Més que un club: del fútbol al independentismo

    En las últimas elecciones a la presidencia del FC Barcelona, los candidatos parecían estar de acuerdo sólo en una cosa: cualquiera que fuera el vencedor daría su apoyo a la independencia.

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    Camp Nou / Wikipedia

    El independentismo catalán cuenta con una maquinaria digna de estudio. Y a pesar de que los últimos resultados electorales mostraron a una mayoría de catalanes contrarios a la independencia (sí, Artur, el dichoso plebiscito se perdió, no vengas con historias del número de escaños), la cantidad de personas que apoyó la aventura separatista no es para nada despreciable. Lo que es de extrañar, es que con todos los instrumentos que están al servicio del secesionismo el resultado no haya sido más favorable a la independencia.

    Estamos hablando de todas las instituciones públicas catalanas, de la televisión, de la prensa, los partidos, las organizaciones de sociedad civil apoyadas por la Generalidad y, por supuesto, el F.C. Barcelona.

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    El apoyo al nacionalismo por parte del club azulgrana ha ido creciendo en los últimos años. En las últimas elecciones a la presidencia del club, los candidatos parecían estar de acuerdo sólo en una cosa: cualquiera que fuera el vencedor de la contienda electoral daría su apoyo incondicional en representación del club a la independencia de Cataluña. Al culminar el acto patrocinado por la ANC y Òmnium Cultural donde firmaron dicho pacto, todos coincidieron en que en caso de independencia ¡El Barcelona seguiría en la Liga española! La hipocresía de estos señores no da más de sí.

    Esto se suma a una serie de hechos que no hacen sino corroborar la unión entre el Barcelona y el independentismo. Ejemplos sobran. La cesión del estadio para la celebración de eventos independentistas, las impunes pitadas al himno o la perenne pancarta en un fondo del Camp Nou que reza “Catalonia is not Spain”. El Camp Nou también fue el primer escenario donde las estelades aparecieron por primera vez de forma masiva. La azul cubana y la roja comunista.

    Sin olvidar por supuesto a los personajes clave para el club. Gerard Piqué dando la nota con frases como “¡Españolitos, ahora os vamos a ganar la Copa de vuestro Rey!” o participando activamente en eventos independentistas, para luego ataviarse con la Roja. También está Josep Guardiola, que ha sido vocero en actos independentistas en EEUU y Alemania, y además iba en ya no sé qué puesto de la lista de Junts pel sí. Seguro el entrenador compartió con Mas y Junqueras la estrategia: “No se trata de marcar (con votos), se trata de tener la posesión (de los escaños)”. También es curioso ver a jugadores extranjeros recitar ¡Visca Catalunya! en público. Deja de ser curioso cuando se sabe que en el club los incentivan a aprender catalán antes que español. Muy útil.

    ¿De dónde viene el papel nacionalista que juega el Barça?

    A través de la historia, el deporte ha servido como vehículo para afianzar la identidad nacional. Casos como el de los Springboks (selección de rugby de Sudáfrica) y su efecto en la reunificación e integración del país tras la abolición del apartheid, dan muestras del poder de cohesión que tiene el deporte sobre la sociedad.

    No debe sorprender entonces, que el auge del fútbol en el Europa haya coincidido en el tiempo y espacio con el auge de los nacionalismos a principios del siglo XX. Los campos de fútbol se convierten en los nuevos campos de batalla que sirven para unir a una poblacion detrás de una bandera, los jugadores son los valientes combatientes que representan el orgullo de la nación. Este caso se dio en casi todas las naciones europeas. España, por supuesto, está entre la excepciones.

    El fútbol en España no ha servido para afianzar el sentir de la nación española como un todo. Por el contrario, ha servido para brindar fuerza y cohesión a los nacionalismos locales o periféricos, especialmente en los casos de País Vasco, Galicia y Cataluña.

    En el caso de la relación del F.C. Barcelona con el nacionalismo catalán está marcado por tres fases clave: la época de Franco, la Transición y desde Joan Laporta hasta hoy.

    Existen diversos estudios sobre la relación entre el fútbol y los nacionalismos en España. Estos estudios coinciden en que fue durante el régimen franquista que tanto el Athletic de Bilbao en País Vasco como el F.C. Barcelona en Cataluña sirvieron de vehículos para expresar los sentimientos nacionalistas y las opiniones políticas opuestas al régimen.

