Franco ha muerto, viva Trump

    Antonio Velázquez echa de menos "en estos días de resaca postelectoral americana que los comunistas de diseño y nuestra progrecracia acusen de franquista a Donald Trump". "Donald Trump es el nuevo villano equipado con todos los extras para tensar las coronarias del apparatchik", señala.

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    Donald Trump ha desbancado a Franco como compendio de todos los males para la progresía en España
    Donald Trump ha desbancado a Franco como compendio de todos los males para la progresía en España

    He echado en falta estos días de resaca postelectoral americana que los comunistas de diseño y nuestra progrecracia acusen de franquista a Donald Trump. En serio. Entre invectivas y espumarajos creía que se les colaba Franco por alguna rendija.

    Han rozado el prodigio llamándole fascista, pero les ha faltado bordar el disparate como solo ellos saben hacerlo cuando les salta el fusible sentimental.

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    La alquimia del odio es así. Si Franco permanece vivo, si la gente escupe, golpea y decapita sus estatuas 41 años después de muerto, como en el Born de Barcelona, es porque ha pasado de ser un personaje histórico a convertirse en categoría kantiana.

    Por la gracia de la izquierda, Franco encarna el mal absoluto y por tanto sirve igual para un roto en Vallecas que para un descosido en Nebraska.

    «Donald Trump es el nuevo villano equipado con todos los extras para tensar las coronarias del apparatchik»

    Albergo la esperanza (leve, todo hay que decirlo), de que con Donald Trump haya encontrado la izquierda un digno sustituto del Caudillo contra el que desfogar sus iras y fobias.

    Donald Trump es el nuevo villano equipado con todos los extras para tensar las coronarias del apparatchik: machirulo, faltón, racista, asquerosamente rico y sin ánimo aparente de postrarse ante los contravalores sagrados del establishment posmoderno. Franco estaba un poco desfasado y este tío color zanahoria lo tiene todo.

    Lo que no acabo de comprender es la carita de sorpresa que se le ha quedado a la izquierda de círculos, confluencias y sanchistas gafes con la victoria de este portento de hacer amigos.

    Un resultado así en Escandinavia, donde todos son altos, guapos y listos, sería un cataclismo. Pero, ¿en USA? ¿Acaso no habíamos quedado en que los Estados Unidos de América eran un país de lerdos mascadores de chicle y botarates imperialistas apegados religiosamente a una Colt 45 cuya única obsesión es seguir imponiendo al mundo la mística del dólar a base de jarabe de marines?

    Al menos, esto es lo que nos viene contando la izquierda desde hace décadas. El yanqui cerril, ignorante, borrego de Wall Street, incapaz de comprender la metafísica del bello relato de Europa, los matices del sentimiento, la filigrana, la metáfora compleja, las películas de Rohmer, los abrazos de osito… Salvo excepciones, como Michael Moore, por supuesto.

    Barack Obama, presidente de EEUU en el 45º premio anual de la Fundacion Black Caucus / EFE
    Barack Obama, presidente de EEUU en el 45º premio anual de la Fundacion Black Caucus / EFE

    O Barack Obama. Con su llegada a la presidencia cambiaron muchas cosas. Parecía que, al fin, tras décadas ominosas de vaqueros rudos en la Casa Blanca, el pueblo americano despertaba a la verdad y se prosternaba ante los viejos rebeldes de Berkeley.

    En la vieja Europa, la izquierda brincaba entusiasmada con el hombre que iba a acabar con todos los males del planeta de un plumazo. Pero pronto se demostró que el color de la piel no hace más bueno a un hombre, ni más sabio, ni mejor gobernante.

    La era Obama ha acabado con casi 60 millones de botarates votando a Donald Trump, mientras la izquierda española, con sus muecines mediáticos tocando a duelo, tratan de explicar el desastre quejándose del sistema ingrato que permite gobernar a un tipejo maloliente por una cuestión tan fútil como la aritmética de los votos.

    Aquí fueron los viejos y allí la América profunda. El franquismo sociológico a uno y otro lado del charco. Analfabetos que convierten la verdadera democracia en un lodazal.

    Donald Trump es un bufón, un embustero, un provocador, un sexista, un xenófobo y muchas otras cosas. Un producto de esta América de charanga y pandereta que hoza en las mismas fuentes de la derecha patria, siempre extrema, adoradora de francos. La izquierda, obviamente, es otra cosa.

    Cuando la izquierda se topa dentro de sus filas con algún bufón, como ese concejal siniestro que se burla de las víctimas del terrorismo y del holocausto, los que se hacen cruces con Trump le aplauden y le jalean.

    Los embusteros como Espinar, el del pisito, o Errejon, el de la beca; los provocadores como Monedero, como la Rita asaltacapillas o ese Rufián que ha tomado el parlamento como una letrina; los sexistas como Iglesias, que azotarían hasta sangrar a una periodista como Mariló Montero porque no le hace ojitos; los xenófobos como los nacionalistas catalanes y vascos, que se mueren por un cromosoma exclusivo…

    Todos ellos reciben el apoyo de estos demócratas de chichinabo que lo mismo agasajan a los que queman ejemplares de la Constitución y banderas de España como homenajean a pistoleros de ETA y respaldan mociones para expulsar a la guardia civil del País Vasco.

    Esta es la gente que llama a Trump de todo menos bonito. Pasen y vean el nivelazo. Y comprendan por qué no merece la pena ofenderse cuando uno de estos tipos, para acallar su opinión, le llame franquista… O trumpista, que tanto monta.

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