El emperador desnudo y la reacción del público

    La ceguera ante la barbarie comunista es llamativa pues incluso personas que pudieron denunciarla en su fase europea, como Hannah Arendt, se confundieron totalmente en fases sucesivas.

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    Mao Zedong, sanguinario dictador chino (1893-1976)

    Simon Leys, una de las conciencias del Siglo XX, al comentar la reacción a su libro ‘Los trajes nuevos del presidente Mao’ deducía que Andersen, autor del cuento ‘El traje nuevo del emperador’ no era un gran psicólogo.

    En efecto, como todos recordamos, y con infantil alegría jaleábamos al leerlo por primera vez, el público, cuando el nino grita que el emperador estafado iba desnudo, empieza a burlarse del jerarca y aplaude la inocencia que descubre el engaño.

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    Por el contrario, Leys comprobó una diferente reacción de “los intelectuales” al publicar su libro en el que describía la gran estafa de la Revolución Cultural, que de Revolución tenía el golpe de mano palaciego de Mao para hacerse con todo el poder perdido tras el “Gran salto adelante” y de Cultural la pulverización de la cultura tradicional china y la pérdida de un inmenso patrimonio.

    El libro fue combatido e ignorado por expertos que ni leían en chino y tenían como toda experiencia uno viajecitos organizados por la Agencia “Partido comunista chino”. Mucho tardaron los maoístas de camarilla, media intelectualidad francesa, en reconocer lo que había pasado. Tuvo que morir Mao, caer la banda de los cuatro rehabilitarse Den Xiao Ping y aún todavía gente como la diputada Maria Antonietta Macciocchi negaban la verdad.

    El nino fue insultado e ignorado mientras el grupo de cortesanos seguía a la corte con entusiasmo.

    La ceguera ante la barbarie comunista es llamativa pues incluso personas que pudieron denunciarla en su fase europea, como Hannah Arendt, se confundieron totalmente en fases sucesivas.

    Un sector de la intelectualidad europea y norteamericana se negó a ver nada del mismo comunismo ruso hasta la invasión de Hungría, o la de Praga, o incluso más tarde con el libro Archipiélago Gulag circulando. Pero incluso estos fueron avispados si los comparamos con la constante ceguera incurable e incurada ante el comunismo tercermundista.

    Los Castro, el más siniestro aún Pol Pot, los vietnamitas, gozaron de una impunidad completa. La justificación era una  lectura de los acontecimientos por la que la conjugación de comunismo y tercemundismo expiaba las culpas occidentales, recuérdese así la barbaridad de Sartre cuando dijo que al matar a un occidental el FNLA mataba a su vez a un explotador y a un explotado.

    El siniestro Mao, cuya imagen adorna, por ejemplo, un restaurante en el Bernabeú, sin ningún tipo de queja, faltaría más, gozó de esa impunidad a la vez que de un prestigio que pocos se han atrevido a discutir. Y hubiera bastado leer un solo escrito sobre las memeces que decía o las que se decían sobre él en el culto a la personalidad desaforado para haber visto la desnudez del personaje.

    El bolivarianismo que no es sino una construcción imitada de comunismo y tercermundismo

    Es evidente que el proceso se está repitiendo con el bolivarianismo que no es sino una construcción imitada de comunismo y tercermundismo. Como decía Gómez Dávila el intelectual sudamericano vive de los saldos de Europa. La práctica bolivariana es siniestra, todo lo siniestra que permiten las actuales circunstancias de crisis de los países inspiradores, pero la ceguera ante la misma es tan tópica como la ceguera ante el maoísmo.

    De quienes se niegan a ver al emperador desnudo no nos desconciertan los asalariados tipo Errejon, Iglesias o Monedero. El estómago agradecido es la más tradicional causa de ceguera voluntaria. Tampoco quienes reaccionan por miedo y siguen jaleando detrás del emperador. Los que son más dignos de estudio son los auténticos entusiastas del traje nuevo, es decir, del no traje, dispuestos a seguir negando la evidencia. Como dijo el propio Leys en un memorable programa en la Televisión Francesa como los manzanos dan manzanas los idiotas dicen idioteces.

    Toda esta observación teórica sería un mero entretenimiento si no fuera por dos circunstancias; una, presente en todo caso, es el sufrimiento real de los oprimidos; otra, peculiar de nuestro momento, es que los ciegos voluntarios ocupan o están cerca de ocupar posiciones de Gobierno.

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