Raúl Romeva, Gabriel Rufián y Oriol Junqueras, durante la manifestación secesionista del 11 de septiembre de 2017 en Barcelona /EFE

Recuerdo haberle oído hace veinte años a Jon Juaristi que el PNV no deseaba verdaderamente la independencia, sino la eterna aproximación a ella, que le permite justificar su existencia como movimiento irredentista y obtener prebendas presupuestarias y competenciales sin fin de un Estado siempre obsequioso (algo parecido a lo que dijo Eduard Bernstein en 1899 sobre la lucha por el socialismo: “la meta no es nada, el camino lo es todo”).

Durante mucho tiempo pensé lo mismo del nacionalismo catalán: apostar en serio por la independencia sería matar la gallina de los huevos de oro. Y esa ha sido siempre también la premisa que subyacía a la actitud de los sucesivos gobiernos de Madrid: se puede aplacar al nacionalismo con dinero, con nuevas transferencias competenciales, o permitiendo que humillen un poco más a los hispano-hablantes de Cataluña, adoctrinen más tóxicamente a los niños o abran la enésima televisión o “embajada”.

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“Esa relación basada en el chantaje y la claudicación permanentes hubiese podido terminar si España hubiese puesto pie en pared alguna vez, anunciando que no claudicaría más”

Siempre quedaba algo de botín para comprar un poco más de tiempo, fuesen tesoros artísticos de Sijena retenidos arbitrariamente por el Museo de Lérida, documentos del Archivo de Salamanca entregados a la Generalitat, corrupción a lo 3% consentida, sentencias del Tribunal Supremo inaplicadas, banderas nacionales quemadas o el himno español impunemente abucheado en las finales de la Copa del Rey. PP-PSOE de un lado y nacionalistas catalanes del otro estaban tácitamente de acuerdo en que la solución consistía en el infinito estiramiento de la reivindicación de los unos y de las concesiones de los otros.

Esa relación basada en el chantaje y la claudicación permanentes hubiese podido terminar si España hubiese puesto pie en pared alguna vez, anunciando que no claudicaría más. En cuarenta años de democracia, nunca llegó ese momento de dignidad (si exceptuamos, en el caso vasco, la ilegalización de Batasuna en la etapa Aznar).

“Rajoy no puede concebir que alguien piense y actúe en términos de Historia con mayúsculas”

Sorprendentemente, la cuerda se ha roto por el otro lado. Resultó al final que los nacionalistas deseaban la independencia de verdad. Incluso en esta etapa terminal, los cálculos del gobierno español han respondido hasta hace dos días a la antigua lógica victimismo-concesión: “Van de farol; todo es gesticulación para después arrancar un nuevo acuerdo de financiación, o maniobras de ERC para desplazar a CiU como partido nacionalista hegemónico”.

Piensa el ladrón que todos son de su condición: incapaz de ningún ideal más alto que el tejemaneje y el regate político en corto, Rajoy no puede concebir que alguien piense y actúe en términos de Historia con mayúsculas. Es preciso reconocer que los nacionalistas catalanes están demostrando una audacia y una ambición de las que carecen los partidos nacionales.

Lástima que toda esa gallardía se haya entregado a un proyecto erróneo: la voladura de una Constitución democrática absolutamente respetuosa de la pluralidad regional, el despiece de uno de los países más antiguos de Europa y la creación de un microestado etnicista basado en una ideología narcisista y aldeana (el verdadero resorte del nacionalismo catalán ha sido siempre un infundado complejo de superioridad respecto a los demás españoles).

“Si los nacionalistas siguen disponiendo de las competencias educativas y el control mediático, la secesión es sólo cuestión de tiempo”

Puigdemont, Mas y Junqueras han pensado en grande y apostado fuerte… para el mal. ¿Será capaz la clase política española de hacer lo mismo para bien? Pensar en grande significaría entender que cuarenta años de constantes concesiones para que “los nacionalistas se sientan cómodos” sólo han servido para que se convenza a dos generaciones de jóvenes catalanes de que España es el enemigo, llevándonos a la locura actual.

El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont , junto al vicepresidente Oriol Junqueras
El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont , junto al vicepresidente Oriol Junqueras / EFE

En lugar de solucionar el problema vasco-catalán, el sistema autonómico lo ha exacerbado y multiplicado. Si los nacionalistas siguen disponiendo de las competencias educativas y el control mediático, la secesión es sólo cuestión de tiempo: una década más, y el 45% actual de independentistas se habrá convertido en un 60% o 70% ya incontenible.

Pensar en grande sería forjar un pacto de Estado entre los partidos nacionales para abordar un replanteamiento radical del sistema autonómico, que debería incluir como mínimo la recentralización de las competencias judiciales, educativas y mediáticas.

“La ‘solución política’ que nos preparan para el 2 de Octubre será probablemente una reforma constitucional que liquide la idea de nación española”

La crisis actual podría servir como catarsis que terminase con cuatro décadas de chantaje nacionalista y degradante claudicación española. Desgraciadamente, nada invita a pensar que nuestra clase política vaya a estar a la altura de las circunstancias.

Rajoy arrastra los pies y grita: “¡Sujetadme!”, mientras Soraya recita el mantra de la proporcionalidad, la mesura y la sangre fría. Sánchez evita la foto de la unión sagrada con Rajoy y Rivera, mientras sigue hablando de “diálogo” y de la “necesidad de soluciones políticas, no sólo judiciales” (lo mismo que dijo durante décadas el PNV sobre el terrorismo de ETA). Supongo que esta vieja España desmoralizada –que no cree en su propia legitimidad ni en la defensa de su integridad- todavía encontrará un resto de energía para impedir la secesión inmediata, con o sin algunas urnas el 1 de Octubre.

Pero la “solución política” que nos preparan para el 2 de Octubre será probablemente una reforma constitucional que liquide la idea de nación española y ponga a disposición de los pirómanos secesionistas aún más competencias para que puedan terminar su trabajo. Ganaremos quizás unos años antes del próximo envite, que será el definitivo. Eso sí, a Rajoy le cogerá ya fumándose un puro en su jubilación dorada en Santa Pola.

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Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).