Mi encuentro con Rufián en el Valle de los Caídos

    ¿Qué podría hacer un dirigente republicano, separatista, radical de izquierdas, en el lugar que, recientemente, dijo que habría que demoler?, se pregunta Álex Navajas, periodista y director de la hospedería del Valle de los Caídos.

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    Gabriel Rufián, diputado de ERC y el Valle de los Caídos.

    Parecería que Gabriel Rufián y Valle de los Caídos no pudieran ir juntos en la misma frase. ¿Qué podría hacer un dirigente republicano, separatista, radical de izquierdas, en el lugar que, recientemente, dijo que habría que demoler? Eso mismo me pregunté el pasado martes cuando me lo encontré en la explanada que se abre frente a la hospedería del Valle.

    Le estaban grabando una entrevista para un conocido medio de comunicación en Internet y Rufián le repetía al complaciente periodista los habituales bulos que corren sobre el monumento. Cuando terminó la grabación, me acerqué al dirigente republicano y, con una sonrisa, extendí mi mano y me presenté:

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    – Buenas tardes, Gabriel. Soy Álex Navajas, el director de la hospedería del Valle de los Caídos que quieres dinamitar (yo no mentía; es que uno, además de periodista, tiene otras ocupaciones en la vida).

    Rufián titubeó al estrechar mi mano, sorprendido quizás por mi saludo, y me respondió:

    – Ya que no se puede derruir, por lo menos habrá que darle el sentido auténtico que tiene, que es reconocer a las víctimas.

    – Me alegro de que pienses así, porque ése es precisamente su significado: honrar y orar por las víctimas de ambos bandos de la Guerra Civil. Para eso se erigió –le contesté.

    – Sí, hay 33.300 cuerpos enterrados, de los que más de 12.000 están sin identificar– añadió un tanto desafiante, quizás tratando de hacerme ver que sabía algo del tema-. Y murieron dos mil republicanos en su construcción.

    – Eso no es cierto –le respondí-. Las fuentes históricas más sólidas hablan de 14 fallecidos. Uno ya habría sido lamentable, pero no fueron dos mil; fueron 14.

    – Fueron dos mil.

    – Que no, Gabriel, que no; que por mucho que repitas eso, no deja de ser una mentira.

    – Sé que fueron dos mil.

    Su insistencia en la falacia me caldeó un poco y, sin perder la compostura, le espeté:

    Carajo, qué manera de manipular los números. No serás político, ¿verdad?

    Ahí pensé que quizás debería de haberle tratado de usted y de “Su Señoría”, como corresponde a un diputado del Congreso español, pero los vaqueros medio rotos que llevaba, sus deportivas y su jersey de punto gordo me invitaban a tutearle.

    – Pues quizás quieras visitar la hospedería por dentro antes de que la derruyáis. Tiene una magnífica biblioteca con más de 20.000 ejemplares- continué.

    – Gracias, pero vamos con prisa- declinó la invitación con educación-. Por cierto, hospedería que, como todo el monumento, se sostiene con dinero público que pagamos entre todos (no dijo “todos los españoles”, sino sólo un lacónico “todos”, pero se le entendió).

    Navajas a Rufián: «El Valle se sostiene con la venta de las entradas y la actividad económica que genera»

    – Eso no es cierto. El Valle se sostiene con la venta de las entradas y la actividad económica que genera – le expliqué.

    ¿Estás diciendo que en ERC mentimos? ¿Estás diciendo que el Valle no se sostiene con dinero público?- me preguntó, un tanto exaltado.

    El Estado destina una pequeña aportación para el mantenimiento del Valle, como hace con tantos monumentos diseminados por toda España- le aclaré-. ¿Qué hay de malo en eso?

    – Que es un monumento fascista que no debería existir –sentenció con rapidez-. Y defender un monumento fascista es propio de fascistas.

    – ¡Hombre, ya tardabas en sacar el término mágico, el de “fascista”! Eres de los de gatillo fácil para soltarlo. Y querer demoler un monumento es propio de talibanes –le respondí.

    – Talibanes fueron los que lo construyeron.

    – Y los que lo quieren dinamitar, también.

    Llegados a ese punto, entré en la hospedería, que cuenta con una pequeña tienda de venta de recuerdos y libros, y cogí un ejemplar de “Los presos del Valle de los Caídos”, una completísima obra del historiador Alberto Bárcena.

    Ejemplar del libro 'Los presos del Valle de los Caídos'.
    Ejemplar del libro ‘Los presos del Valle de los Caídos’.

    – Gabriel, te voy a hacer un regalo. Si realmente te interesa la historia del Valle, léete este libro. Es la mejor explicación sobre cómo se construyó el monumento.

    Rufián lo agarró y comenzó a leer la contraportada.

    – ¿Este autor es falangista?

    – Qué rápido eres etiquetando a la gente. No sé qué pertenencia política tiene Bárcena, pero no creo que sea lo importante. Lo importante es si cuenta o no la verdad de los hechos.

    – Lo que dice aquí es la verdad falangista de la historia –aseguró.

    – Hombre, sólo te has leído la contraportada. Quizás deberías leer un poco más del libro, ¿no crees? El historiador se basa en casi un centenar de obras que recoge en su bibliografía.

    – Es la verdad falangista –insistió, con un ramalazo de relativismo.

    – La verdad no es ni falangista ni republicana. Es verdad o es mentira, pero no existe la verdad “falangista”.

    Volvió a ojear el libro.

    – Qué barbaridad. Aquí dice que el Valle de los Caídos lo construyeron obreros libres –dijo, mostrando una sonrisa sarcástica.

    Obreros libres y presos políticos que reducían penas trabajando aquí, sí – le aclaré.

    ¿Presos políticos? – objetó, dibujando una mueca de contrariedad-. ¿Los llamas presos políticos?

    – Bueno, ¿cómo los quieres llamar? –le pregunté.

    Republicanos –respondió con solemnidad, como si pronunciase una palabra sagrada.

    – Republicanos que eran… presos políticos. Estamos de acuerdo. Eso nadie lo niega. Todo el mundo sabe que hubo presos políticos en la construcción del Valle.

    Uno de los acompañantes del político republicano intervino: “Nos tenemos que ir”.

    – De acuerdo. Gabriel, si algún día quieres, me encantará invitarte a comer en la hospedería y contarte la verdadera historia de este lugar, si realmente te interesa –le dije.

    Rufián me agradeció la invitación, estrechó mi mano y se fue.

    Es preocupante que haya ciudadanos que quieran dinamitar un monumento. Mucho más preocupante es que esos mismos sean políticos con puestos de responsabilidad. Y es triste que algunos hayan creído – o se hayan querido creer- las mentiras que se vierten sobre el Valle de los Caídos. Con lectura se arreglaría ese desaguisado. Y con una comida. Mi invitación a Gabriel Rufián sigue en pie.

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