Con esta publicación, iniciamos una serie sobre el legado del comunismo.
Con esta publicación, iniciamos una serie sobre el legado del comunismo.

Vladimir Ilich Ulianov, más conocido por Lenin (1870-1924), y los demás revolucionarios pretendían hablar en nombre del pueblo, pero jamás trabajaron para vivir y destruyeron la patria rusa para que triunfase su revolución. Aceptó ser instrumento de los alemanes en la guerra que libraba Rusia.

¡Qué paradoja! Lenin decía que representaba a los obreros y campesinos y que pretendía liberarles de la explotación, pero apenas sufrió esa esclavitud del trabajo por cuenta ajena, sometido a un jefe despótico y retribuido con un sueldo mísero.

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A los 47 años de edad, cuando tomó por la fuerza el poder, sólo había tenido durante menos de dos años un trabajo regular, el de pasante en un bufete de abogados. Lenin recorrió Europa y vivió en París, Berlín y varias ciudades suizas sin estrecheces.

Uno de sus mejores biógrafos, Dimitri Volkógonov (El verdadero Lenin), afirma que “Ni en Rusia ni en el extranjero, Lenin sufrió ninguna carencia”.

Vivía del dinero que le mandaba su madre, una mujer adinerada: viuda de un consejero de Estado recibía desde 1886 una pensión de 100 rublos al mes y en 1889 había comprado una finca de unas 40 hectáreas que Lenin se negó a explotar, por lo que la arrendó a uno de esos ‘kulaks’ (campesinos ricos) odiados por su hijo.

El káiser alemán, Guillermo II.
El káiser alemán, Guillermo II.

La señora también recibió una herencia de un cuñado. Al final, María Uliánova invirtió todo el dinero que tenía en bonos y depósitos bancarios, y se dedicó a ‘cortar cupones’.

Lenin vivía, según Volkógonov de las rentas de su madre; del sueldo que recibía del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (encabezaba la facción más extremista, llamada bolchevique); de las donaciones que recibía de admiradores y filántropos; y del dinero que robaban sus pistoleros en asaltos a bancos, lo que consideran ‘expropiaciones’.

Lenin no solo usurpó la voz del proletariado, sino que traicionó a su patria y la situó al borde del desmembramiento con tal de conservar ‘su’ revolución

¿Cómo alguien criado entre algodones, que alquilaba caros pisos de cuatro habitaciones en París y se iba de vacaciones a las montañas de Suiza, podía representar o defender a los obreros que veían a sus hijos morir de enfermedades en sus chabolas o de los campesinos que tiraban de sus arados a falta de animales?

Pero Lenin no sólo usurpó la voz del proletariado, sino que traicionó a su patria y la situó al borde del desmembramiento con tal de conservar ‘su’ revolución.

El tren sellado

Cuando en 1914 estalló la Gran Guerra, Lenin y su mujer, Nadezhda Krúpskaya, estaban en Austria.

La Policía le encarceló por ser súbdito ruso, pero un camarada austriaco intercedió por él (aseguró que Lenin odiaba el zarismo) y luego lo expulsó.

Los socialistas y los obreros marchaban voluntarios a la guerra, incluso los socialistas rusos exiliados en Francia se alistaban en el Ejército de este país para combatir al II Reich.

El nacionalismo rompía la unidad de los revolucionarios y la supuesta clase obrera internacional.

El matrimonio Lenin se instaló en Suiza, y ahí, rodeados de países en guerra, habrían vegetado, de no ser por los alemanes.

En una conferencia en enero de 1917, por el duodécimo aniversario de la revolución fracasada de 1905, afirmó que “los viejos” como él no asistirían a las batallas “de la revolución por llegar”.

Stalin, Lenin y Trotsky.
Stalin, Lenin y Trotsky.

