García – Margallo, en el blog del General Dávila: España mi razón de ser

    "España es una realidad reconocida por la historia y por los hombres y no un simple artificio jurídico del que uno pueda prescindir a conveniencia", asegura el exministro de Asunto Exteriores.

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    José Manuel García-Margallo, exministro de Asuntos Exteriores y Cooperación / EFE

    José Manuel García-Margallo ha alternado sus cargos ministeriales con representaciones parlamentarias en el Parlamento Europeo y en el Congreso de los Diputados en el que ocupa en la actualidad un escaño del Partido Popular.

    El exministro de Asuntos Exteriores sale en defensa de la Unidad de España y explica las raíces de la Nación en un artículo en el blog del General Dávila, que por su interés reproducimos:

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    Como sabe cualquiera que alguna vez haya escrito un artículo, las primeras líneas son las más difíciles. En esta ocasión, me ha sacado del apuro un spot televisivo que resume muy bien las ideas —o intuiciones— que me animaron a lanzar la Marca España.

    El spot en cuestión dice así: «En un café, un amigo le dice a otro: “Anoche estaba en medio de la nada. Mi Astra se estropeó, y de repente… apareció Claudia Schiffer”. Y esta, sentada en la mesa de al lado, se gira y contesta: “Imposible. Un Astra no se estropea. Es alemán”».

    ¿Cómo hacer para que el adjetivo «español» fuese sinónimo de calidad? ¿Cómo ganar la confianza de los demás en nuestro país? ¿Cómo hacer para que los españoles recuperasen el orgullo de serlo? Y es que la autoestima de los españoles ha sido y es tradicionalmente muy baja.

    Los alemanes presumen, como hace Schiffer, de eficiencia, fiabilidad, solidez; los británicos, de elegancia, distinción, diseño; los franceses presumen de todo, pero, puestos a elegir, alardean de cultura, sofisticación, calidad de vida; los italianos, de arte, diseño, creatividad. En esa ecuación, que dista mucho de ser matemática, ¿cuáles son los rasgos que definen a España? ¿Cómo nos ven en París, Berlín o Tokio?

    Pero antes de meterme en harina, quiero hacer un poco de historia. No me voy a remontar a la leyenda negra que ingleses y holandeses pusieron en circulación para destruir la imagen de España. Me voy a limitar a recordar a dos españoles: Juan Pablo Forner, que vivió a mediados del siglo XVIII, y Miguel de Unamuno. Los dos fueron conscientes de que la imagen es importante y, si los traigo a colación, es porque me dan pie a hacer una excursión por nuestra historia

    Forner (Oración apologética por España) es el primero que se da cuenta de la importancia de la imagen: «Casi toda Europa está hirviendo en una especie de furor por querer cada Nación engrandecer su mérito sobre los demás que se lo disputan».

    En esta «especie de furor» no competían los españoles de la época —liberales o conservadores— que, con los franceses a las puertas de Cádiz, se tenían en muy poca estima.

    Las dos facciones coincidían en que España era un país magnífico por naturaleza y que la postración en la que se encontraba solo se podía explicar porque fuerzas foráneas la habían apartado de su devenir natural. No coincidían en quiénes fueran esas fuerzas foráneas.

    Los liberales sostenían que los responsables de la frustración nacional eran Carlos V y sus asesores flamencos

    Los liberales sostenían que los responsables de la frustración nacional eran Carlos V y sus asesores flamencos que habían arrasado las libertades originarias de los viejos reinos hispanos.

    Las apelaciones al Fuero Juzgo o a Villalar (discurso de Argüelles en Cádiz) van en esta línea. Es obvio que la Segunda República es tributaria de esta escuela de pensamiento, y por eso incluye una banda morada en la bandera de España.

    Los conservadores creían que los culpables de la decadencia de España eran los Borbones, y que lo que había que hacer para recuperar el vuelo era volver al espíritu de los primeros Austrias.

    En los años que siguieron a las Cortes de Cádiz, la imagen de España no mejoró; al revés, fue empeorando progresivamente. La pérdida de los territorios americanos, las guerras civiles, las asonadas y las revoluciones ahondaron el pesimismo histórico de principios de siglo. Y así llegamos al Desastre de 1898 que nos hunde en la miseria.

    En Cataluña y en Euskadi, las fuerzas nacionalistas convienen en que la postración de España es permanente y no tiene ninguna solución

    En Cataluña y en Euskadi, las fuerzas nacionalistas convienen en que la postración de España es permanente y no tiene ninguna solución. Sabino Arana es elegido diputado en 1898 y la Lliga nace en abril de 1901. La única solución es la disolución de la Nación.

    Los regeneracionistas cogen el camino opuesto: se vuelcan literalmente sobre aquella «España sin pulso», a la que aman porque no les gusta, para sacarla a flote. Y aquí viene como anillo al dedo la cita de Unamuno que llama a los españoles a «españolear», a hablar bien de España: «Toda Nación histórica de algún bulto pretende tener en algo la primacía. Menos nosotros. En todo, tomados colectivamente, en todo lo que puede tener valor universal nos reconocemos inferiores. Y en esta falta de dignidad colectiva, el orgullo individual de los pocos españoles que lo tengan parece monstruoso. ¡Enorgullecerse de ser español en España!» (España, 19 de marzo de 1915).

    La idea de España también aparece muy difuminada en la época de la transición. Julián Marías y otros intentan popularizar la idea de una nueva España que no es heredera de ninguno de los bandos que se enfrentaron en la Guerra Civil. La España de la reconciliación. La de la concordia. La España que se reencuentra con Europa. Sin embargo esta idea no cuaja porque lo que entonces aparece más importante es marcar las distancias respecto al régimen anterior.

    Se apuesta por la recuperación de las libertades (Libertad sin ira), de la democracia (Habla Pueblo habla) o del autogobierno de los pueblos (Libertad, Amnistía, Estatut de Autonomía) son los lemas que corean en las manifestaciones en las que abundan las banderas regionales y se esconde la Bandera Nacional. Mucho Estado español y poca España.

    Por eso creo la tarea más urgente que hoy tenemos entre manos los españolitos de a pie es reafirmar nuestra convicción de que España es una realidad reconocida por la historia y por los hombres y no un simple artificio jurídico del que uno pueda prescindir a conveniencia.

    Una Nación en mayúsculas con muchísimos siglos de historia y a la que no podemos ni debemos renunciar. No podemos renunciar “a la prodigiosa variedad de España, a la pervivencia dentro de ella de modalidades diferentes, vivas.

    A una empresa histórica que contribuyó a la formación de Europa y trascendió de los límites continentales europeos para crear la primera gran comunidad de pueblos heterogéneos después del Imperio romano” (Julián Marías, Cinco años de España).

    Para acometer esta tarea con éxito será necesario conciliar voluntad y generosidad. Pongamos manos a la obra. Porque, como escribió Lope de Vega:

    “Más diceme el corazón

    Que principios de obras

    son la esperanza y el deseo”

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