    Las banderas azulgranas del Barcelona servían para sustituir a las senyeras y así canalizar el descontento de un sector de la poblacion, muchos de ellos ligados a las izquierdas además del nacionalismo catalán. Por otra parte, el apoyo que desde el gobierno central recibía el Real Madrid, lo convirtió en el enemigo a batir: nuestro equipo contra el suyo, Cataluña contra el gobierno central en Madrid, nosotros contra Franco. Y detrás de esta idea se empezó a mezclar la imagen del Barcelona y Cataluña como una misma cosa. En los estadios generan pasiones, se crea identidad y sentido de pertenencia, y esto lo aprovechó muy bien la agenda nacionalista catalana desde finales de los sesenta.

    Ya durante la Transición, se normalizará la relación entre la directiva del club y el gobierno central. A diferencia de lo que ocurría en el País Vasco, donde el PNV tenía influencia política sobre la directiva del Athletic de Bilbao, los partidos nacionalistas no tendrían tal influencia sobre la directiva del F.C. Barcelona. Los presidentes del Barcelona desde los setenta y ya entrados los años dos mil fueron conservadores proclives al gobierno central, principalmente por intereses empresariales. Luego llegaría Joan Laporta.

    «Gracias Joan, contigo empezó todo»

    Joan Laporta es al Barcelona lo que Florentino Pérez al Real Madrid, pero sin tanta suerte para presidir el club. El señor Laporta, abiertamente nacionalista catalán, puso todo su empeño en que el club estuviera al servicio del independentismo. Esto no es de extrañar, si recordamos que Laporta fundó un partido político independentista (Solidaritat Catalana per la Indepèndencia) cuando salió de la presidencia del club en 2010. Desde la presidencia de Laporta se inició un proceso indetenible, que fue seguido tanto por Rosell como por Bartomeu al frente del club. Y por supuesto, Artur tomó la mano que se le tendió.

    Ha sido durante esta época de hervidero y tensión cuando se pasó de coqueteo a relación, la senyera se convirtió en uniforme y se promovieron las actitudes independentistas tanto como no se sancionó ni a jugadores ni a aficionados por sus esporádicos desmanes.

    No es de extrañar pues que constantemente se identifique al F.C. Barcelona como con Cataluña por encima de la propia ciudad a la que representa. Hueco que, por supuesto, la corona y el nombre no le permiten llenar al Real Club Deportivo Español. La mala fortuna de llamarse “real” y “español” en Cataluña. Otro dato: según un estudio del CIS en 2011, los electores de CiU y ERC se identifican en alto porcentaje como fanáticos del Barcelona. Sin sorpresas.

    A la instrumentalización del F.C. Barcelona, se suma la falta de promoción del nacionalismo español, consecuencia de la dejadez de instituciones como la Real Federación Española de Fútbol, que evita a toda costa jugar partidos en Cataluña, lo que disminuye la presencia y por ende la influencia de la selección en la región. El miedo a los pitos o a las gradas vacías ha llevado a ceder espacios que los independentistas han sabido aprovechar.

    El poder del deporte como elemento de cohesión social y de creación de identidad nacional es indiscutible. No en vano una de las últimas plataformas independentistas Guanyarem, estaba compuesta por figuras del deporte. Al otro lado de la acera Ciudadanos -el nuevo paladín de la unidad de España- tiene a Inés Arrimadas haciendo un reportaje con la camiseta de la selección nacional y una bufanda del Barcelona. Este es el camino a seguir si se quiere contrarrestar la influencia independentista: recuperar espacios deportivos en Cataluña por parte de los equipos nacionales y darle la oportunidad a los catalanes de sentirse orgullosos de ser españoles.

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    Pedro Zapata (Caracas, 1990). Politólogo. Maestría en Políticas Públicas por la Hertie School of Governance (Berlín, Alemania) especializado en Gestión Pública y Política Económica. Diplomado en Política Internacional y en Gerencia. Siempre interesado por la actualidad política, en la universidad fue representante estudiantil y dirigió una organización de divulgación de valores democráticos. Ha trabajado como asesor estratégico en administraciones regionales, así como en campañas y proyectos de observación electoral.