Por medio de uno de esos diablos cojuelos o ‘capitanes Araña’ que tanto abundan en los círculos de conspiradores y espías, llamado Alexander Parvus, los alemanes se pusieron en contacto con Lenin en la primavera de 1916, mientras en Francia se desarrollaba la batalla de Verdún y el Ejército ruso preparaba la Ofensiva Brusílov para ayudar a sus aliados (en esa ofensiva murieron o quedaron heridos más de 440.000 compatriotas de Lenin).

Las negociaciones prosiguieron unos meses más con el objetivo común de que la cúpula bolchevique aceptara salir de Suiza y alcanzara Rusia.

Por fin, después de que los servicios de espionaje británicos hubieran asesinado a Rasputín y los tumultos callejeros en Petrogrado seguidos por la renuencia del Ejército a disolverlos hubieran causado la abdicación del zar (la Revolución de Febrero, marzo en Occidente), Lenin aceptó la ayuda de los enemigos de su patria para cruzar Alemania en un tren especial.

En la estación de Zurich, el dirigente bolchevique se despidió con un discurso a sus camaradas: “¡Viva la revolución proletaria mundial que ha comenzado!”.

El 16 de abril, Lenin, su esposa, su amante, Inessa Armand, y otra veintena de bolcheviques entraron en la estación Finlandia de Petrogrado.

Los mismo alemanes que maytaban rusos en el frente o los hacían trabajar para ellos, entregaban oro a Lenin y Trotski, que lo congían con mucho gusto

Durante los meses centrales de 1917, mientras los bolcheviques conspiraban contra el Gobierno provisional de Lvov y Kerenski y la guerra proseguía, siguieron aceptando dinero de Berlín.

Los mismos alemanes que mataban rusos en el frente o los hacían trabajar para ellos, entregaban oro a Lenin y Trotski, que lo cogían con mucho gusto.

En marzo de 1917, ya derrocado el zar Nicolás, los bolcheviques habían comprado una prensa por 260.000 rublos. Y en julio publicaban 41 diarios, con una tirada de 320.000 ejemplares al día; el principal, Pravda, tiraba unos 90.000. Además todos los dirigentes recibían un sueldo. Los fondos los ponía Alemania.

El Gobierno de Kerenski fue el primero en investigar la pista del dinero que les sobraba a los bolcheviques y hasta reveló algunos datos, pero la vacilación y el legalismo del primer ministro impidieron que se detuviera a Lenin, entonces en Petrogrado, por colaboración con el enemigo.

Con razón, los rojos le dieron a Kerenski el apodo de ‘el payaso’. En octubre (noviembre según el calendario gregoriano, que se adoptaría en 1918), los bolcheviques por fin dieron su golpe de Estado y se hicieron con el poder.

Entre sus primeras medidas estuvo la de cumplir su acuerdo con el káiser y el alto mando militar alemanes. En diciembre de 1917, fundaron su policía política, la Cheka, para detener y matar a los que consideraban sus enemigos de clase y comenzaron a negociar el Tratado de Brest-Litovsk con Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria.

El jefe de la delegación comunista fue Trotski, nombrado comisario de Asuntos Exteriores por Lenin. Ambos discutieron: Lenin era partidario de aceptar las desmedidas exigencias alemanas, mientras que Trotski pretendía oponerse a ellas y, ya que el Ejército se había desbandado, responder con la consigna de ‘ni paz ni guerra’.

Cartel propagandístico de la época en el que se ve a Lenin barriendo a monarquías y capitalistas.
Cartel propagandístico de la época en el que se ve a Lenin barriendo a monarquías y capitalistas.

Lenin consiguió convencer a Trotski de que aceptase la rendición, con un argumento revolucionario: hasta que estallase la revolución comunista en Alemania, Francia y Gran Bretaña, que creían inminente, la función de los bolcheviques era mantener la única revolución triunfante, la suya.

El dirigente bolchevique lo explicó así: “Voy a ceder territorio al actual vencedor para ganar tiempo. Se trata de eso y de eso solamente”.

Cuando los bolcheviques trasladaron la capital a Moscú debido a la cercanía de los alemanes, otro camarada, Grigori Zinóniev, dijo: “El proletariado de Berlín nos ayudará a volver a Petrogrado”.

