El magistrado Neil Gorsuch junto al presidente de EEUU, Donald Trump / EFE.
El magistrado Neil Gorsuch junto al presidente de EEUU, Donald Trump / EFE.

La presidencia de Donald Trump comenzó con la duda de si completaría el año como presidente. Ahora se da por hecho que terminará su mandato, es un punto menos probable que se presentará a la reelección. Y aunque la opinión mayoritaria es que no renovará, eso está empezando a ser cada vez menos claro.

Hemos rebasado los primeros cien días, el primer año, se acumulan los libros de exmiembros de su Administración poniéndole a parir, y su presidencia alcanza ya una densidad histórica que nos lleva a empezar a plantearnos cuál será su legado. De él forma parte ya la elección de Neil Gorsuch, a propuesta suya, como substituto de Antonin Scalia, tristemente fallecido. Los puestos de la Administración y los jueces del Supremo y del circuito federal los propone el Presidente, pero necesitan tener la aquiescencia del Senado, que obtuvo Gorsuch por una mayoría de 54 a 45.

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Scalia murió en febrero de 2016, es decir, un año antes de que Barack Obama abandonase el poder. Un año que le permitía proponer a un candidato progresista para substituir al conservador Scalia y asentar un cambio ideológico al Tribunal Supremo de muy largo alcance. Nominó a Merrick Garland, pero los republicanos se negaron en rotundo a debatir siquiera su elección, por lo que la vacante se mantuvo durante los últimos doce meses del obamato.

Aunque Obama ha logrado que el actual TS sea el más progresista en años, la elección de Gorsuch logra mantener cierto equilibrio

Un año ha cumplido Gorsuch en su puesto vitalicio, con una edad en la que se acumula la madurez intelectual, potenciada por un vigor que no tiene visos de eclipsar. Y, aunque Obama ha logrado que el actual TS sea el más progresista en años, la elección de Gorsuch logra mantener cierto equilibrio.

Según un estudio que mide (en la medida de lo posible) la posición ideológica de los jueces, Clarence Thomas sigue siendo el juez más conservador, pero el segundo es ya Neil Gorsuch, seguido por Samuel Alito y, más hacia el centro, por el Presidente del Tribunal, John Roberts.

Ha votado con Thomas en la opinión minoritaria, dentro de Pertua v. California, de que el propio Tribunal trate la Segunda Enmienda como un “derecho antipático”. También firmó con el juez Thomas la opìnión de que en el caso Garco Construction v. Speer se había perdido la oportunidad para limitar la deferencia Auer (de Auer v. Robbins), doctrina según la cual en un caso en el que esté implicada una agencia se debe dar preferencia a ésta en la interpretación de la norma.

El sector más progresista del Tribunal se ha quejado porque Gorsuch porque cita con “demasiada” frecuencia la Constitución y la necesidad de mantener sus principios

Una política del Estado de Missouri negaba ciertos beneficios a las organizaciones religiosas. Gorsuch estuvo con la mayoría de 7 a 2 (Trinity Lutheran Church v. Comer) que lo considera discriminatorio. Pero Gorsuch no se ha quedado en eso. Firma con Clarence Thomas la opinión que advierte contra la distinción, incluida en la sentencia, entre “leyes que discriminan sobre la base del status religioso y las que lo hacen por las costumbres religiosas”, porque no afecta al derecho a la libre expresión, reconocida en la Primera Enmienda.

El sector más progresista del Tribunal se ha quejado porque Gorsuch hace “demasiadas” preguntas durante la vista oral, y porque cita con “demasiada” frecuencia la Constitución y la necesidad de mantener sus principios, cuya guarda es su principal misión. Por ejemplo, según cuenta Edwin Meese III, durante el juicio The Oil States v. Greene’s Energy Group, Gorsuch alegaba que había leyes de más de 400 años de antigüedad que reconocían como propiedad privada la concesión de una licencia. Por lo que, en consecuencia, retirar esa licencia sin una justa compensación colisionaría con la Quinta Enmienda.

Este juicio es muy importante, porque citar leyes viejas como buenas sugiere que es consciente de que las normas que muestran su efectividad con el paso del tiempo han sobrevivido a circunstancias muy diversas y contienen más justicia que las nuevas doctrinas que puedan idear los juristas.

También es originalista; es decir, cree que la misión de los jueces es interpretar el texto de la ley en su sentido original. Y lo mismo cabe decir de la Constitución. Esto debería ser obvio, pero no lo es. Los juristas progresistas creen que no es tan importante ajustarse al texto de las leyes, sino a la opinión pública del momento. Es la idea de que la Constitución está “viva”, y de que su labor pasa por encajar, en el caso que se juzga, el texto de referencia a la luz no de lo que querían sus redactores sino de las modas ideológicas del momento. Gorsuch no lo ve así, y en una charla pronunciada en la Universidad de Estocolmo de Nueva Jersey, dijo: «Cuando interpreto la Constitución, busco fuentes que son externas a mí mismo, (…) miro lo que los Fundadores pensaban, cuál era el significado original de ese documento, y me cuido mucho de prestar atención a las palabras”. En otro momento ha dicho: la misión de un juez es “aplicar, no enmendar, el trabajo realizado por los representantes”.

La elección de Gorsuch es por el momento la mejor contribución de Trump a la política estadounidense.

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José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.