanos lleva aparejada un descenso del PP sin que el PSOE se vea afectado. De forma que el votante del PP tentado de darle su confianza a Ciudadanos se mostrará en última instancia reacio a hacerlo si percibe que es un partido, como le gusta a Rivera que sea, equidistante del PP y del PSOE, aunque alimentado sólo con exvotos del PP.

Ante este panorama, Rivera tiene dos opciones. La primera es presentarse como la cabeza de un partido de centro derecha llamado a entenderse con el PP, aunque no necesariamente con Rajoy, y decidido a cerrarle el paso a la izquierda en la medida de sus posibilidades. Así, tendría una oportunidad de ganar al PP, si no en éstas, en próximas elecciones. La segunda es ser un partido bisagra que completa la mayoría de quien gane a cambio de moderar su programa.

Pero, para que esta última posibilidad fuera real, sería necesario que estuvieran dispuestos a votarle por igual electores de izquierdas y de derechas. Estando como están dispuestos a hacerlo sólo los de derechas, la única forma de sobrevivir es negándose a ser el báculo de ningún gobierno de izquierdas y decidirse a ser el partido sinceramente reformista que tanto desea tener el centro derecha español. Querer obstinadamente ser equidistante y estar por igual abierto a darle el gobierno al PSOE o al PP, dependiendo de los resultados, es a largo plazo garantía de irrelevancia, porque pocos exvotantes del PP, por muy desilusionados que estén de Rajoy, le van a perdonar que ponga en La Moncloa a este nuevo Zapatero que es Pedro Sánchez.

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Emilio Campmany nació en Madrid, en 1958. Estudió en el Liceo Italiano y es licenciado en Historia y en Derecho por la Universidad Complutense. Es también registrador de la propiedad. Ha publicado dos novelas, "Operación Chaplin" y "Quién mató a Efialtes" y una narración de la crisis que desató la Primera Guerra Mundial llamada "Verano del 14. Una crónica diplomática". Está casado y tiene dos hijos.