Con esas ideas, se comprende que Lenin abandonase comarcas, provincias y países a los alemanes y sus aliados: prácticamente Ucrania entera, Letonia, Estonia, Finlandia, Crimea, zonas del Cáucaso…

El tratado lo firmó Trotski el 3 de marzo de 1918. Las tropas alemanas llegaban a las ciudades en trenes de pasajeros y se desplegaban pacíficamente ante el pasmo de los rusos.

La derrota de Alemania en noviembre de 1918 anuló el Tratado de Brest-Litovsk, pero otra semilla sembrada por Lenin debilitó la patria rusa: el derecho de autodeterminación.

Junto con los decretos sobre el reparto de la tierra, la paz y la nacionalización de la banca y las grandes empresas, y una convocatoria de elecciones para una asamblea constituyente (en la que los bolcheviques obtuvieron menos de 10 millones de votos de más de 40 millones emitidos), el Gobierno bolchevique promulgó una Declaración de los Derechos para los Pueblos de Rusia, firmada por Lenin y un tal Josif Stalin, que no era entonces más que un personaje de segundo nivel.

Los bolcheviques proclamaron el derecho de autodeterminación, que incluía la secesión para los diversos pueblos que componían el Imperio ruso

En esa Declaración, los bolcheviques proclamaron el derecho de autodeterminación, que incluía la secesión y la formación de un Estado independiente, para los diversos pueblos que componían el Imperio ruso.

En las semanas siguientes nacieron diversas repúblicas, en algunos casos con ayuda alemana: Ucrania, Finlandia, Moldavia, Letonia, Estonia, Polonia, Lituania, Bielorrusia, Transcaucasia (de la que nacieron Georgia, Azerbaiyán y Armenia).

La finalidad de Lenin era debilitar a sus enemigos. Los bolcheviques lo prometían todo y a la vez: reparto de tierras, nacionalizaciones, paz, autodeterminación, socialismo, elecciones pluripartidistas, libertad de prensa, aborto, revolución mundial, aniquilamiento de los reaccionarios…

Lenin aregando a las masas.
Lenin aregando a las masas. Foto original antes de ser retocada eliminando a Trotsky (de pie en las escaleras).

Los zaristas, liberales o socialdemócratas no sólo tenían que levantar ejércitos, combatir a los alemanes y elaborar un programa político (¿monarquía o república?, ¿reforma agraria o devolución de las fincas a los terratenientes?), sino, además, enfrentarse a las minorías separatistas de esos territorios.

Mientras se libraba la guerra civil (1917-1923), en la que murieron más de 10 millones de personas, varios de ellos de hambre, los bolcheviques no vacilaron en destinar docenas de millones de rublos oro para impulsar la revolución mundial.

El dinero provenía del Estado, pero también del saqueo de propiedades privadas y de iglesias, y de la exportación del necesario trigo.

La conquista del poder por los bolcheviques les costó a los rusos millones de muertos, más que los caídos en la Guerra Mundial

Por fortuna, la revolución mundial no llegó y las que estallaron en Europa (Hungría y Baviera) fueron aplastadas.

Además, el Ejército Rojo fracasó en sus intentos de penetrar en Polonia (1919-1921). Lenin tuvo que reconocer la independencia de Finlandia, Lituania, Letonia y Estonia, pero demostró su cinismo sobre la autodeterminación mediante la invasión y conquista del resto de países que habían proclamado su independencia.

La conquista del poder por los bolcheviques les costó a los rusos millones de muertos, más que los caídos en la Guerra Mundial, el establecimiento de una tiranía que duró más de 70 años y no vacilaba en causar hambrunas y deportar a inocentes a Siberia y la pérdida de tesoros culturales y de grandes territorios.

Los revolucionarios no dudan en sacrificar a su patria y a su pueblo para crear el ‘hombre nuevo’.

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es Lecciones de España, en versión digital: http://www.editorialmanuscritos.com/Lecciones-de-Espana.