España, agredida en Kabul

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    Dos policías fallecen en un atentado junto a la embajada española en Kabul (Afganistan)/Fuente:EFE

    Si no fuera por la muerte de dos compatriotas muertos en acto de servicio cuando protegían las vidas de los españoles destinados en la embajada en Afganistan, sería para tomarse a broma la forma en que Rajoy ha ido informando de la tragedia. Al hombre le preocupaba tanto que el atentado no fuera interpretado como la merecida respuesta islamista a nuestra política contra el terrorismo fundamentalista, ya de por sí bastante tibia, que se apresuró a destacar lo más irrelevante del luctuoso hecho, que el ataque en realidad no estaba dirigido contra nosotros.

    Parecía pues que la muerte de los dos policías tenía que ser considerada un accidente, una desgraciada consecuencia de la mala suerte de haber puesto la embajada junto a un objetivo de los talibanes. Lo que sea con tal de que no parezca que el atentado es consecuencia de las políticas del Gobierno. No me extrañaría que, sea cual sea la verdad, los servicios diplomáticos a las órdenes de Margallo sean los responsables de que los talibanes hayan corroborado por medio de un extraño comunicado la versión oficial de que la embajada no era el objetivo.

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    Si hubiese sido por Rajoy y Margallo el atentado hubiese quedado en un ataque contra una casa de huéspedes

    Y, si por Rajoy y Margallo fuera, así habría quedado la cosa, que los talibanes querían atentar contra una casa de huéspedes y, como la casa estaba junto a la embajada, el atentado ha tenido como consecuencia la muerte de dos policías. Igual que si les hubiera caído un rayo del cielo. Menos mal que el ministro del Interior, probablemente asesorado por su director general de la Policía, que sabe de estas cosas más que todo el gabinete junto, ha rectificado al presidente del Gobierno y al ministro del Interior y ha explicado lo que parece increíble que haya que explicar.

    A saber, que fuera contra quien fuera el atentado, la verdad es que la que ha resultado atacada ha sido la embajada española y han asesinado a dos policías nacionales españoles. Por tanto, se diga lo que se diga, España ha de considerarse agredida por los talibanes.

    Un coche bomba explota junto a la embajada española en Kabul (Afganistan)/Fuente:EFE
    Un coche bomba explota junto a la embajada española en Kabul (Afganistan)/Fuente:EFE

    Todo lo cual está muy bien, aunque falta que se nos explique qué consecuencias habrá a esa agresión que tanto ha costado reconocer. Ya sabemos que van a ser relevados los policías supervivientes y cabe esperar que el personal de la embajada sea trasladado a unas oficinas dentro de la zona verde de Kabul, donde está la embajada de los Estados Unidos y donde es mucho más difícil cometer un atentado. Pero, además de esto, son muchas las cosas que se pueden hacer.

    La primera es tratar de influir en nuestros aliados, en especial los Estados Unidos de América, para que la negociación con los talibanes se endurezca y se retire o reduzca cualquier oferta que se les haya hecho para participar en el futuro gobierno de su país.

    Hay que reconocer que la retirada de tropas en Afganistan ha sido prematura y que es necesario volver

    También podría proponerse que se reconozca, porque a la vista está, que la retirada de tropas de Afganistan ha sido prematura y que es necesario volver sobre el terreno a fin de garantizar que los talibanes no recuperen el poder que tenían antes de que las fuerzas occidentales llegaran.

    Ésta sería la reacción gallarda, pero también podríamos adoptar la cobarde y reclamar que inmediatamente se atienda a las exigencias de los talibanes en lo que se refiere a su participación en el gobierno con el fin de prevenir futuros atentados.

    Tras siete años de zapaterismo y cuatro de rajoyismo a nadie extrañaría que España adoptara esta postura. Y sin embargo, lo que estamos haciendo es seguir el manual político de Rajoy, ese enorme libraco de páginas en blanco en el que a cualquier problema siempre se le encuentra la misma solución: no hacer nada.

    Los talibanes atacan nuestra embajada, matan a dos compatriotas policías y nuestra reacción es naturalmente, nada. Y lo curioso es que a todos nos parece muy bien.

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    Emilio Campmany nació en Madrid, en 1958. Estudió en el Liceo Italiano y es licenciado en Historia y en Derecho por la Universidad Complutense. Es también registrador de la propiedad. Ha publicado dos novelas, "Operación Chaplin" y "Quién mató a Efialtes" y una narración de la crisis que desató la Primera Guerra Mundial llamada "Verano del 14. Una crónica diplomática". Está casado y tiene dos hijos.