Felipe VI y Rajoy amparan al Islam en la manifestación de Barcelona

    Entre uno y otro no debería caber nadie, porque ambos habría de ser más que suficiente para expresar la firmeza de unos principios y la unidad de la Nación.

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    Felipe VI y Mariano Rajoy, en la cabecera de la manifestación en Barcelona contra el terrorismo, junto a una chica musulmana.
    Felipe VI y Mariano Rajoy, en la cabecera de la manifestación en Barcelona contra el terrorismo, junto a una chica musulmana.

    El verano acaba, informativamente hablando, casi como empezó. La habitual sequedad de noticias estivales, este año, ha sido regada con aguas catalanas, hasta rozar el punto de la inundación.

    Las vueltas a los planes secesionistas, la inacción del Gobierno, el poliédrico e incoherente discurso del PSOE, la meliflua reacción de Ciudadanos y la connivencia podemita, estaban encharcando tanto el paisaje periodístico que iban a dejarlo tan mustio como esas macetas que se empapan hasta la asfixia mientras se hacen las maletas para irse a la playa.

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    Entre tanto, Cataluña salta a los titulares, no por un nuevo exabrupto independentista, sino por el asesinato de 16 personas y más de un centenar de heridos en los atentados perpetrados en nombre de Alá en Barcelona y Cambrils.

    España se detiene, y no hay conversación, intervención ni tertulia fuera de la masacre islamista. Condenas al terrorismo, cadenas de oración y recuerdo, flores, velas, “todos somos Barcelona”, “no tenemos miedo”, y el largo, edulcorado y cursi etcétera que el lector conoce a la perfección.

    Como en los demás países que han sufrido el zarpado yihadista, convocatoria de una gran manifestación que, en teoría, pretendía mostrar la unidad popular contra el terrorismo y la barbarie.

    «Escoltada por los altos hombros del Rey y del Presidente del Gobierno, aparece una figura pequeña, de la que sólo se veían los rasgos de cejas a mentón, las manos, y asomar tímidos los dedos de los pies»

    De su desarrollo lamentable, de las escenas bochornosas y de la escasa altura de muchos de los participantes hablan las imágenes de la misma, y con ellas, doy por definida la catadura moral de una sociedad a la que parece que los muertos le importan un comino o, al menos, no tanto como la destrucción de la Nación española. Pese sobre la conciencia de quien la tenga, si es que a algún secesionista le queda algo.

    Pero, obviando la deplorable estampa general, hay una fotografía que parece haber concitado el placer casi unánime de los medios. Desapercibida, desde luego, no podía pasar, porque estaba en la cabecera de la marcha.

    En la perfecta pirámide que se dibujaba, con la cúspide situada en la corona del monarca, y descendiendo por las cabezas de Rajoy y Puigdemont hasta alcanzar sus vértices en Ana Pastor y Ada Colau, había un par de pequeños escalones fuera de lugar. Uno de ellos situado entre las dos mayores autoridades del Estado.

    Escoltada por los altos hombros del Rey y del Presidente del Gobierno, aparece una figura pequeña, de la que sólo se veían los rasgos de cejas a mentón, las manos, y asomar tímidos los dedos de los pies. Un denso velo oscuro tapaba su cabeza y alcanzaba su vientre, y un sobretodo  poco veraniego se dejaba caer por encima de una especie de chilaba juvenil, bajo la que aparecían unos tejanos que rozaban el suelo.

    Quien ha paseado por la ciudad condal en agosto, sabe que lo último que va a necesitar es una prenda de abrigo. También lo sabe la chica que ostenta tan regia compañía. Pero que esté a punto de cocción, no le importa a nadie. Es musulmana. Y se tiene que someter.

    El Rey Felipe VI, junto a dos chicas musulmanas en Barcelona tras los atentados yihadistas.
    El Rey Felipe VI, junto a dos chicas musulmanas en Barcelona tras los atentados yihadistas.

    No seré yo, desde luego, quien critique ante quién decide cada cual someterse en esta vida, ni siquiera el hecho de que opte por la sumisión. Sus razones, entiendo, tendrá.

    Sin embargo, hay otras razones que no alcanzo a comprender, o que prefiero no hacerlo.

    Juego a las suposiciones. Pongamos que alguien no sabe qué hacían allí las máximas autoridades del Estado (por orden, el Jefe del Estado, el presidente del Gobierno y la presidente del Congreso); imaginemos que ese alguien desconoce lo que ha ocurrido y el motivo de tal concentración humana.

    Como le presuponemos cierto raciocinio a esa hipotética persona, descartará –a pesar de las enseñas- que se trate de una manifestación por la independencia de Cataluña (que aunque todo se andará, don Felipe sigue siendo Rey de España).

    La segunda opción, por descarte, sería: “Una manifestación contra la islamofobia, en un país de integristas cristianos/judíos/ponga usted la religión no islámica que prefiera”. Bingo. El poder de la imagen.

    «¿Por qué, pues, no estaba en la cabecera, por ejemplo, el Arzobispo de Barcelona, o el Obispo de Tarragona?»

    Volvamos a los hechos. Algo más de una semana antes de la manifestación, un musulmán conduce una furgoneta en zigzag por La Rambla (Barcelona), causando quince muertos, y decenas de heridos, y asesina a un hombre para robarle el coche y huir del lugar del atropello múltiple.

