El paisaje progresista

    La ideología progresista ha logrado ser dominante por diversas causas, pero una de las más importantes es su habilidad para camuflarse, hasta el punto de parecer compatible con el propio cristianismo, al que íntimamente niega.

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    El líder de Podemos, Pablo Iglesias/Fuente: EFE

    Julián Marías escribió en 1947 que nuestro mundo ya no es cristiano; lo que tiene mayor valor viniendo de un pensador católico. Casi cien años antes, Juan Donoso Cortés había señalado las dos “negaciones supremas” en las que se funda la cosmovisión que terminaría disputando con éxito la hegemonía al cristianismo: la negación de la Providencia y la negación del pecado. O dicho de otro modo, que el hombre es autosuficiente, y que estaría en su mano construir una sociedad donde el mal ya no sea posible.

    La ideología progresista ha logrado ser dominante por diversas causas, pero una de las más importantes es su habilidad para camuflarse, hasta el punto de parecer compatible con el propio cristianismo, al que íntimamente niega. Ello es así porque el progresismo ambiental o exotérico (a diferencia de su formulación esotérica más depurada, el marxismo) carece de dogmas explícitos, de catecismo oficial, de bandera y de himno; ni siquiera tiene una denominación única y consensuada, lo cual dificulta en numerosas ocasiones aislarlo y detectarlo; y por lo tanto hacerle frente.

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    Según el avance del Barómetro de abril del CIS, hay más encuestados que se definen como conservadores (13,2 %) que como progresistas (11,1 %)

    Según el avance del Barómetro de abril del CIS, hay más encuestados que se definen como conservadores (13,2 %) que como progresistas (11,1 %). Pero la suma de progresistas, socialistas, socialdemócratas y comunistas casi dobla a la de conservadores y cristianodemócratas.

    Podría pensarse que progresista, en la boca de los encuestados, es un término excesivamente vago, que no implica una ideología muy definida, sino que alude a asunciones que cualquiera podría admitir, como estar contra el racismo, la pobreza, etc. Sin embargo, el partido que tiene entre sus votantes (considerando las últimas elecciones generales) el mayor porcentaje de autodenominados progresistas es Podemos, con un 22,4 %. Definirse como progresista implica, al menos en este caso, una postura política perfectamente reconocible.

    Por otra parte, respecto a los que se definen como liberales, no está muy claro qué entienden por liberalismo. Basándome en los datos del CIS de recuerdo de voto por ideologías, calculo que como mínimo un 30 % de ellos vota a partidos de izquierda y de extrema izquierda, frente a un 40 %, aproximadamente, que se decanta por el centroderecha.

    Todo indica que muy pocos, cuando se definen como liberales, piensan en Adam Smith, Benjamin Constant o Friedrich Hayek, suponiendo que sepan quiénes eran estos señores. Lo más probable es que, para la mayoría de encuestados, liberal signifique algo así como tolerante y abierto de mente, o más bien lo que suele entenderse torpemente por tal, una mezcla de tosco relativismo y de moralidad poco exigente en cuestiones sexuales.

    No hacen falta muchas estadísticas para percatarse de que el progresismo es dominante en la clase política, en las instituciones nacionales y supranacionales

    En cualquier caso, no hacen falta muchas estadísticas para percatarse de que el progresismo es dominante en la clase política, en las instituciones nacionales y supranacionales, incluso dentro de partidos supuestamente de derechas como el PP, y desde luego en Ciudadanos. Está también muy introducido en el poder judicial, y es abrumadoramente preponderante en los medios de comunicación; sin olvidarnos de su masiva infiltración en todos los niveles de la enseñanza. Por no hablar de su notoria presencia en la industria del entretenimiento (cine y televisión) y, últimamente, hasta en la publicidad comercial.

    Asimismo, su penetración en la Iglesia, desde los años sesenta, ha alcanzado los máximos puestos jerárquicos, en parte por mera razón de edad. Ciertos gestos del propio papa Francisco desprenden un inconfundible aroma progresista. En realidad, la publicación de su primera encíclica, de tema ecológico, y sobre todo el texto de la Exhortación Postsinodal sobre la familia (que, según una voz tan autorizada como la de Robert Spaemann, rompe sutilmente con la línea de Juan Pablo II) van bastante más allá de los gestos.

    El progresismo sabe muy bien revestirse de buenos sentimientos, incluso de misericordia cristiana. Pero su aplicación provoca millones de abortos, pisotea la libertad de educación y la libertad religiosa, supone el intento de destruir la inocencia de los ninos, adoctrinándolos con los disparates de la ideología de género y la última moda del transexualismo… Y por si esto fuera poco, atropella la propiedad privada y el libre mercado, sin que jamás, con similares métodos, se haya rescatado a nadie de la pobreza.

    El progresismo seguirá consolidando su hegemonía mientras no sepamos identificarlo allí donde asome la patita. Para ello, resulta indispensable no perder de vista su origen en las dos negaciones anticristianas fundamentales, señaladas por Donoso Cortés. En cuanto olvidamos su naturaleza esencial, es muy fácil caer en la trampa de confundirlo con una secularización benigna del cristianismo, del que es su mayor enemigo y acaso su antítesis más peligrosa en dos mil años. Esto no significa que los cristianos tengamos alguna ventaja especial (descontando la gracia divina) sobre los no creyentes que se resisten al progresismo, de los que afortunadamente hay muchos. Lo que sí tenemos es una mayor responsabilidad.

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    Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.