Pedro Sánchez y Francisco Franco.
Pedro Sánchez y Francisco Franco.

Tengo 54 años. Francisco Franco es un recuerdo de mi infancia. En la transición me enteré de que había sido un dictador. Lo cual es natural. La gente -y por tanto mi familia- no hablaba de política en aquellos tiempos, excepto en ciertos círculos universitarios e intelectuales. Mi padre pertenecía a esos círculos, pero era reservado y timorato y no quería líos.

Luego vino la democracia. Mi padre se hizo de izquierdas, y mi madre, hija de un católico fusilado en Paracuellos -un “caído” se decía entonces-, pasó página y desde el principio votó a la UCD. Ni se había hablado de Franco antes ni se hablaba entonces. La ilusión por la democracia estrenada pacíficamente era lo importante. El futuro era lo interesante. Las pesetas con la cara del Caudillo dejaron paso a la cara del Rey Juan Carlos y a correr.

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Al Valle de los Caídos se iba muy de vez en cuando, casi siempre en visita turística en cuyo pack entraba el Monasterio del Escorial y la llamada silla de Felipe II por razones de cercanía geográfica. Al visitar el Valle siempre aprendías algo de historia y con curiosidad pasabas por delante de la tumba de Franco y de José Antonio. Disfrutabas de las vistas de Cuelgamuros y con suerte oías cantar a la Escolanía o a la comunidad benedictina que vive en la Abadía sita allí mismo. Hablo de los setenta y de los ochenta. Después el tiempo desvaneció por completo la memoria de Franco y nuestros jóvenes no sabrían ni la cara que tenía si no fuera por Pedro Sánchez.

Esta era la situación de la inmensa mayoría de los españoles. De los excombatientes y nostálgicos del régimen se fue encargando el inexorable paso del tiempo y las leyes de la biología.

Y de repente, en 2019, más de cuarenta años después de la muerte de Franco, Pedro Sánchez, que tenía 3 añitos cuando falleció el llamado Generalísmo, ha resucitado su memoria, ha puesto en medio de la mesa a Francisco Franco y lo ha situado en la cabeza de su agenda política, ante la mirada atónita e incrédula de muchos españoles y la absoluta indiferencia de otros.

Se pueden barajar muchas hipótesis. Desde que este hombre ha perdido el norte, hasta que quiere distraer con Franco su gestión del independentismo; desde que quiere pescar en los caladeros de la extrema izquierda a que quiere llamar la atención y estar en la picota. O a lo mejor la razón contiene un poco de todas.

Pedro Sánchez hará todo lo que esté en su mano para ganar esta batalla simbólica, conseguir mover un puñado de cenizas de un sitio a otro, y crear una nueva mitología

Pero yo creo que hay algo más. El deseo de pasar a la Historia como el que ganó la Guerra del 36. Me explico. Existe un cierto complejo en la izquierda más ideológica -no en la izquierda del PSOE de Felipe González- que tiene que ver con traumas del pasado no superados. Por ejemplo, el hecho de que en el momento del levantamiento de Franco en África, lo lógico hubiera sido que el Ejército de la República y las milicias del Frente Popular hubieran arrasado con la intentona golpista. Franco contaba con pocas fuerzas, muy dispersas y sin la artillería pesada y la aviación de que disponía la República, con la impagable ayuda militar soviética. Pero la mala gestión militar, estratégica y táctica, la división creciente entre los republicanos y la desmotivación de las tropas a partir de un cierto punto, le permitieron a Franco crecer y avanzar imparablemente hasta la victoria.

A ese trauma se añade el de que Franco pasó de tener un poder provisional a un poder vitalicio sin que en España nadie se levantase significativamente contra el régimen. Dicho de otra forma, que después de 40 años de paz social murió de viejo en su cama de la Seguridad Social. Y el tercer trauma es que la democracia no llegó tras una ruptura con el régimen de Franco, sino que nació de una evolución de las propias leyes que se reformaron desde dentro, gracias entre otros a la pericia de Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez. Y por supuesto, del Borbón.

Pedro Sánchez, que ha llegado al poder por la puerta de atrás y gracias a pactos inconfesables, ha intuido, como un visionario, que desenterrar a Franco, sacarle de su tumba y expulsarle del monumental mausoleo para llevarle a un cementerio de pueblo, es un símbolo que cambia el relato de la historia. Como si dijera: “Ahora, cuarenta años después de tu muerte y ochenta de la Contienda, finalmente la guerra la gano yo, y te arrebato la gloria de tu victoria y te expulso a las tinieblas de la irrelevancia y el anonimato”.

Pedro Sánchez quiere ser recordado como el que venció, con un puñetazo en la mesa, el fantasma del franquismo. Él dice fascismo, que es más pomposo, pero sabemos que esa denominación no es históricamente correcta. Y hará todo lo que esté en su mano para ganar esta batalla simbólica, conseguir mover un puñado de cenizas de un sitio a otro, y crear una nueva mitología.

Pero Sánchez no se da cuenta de que la historia no se cambia, que el pasado no es mutante, y que lo que pasó, pasó. Y que al resto de los españoles nos preocupa el futuro. Y para que trabaje en él le pagamos. No para que juegue al Rey Arturo con su Excallibur particular.

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Doctor en Humanidades por la Universidad CEU San Pablo y licenciado en Filosofía por la Universidad Pontificia Comillas. Profesor Adjunto de Narrativa Audiovisual en la Universidad CEU San Pablo. También es miembro del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC), Director del Departamento de Cine de la Conferencia Episcopal Española y Presidente de Signis-España. Actualmente colabora en varios programas de la cadena COPE y en 13 TV dirige y presenta El cineclub de TRECE y Pantalla Grande. Dirige la revista digital de crítica de cine Pantalla 90. Crítico de cine de 'Alfa y Omega', 'El Debate de Hoy', 'Aceprensa' y 'Fila Siete'. Director de la colección de cine de Ediciones Encuentro. Autor de diversas monografías.