La carrera hacia las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos es la más extraña que se recuerda. Gerald F. Seib advierte desde las páginas del Journal: “Olvida todo lo que crees que sabes sobre elecciones presidenciales, porque esta vez es diferente”. Los estadounidenses confían menos que nunca en el Gobierno federal y las instituciones de control.

Será, además una campaña sin una agenda clara para el debate, con menos interés de los votantes por los asuntos económicos y una creciente importancia de temas como el terrorismo, el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo. En tercer lugar, la claridad de la elección de Hillary Clinton en el Partido Demócrata, donde su principal competidor Bernie Sanders no tiene prácticamente opciones, contrasta con la incertidumbre entre los Republicanos, con Donald Trump como el invitado incómodo a la fiesta, que no cede el primer puesto en las encuestas para las Primarias y acabará provocando que Ted Cruz o Marco Rubio, los únicos que pueden evitar el seguro descalabro republicano si Trump es nominado, abandonen la carrera antes de tiempo, con el fin de concentrar el voto no populista frente al atrabiliario magnate.

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Solo el 16% de los electores confía en la Administración federal

Los estadounidenses elegirán el 8 de noviembre a su cuadragésimo quinto presidente en un ambiente de desconfianza en el Gobierno federal, el Congreso y el Senado, y la Prensa, cuya reputación pasa por sus horas más bajas. Una encuesta de NBC y The Wall Street Journal publicada en diciembre mostró que solo el 16% de los electores confía en la Administración federal.

El enfado con las instituciones de Washington, por su voracidad financiera y la expansión de su control sobre la vida de las personas, explica en buena medida la irrupción de candidatos al margen del stablishment, como Bernie Sanders, en el lado Demócrata, o Donald Trump y Ben Carson, en el lado Republicano.

Ben Carson/Fuente: EFE-Archivo
Ben Carson/Fuente: EFE-Archivo

Un malestar por el expansionismo del poder federal es también el trasfondo del éxito del discurso populista contra la llegada de inmigrantes y refugiados, a los que se ve como consumidores del presupuesto público y grandes beneficiarios de la redistribución forzosa de la riqueza a través de una presión fiscal que no ha dejado de aumentar durante los dos mandatos de Obama sobre el sufrido bolsillo de las clases medias.

No es que la preocupación por la economía haya desaparecido del debate electoral, es solo que, por primera vez, se enfoca en el pasado (cómo pagar el gasto social y la deuda) y no en el futuro (inversión en Educación, infraestructuras, Defensa, innovación,…).

El discurso contra la máquina burocrática de Washington y los aparatos de los Partidos está presente, en mayor o menor medida, en todos los candidatos republicanos.

Ted Cruz es hijo de un exiliado cubano que participó en la Revolución de Castro

Uno de los mejor preparados para dar la batalla por el Gobierno limitado es Ted Cruz. Hijo de un exiliado cubano que participó en la Revolución de Castro, el senador Cruz se ha formado intelectualmente leyendo a conciencia las obras de la Escuela Austriaca de Economía. Al tomar posesión de su escaño de senador por Texas, Cruz dedicó nueve minutos de su discurso a reconocer las personas que le han ayudado o inspirado en su carrera. Hubo una mención significativa: “Deberíamos tomar como una coincidencia providencial que hoy sea el 100 aniversario del nacimiento de Milton Friedman. Fue un verdadero campeón de la libertad, y nosotros estamos siguiendo el camino que él abrió”.

La tesis de Cruz en la Facultad de Derecho de Princeton versó sobre la Novena y la Décima Enmienda de la Constitución, que tratan, precisamente, sobre los límites al poder del Gobierno sobre la gente. La Novena recuerda que los derechos del pueblo no se agotan con la enumeración explícita de la Constitución, y la Décima, impone al Gobierno el límite de que sus competencias son únicamente las que enuncia expresamente la Constitución, y para todo lo no indicado por ésta, el poder recae en los Estados y en el pueblo.

Candidato republicano Ted Cruz/ Wikimedia
Candidato republicano Ted Cruz/ Wikimedia

Ted Cruz ha orientado todo su pensamiento sobre el Gobierno a partir de la célebre sentencia de Madison de que los Gobiernos no están formados por ángeles sino por seres humanos, cuyo instinto natural es la voluntad de poder. Sin unos límites claros, el poder del Gobierno tenderá naturalmente a expandirse.

Para muchos norteamericanos, la Administración Obama encarna esa voluntad de poder expansionista como ninguna otra desde los años del New Deal de Roosevelt.  Bajo los dos mandatos de Obama, el déficit público y el endeudamiento han alcanzado cimas históricas, impulsado por el gasto de la Adminsitración; el Gobierno federal ha asumido un papel inédito de prescriptor de servicios de salud obligatorios, ha espiado las comunicaciones privadas de la gente bajo el pretexto de servir a la Seguridad Nacional; ha traspasado la línea roja de la libertad de conciencia, que es sagrada desde la fundación de los Estados Unidos, obligando a los hospitales católicos a practicar abortos; ha impuesto la agenda ideológica de género a los Estados que han rechazado en referéndum el llamado “matrimonio homosexual”; ha utilizado el veto presidencial contra mandatos del Congreso y ha emprendido una cruzada contra la libertad de posesión de armas, que es otro de los derechos individuales arraigados en el nacimiento de esta nación.

La eclosión del Tea Party explica en buena medida la importancia que tendrán los asuntos de los valores constitucionales en la carrera electoral de 2016

La eclosión del Tea Party como una respuesta espontánea de la sociedad a una agresión sin precedentes del Gobierno contra la gente explica en buena medida la importancia que los asuntos relacionados con los valores constitucionales tendrán en la carrera electoral de 2016, o la presencia de varios candidatos republicanos auspiciados en su día por el Tea Party, como Marco Rubio, Ted Cruz y Rand Paul.

Candidato republicano Marco Rubio/ Wikimedia
Candidato republicano Marco Rubio/ Wikimedia

En el Partido Demócrata, la nominación de Hillary Clinton se da por hecha, salvo catástrofe… o escándalo. Clinton representa la quintaesencia del stablishment de Washington y ha pasado demasiado tiempo en las moquetas del poder como para no tener trapos sucios escondidos.

La investigación por su incompetencia como secretaria de Estado durante el ataque al consulado de Bengasi, en el que resultó muerto el embajador de Estados Unidos en Libia, parece que no ha mermado su fulgor como la favorita de las Primarias Demócratas. Su oponente, Bernie Sanders, es un socialdemócrata clásico cuyo programa tiene dos únicos puntos: importar el ruinoso Estado del Bienestar europeo y declarar la paz al Estado Islámico, replegando las tropas y dejando a los aliados abandonados a su suerte.

Incluso para la parte más progresista de la sociedad, que en Estados Unidos copa las universidades y los medios de comunicación, Sanders representa la ruina y el suicidio. Lo miran con el cariño que se dedica a los abuelos que guardan el fuego sagrado de la clase trabajadora, pero jamás lo votarían.

Clinton será nominada y, si un mirlo blanco republicano no lo evita, se convertirá en la primera mujer presidenta de los Estados Unidos. Es otra de las rarezas de estas elecciones: nunca la preocupación por la libertad individual y por los valores constitucionales ha estado tan presente en una campaña, y sin embargo, nunca ha sido tan clara la percepción de que los Demócratas ganarán por incomparecencia del contrario. Ningún candidato republicano parece lo bastante ilusionante como para canalizar el malestar y la extenuación que las encuestas reflejan después de los ocho años de la Presidencia de Obama.

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