Tres vertientes del 68: Joschka Fischer entró en política, un hippie en Christiania, refugio de los 'verdaderos creyentes' y Hans Joachim Klein que formó parte del grupo terrorista de ultraizquierda Baader-Meinhof.
Tres vertientes del 68: Joschka Fischer entró en política, un hippie en Christiania, refugio de los 'verdaderos creyentes' y Hans Joachim Klein que formó parte del grupo terrorista de ultraizquierda Baader-Meinhof.

Hans-Joachim Klein fue uno de tantos jóvenes europeos que se excitaron y concientizaron en las marchas contra la guerra de Vietnam de finales de los 60. Los eslóganes del 68 eran a menudo violentos: “Si ves un CRS [agente antidisturbios] herido en el suelo, ¡remátalo!”, “¡Muerte a los gilipollas! [Mort aux cons!]” o “¡Matadlos! [Tuez-les!]” fueron algunas de las grandes aportaciones al acervo occidental del periódico ciclostilado L’Enragé, órgano de los ocupantes de la Sorbona y el Teatro Odéon (“Este periódico es un adoquín. Puede servir de mecha para un cóctel Molotov. Puede servir de cachiporra. Puede servir de pañuelo anti-gas lacrimógeno”), que seguiría editándose hasta Noviembre de 1968.

El grueso de los soixante-huitards se quedó en un nivel lúdico de violencia que se limitaba a quemar el edificio de la Bolsa o arrojarle ladrillos a la policía. Pero algunos fueron consecuentes con la monserga neoleninista que presentaba a la Francia de De Gaulle o la RFA de Willy Brandt como leviatanes imperialistas que oprimían de manera insufrible (“¡todos somos judíos alemanes!”) a la juventud nacida en el baby boom de posguerra (en realidad, la mejor alimentada de la historia, y la primera que había tenido acceso masivo a la educación superior). Esos pasaron a la acción directa.

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Klein terminó integrado en la Fracción del Ejército Rojo, y después en la célula del venezolano Carlos, con la que atentó contra una cumbre de la OPEP en Viena en 1975. Desvinculado de la lucha armada desde 1977, y tras un largo periodo de clandestinidad, sería detenido y juzgado por sus crímenes en Alemania en 2000. Entonces prestaron testimonio a su favor dos antiguos amigos y compañeros de correrías anti-capitalistas. Uno era Daniel Cohn-Bendit, líder del Mayo francés reciclado en ecologista y eurodiputado vitalicio. El otro fue Joschka Fischer, que en 1973, en su época de activismo estudiantil, había sido fotografiado agrediendo a un policía (la foto fue exhumada del baúl familiar por Bettina Röhl, hija de Ulrike Meinhof, la cofundadora de la Fracción del Ejército Rojo, también conocida como banda Baader-Meinhof). Pero ahora Fischer era vicecanciller de la República Federal de Alemania.

Klein representa al sector minoritario que, inflamado en autosugestión revolucionario-victimista, perseveró en el radicalismo político, con una floración en los 70 de grupos de ultraizquierda

He aquí, pues, dos trayectorias sesentayochistas emblemáticas. De un lado, los que terminaron en los campos de entrenamiento terrorista de Argelia o del valle de la Bekaa; del otro, los que acabaron en los consejos de ministros (alguno transitó por los dos estados: Régis Debray, conmilitón del Che Guevara en la guerrilla boliviana de 1967, pasó a ser asesor del presidente Mitterand en 1981). Klein representa al sector minoritario que, inflamado en autosugestión revolucionario-victimista, perseveró en el radicalismo político, protagonizando una floración de grupos de ultraizquierda en la década de los 70 (los más viejos recordarán su rama española: ORT, Joven Guardia Roja, PT, OCE-Bandera Roja, etc.), cuando no pasando a las metralletas.

El sesentayochismo fue una paranoia de jóvenes acomodados que confundían su vacío existencial con opresión ejercida por tiranías imaginarias; los más enajenados tomaron las armas frente a ellas. La banda Baader-Meinhof (creada en 1970); el grupo francés Gauche Prolétarienne (creado en 1968 y sucedido a finales de los 70 por Action Directe); la ETA (que asesinó a su primer guardia civil el 7 de Junio de 1968, cuando el Mayo francés daba sus últimos coletazos); el IRA resucitado en 1969; las Brigadas Rojas, también formadas en 1969… Ese terrorismo de ultraizquierda formó parte del “largo 68” o “el 68 en sentido amplio”. Y entre todos sumarían unas tres mil muertes.