    Esa noche, otros cinco musulmanes se dirigen a Cambrils (Tarragona) para asesinar a golpe de puñal a todo aquel que encontrasen por el paseo marítimo, hiriendo a cinco personas y acabando con la vida de una mujer.

    La noche previa, una explosión en un chalet de Alcanar deja varios muertos y heridos. Entre los fallecidos, un imán. El material que detona iba a ser utilizado para perpetrar un atentado de mayores consecuencias, y contra monumentos de la ciudad Condal (presumiblemente, contra la Sagrada Familia).

    Cogemos de nuevo la fotografía. Don Felipe y Rajoy flanqueando a una chica musulmana. ¿Quién ha dado la orden de que esa joven se sitúe entre la máxima representación del Estado? ¿Qué mensaje pretenden lanzar? Y sobre todo, ¿es cierto eso que quieren decirnos con la composición del cuadro?

    Porque, dicho sea de paso, no fue el único gesto que hicieron en ese sentido. Nada más bajar del coche oficial, y tras acercarse a los asistentes, tanto el señor Rajoy como el monarca fueron prestos a saludar, justo después de hacerlo con algunos miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, a un barbudo y enturbantado individuo de tez oscura.

    ¿Quizás su intención era que hubiese una representación religiosa en la manifestación? ¿Por qué, pues, no estaba en la cabecera, por ejemplo, el Arzobispo de Barcelona, o el Obispo de Tarragona?

    Si, por el contrario, su propósito era dar visibilidad a la comunidad musulmana, ¿por qué tanto la chica, como la señora que caminaba junto a Ada Colau, cubrían su rostro, en vez de invitar a una musulmana de pelo suelto y falda –que las hay, aunque van quedando pocas-?  ¿Por qué poner ante todos los medios nacionales e internacionales a esa facción determinada del Islam?

    «A la postre, no es sino la foto de la claudicación de Occidente y de todo lo que lo ha hecho grande»

    Si, como parece, la intención no era invitar a representantes de distintas religiones, ni dar acogida a los musulmanes occidentalizados y comprometidos con los valores y principios de nuestras sociedades libres y democráticas, ¿por qué, y además, quiénes, han querido que esa chica presidiese la manifestación?

    Parecería, pues, que el objetivo último de la concentración estaba lejos de su lema “No tengo miedo”, y sí mucho más cerca de las conclusiones que ha podido extraer de la fotografía nuestro hipotético y desinformado personaje imaginario.

    No tendrán miedo al terrorismo (que serán ellos, los valientes; porque a mí, apaciguarme, así dicho, me apacigua poco), pero tienen miedo, y mucho, a que la sociedad española en particular, y Occidente en general, rechace los postulados del Islam.

    El montaje, para el que se han prestado con sumo gusto nuestro Rey y nuestro presidente del Gobierno (y lo repito, porque no estamos hablando de cualquiera), tiene el propósito claro de desligar, ante la opinión pública, el Islam y el terrorismo, situando a los musulmanes (incluso los más acérrimos observantes de su ley) junto al Estado y frente a la barbarie.

    Al final, pareciera que los asesinos hubiesen atropellado y acuchillado en nombre de Buda el lugar de en el de Alá, o después de haber leído la Torá en lugar del Corán.

    Es, precisamente eso, lo que no entendía. O lo que no quería entender.

    ¿Por qué le temen tanto a que haya muchas personas a las que la religión que, en pleno siglo XXI, está cobrándose víctimas por millares a todo lo largo y ancho del mundo, les produzca terror, espanto o, simplemente, un rechazo racional y fundado?

    ¿Por qué tantos esfuerzos mediáticos e institucionales –repito: la chica está entre las dos máximas autoridades de todos los españoles- en prevenir una desafección natural por el Islam y sus catastróficas consecuencias, mientras dejan crecer a sus anchas una cristianofobia que se está expandiendo como la pólvora, y contra la que no se ha movido jamás una real falange del regio dedo?

    Una pancarta de aquel día, en ese sentido, decía: “El terrorismo no tiene religión”. Y yo le preguntaría a su portador: “Y la pederastia, para usted, ¿la tiene?”. Porque los diseñadores de esos carteles suelen jugar a dos cartas, según sean unos u otros.

    La estampa, más allá de la primera lectura suavona y buenista, tiene una interpretación tremendamente amarga. A la postre, no es sino la foto de la claudicación de Occidente y de todo lo que lo ha hecho grande; de un Occidente que, incapaz de encontrar fuerza y justificación en sus propios valores, sale avergonzado a buscar otros fuera, y a pedir perdón permanentemente por no ser como sus enemigos quieren que sea.

    Don Felipe y el señor Rajoy son, nos gusten o no, las dos máximas autoridades del Estado, y los legítimos representantes de los españoles. Entre uno y otro no debería caber nadie, porque ambos habría de ser más que suficiente para expresar la firmeza de unos principios y la unidad de la Nación.

    Alguien, muy cercano a ambos, decidió colocarles en medio a una joven oculta por un rostrillo. Ese alguien debió pensar que ninguno de los dos, ni siquiera juntos, eran suficiente. Y ellos, uno y otro, debieron pensar lo mismo.

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