Hubo otros jusqu’au-boutistes o verdaderos creyentes que jugaron a la revolución de manera más inocua, o en modalidades que sólo les dañaban a ellos. Aquí habría que incluir los experimentos de “retorno al campo” y comunitarismo hippy-pecuario, con o sin LSD y amor libre. Nada menos que cien mil personas llegaron a vivir en comunas en Dinamarca y otros países escandinavos en los últimos 60 y primeros 70 (todavía puede visitarse en Copenhague la Ciudad Libre de Christianía, reducida ya casi a parque temático, como los kibbutzim israelíes). El test of reality resultaría aniquilador para casi todas ellas. Michel Houellebecq satirizó genialmente la época y el espíritu en su novela Las partículas elementales. Pero los testimonios de los protagonistas casi superan a la ficción: “Ya había doce niños en la comuna; cuando mi pareja y yo anunciamos que íbamos a darle un hermanito a la pequeña Judith, un comunero me dijo ‘¡Pero Judith ya tiene once hermanos!’; le arrojé la ensaladera a la cabeza” (testimonio de una Suzanne en Nicolas Daum, Des révolutionnaires dans un village parisien, 1988). “Bill había previsto una comunidad maritalmente abierta en la que los miembros dormirían juntos por rotación. Y como Kathleen era la única mujer en aquel momento, su actitud se convertía en factor crucial. Pero resultó que ella sólo quería dormir con George” (Richard Fairfield, Communes USA, 1972).

En su faceta hedonista-libertaria los principios de Mayo –”prohibido prohibir”, “vivir sin tiempos muertos y gozar sin trabas”, “vivir el presente”- se habían convertido en la nueva moral social

El otro extremo, decíamos, son los sesentayochistas que se integraron en el establishment y treparon hasta su cúspide. Alcanzaron las posiciones de máximo poder en los 90, un cuarto de siglo después. Daniel Cohn-Bendit es eurodiputado desde 1994; Joschka Fischer llegó a ministro alemán de Exteriores en 1998: ambos militaban en el Partido Verde, la criatura política más exitosa y perdurable del sesentayochismo. Jack Straw, también con un pasado de militancia estudiantil sulfurosa en los 60, fue ministro del Interior británico a partir de 1997. Y Bill Clinton había fumado marihuana y participado en manifestaciones anti-Vietnam en Oxford. Pero ninguno de ellos se distinguió por una ejecutoria radical. No les hizo falta. La sociedad en su conjunto se había sesentayochizado paulatinamente.

En su faceta hedonista-libertaria, que era la más profunda, los principios de Mayo –”prohibido prohibir”, “vivir sin tiempos muertos y gozar sin trabas”, “vivir el presente”- se habían convertido en la nueva moral social por defecto. El ascenso al trono de algunos viejos enragés no fue sino culminación natural de su previo triunfo ideológico. Como escribió el incombustible marxista Eric Hobsbawm en 2002, “los grandes logros [de la revolución de 1968] no iban a ser el derribo del capitalismo, o siquiera de algunos regímenes opresivos o corruptos, sino la destrucción de las pautas tradicionales de relación entre personas y de conducta personal en el seno de la sociedad”. Mayo del 68 dejó heridas de pronóstico muy grave a la familia y a la Iglesia.

Los enragés triunfaron porque la sociedad ya por sí misma gravitaba en esa dirección, o no supo encontrar una cosmovisión alternativa (los discursos inanes de De Gaulle o Pompidou, reconociendo parte de razón a los niñatos y prometiendo diálogo –el gobierno se bajaría los pantalones en los acuerdos de Grenelle frente a los sindicatos aliados oportunistamente a los estudiantes- mostraban ya una derecha rendida moralmente al enemigo: el De Gaulle del discurso radiado del 24 de Mayo no se parecía al épico resistente de Londres 1940, sino a Rajoy; como Rajoy, se encontraría un mes después con una mayoría absoluta con la que no sabría qué hacer).

Y el sesentayochismo triunfó también porque logró permear la cultura y la educación. Y es que la mayoría de los soixante-huitards no terminaron en las bandas terroristas ni en los despachos ministeriales, sino en las redacciones de periódicos, los estudios de televisión y cine, y, sobre todo, en las aulas escolares y universitarias. Un estudio sobre los estudiantes radicales del EE.UU. de los 60 encontró que, veinte años después, un 20% de ellos eran profesores. Ellos desarrollarían la nueva pedagogía lúdica, metodologista (lo importante no son los contenidos –que, total, “se pueden encontrar en las enciclopedias”- sino la actitud y el método) y participativa. Ellos adoctrinarían a la siguiente generación. “¿Qué pueden aportarle al niño las disquisiciones sobre la gramática inglesa, sobre la historia antigua, o sobre Dios sabe qué otra cosa, cuanto tales asignaturas no valen un comino, comparadas con el ancho horizonte de la realización natural de la vida y el esponjamiento del corazón humano?”, proclamaba A.S. Neill en Los niños libres de Summerhill, un clásico de la innovación pedagógica leidísimo por los sesentayochistas metidos a docentes. Pero quede esto para otro día.

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Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).