El hombre más poderoso del mundo se retira

    El Tribunal Supremo de EEUU es, sin duda, la institución más influyente del mundo, porque es la que decide lo que está bien y mal en la capital del Imperio. Uno de sus jueces, el ‘moderado’ (o sea, compañero de viaje de la izquierda) Anthony Kennedy, se retira y ya comienza la campaña para sucederle.

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    El juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos Anthony Kennedy.
    El juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos Anthony Kennedy.

    Si yo pudiera elegir qué puesto ocupar para dominar el mundo, elegiría, no la presidencia de EEUU, ni la de Rusia, ni la de China, ni ser George Soros o Bill Gates, no; elegiría ser el magistrado con el voto decisivo en el Tribunal Supremo de EEUU. Ése ha sido Anthony Kennedy.

    El papel del Supremo de EEUU en la actualidad viene a ser como el de valido de Felipe III o Felipe IV, pero encima con buena prensa. El presidente, los legisladores y el pueblo estadounidenses pueden opinar de una manera y, con una sentencia, el Supremo puede obligarles a hacer lo contrario.

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    Los casos más significativos son la prohibición de la oración en las escuelas, el derecho al aborto y el matrimonio para homosexuales. En este último caso, de nada valió que en una treintena de referendos de ámbito estatal los ciudadanos se hubieran pronunciado en contra. Con cinco votos de nueve, una oligarquía no electa por el pueblo puede imponerse al poder constituyente y a todos los cargos electos.

    «Sólo cinco jueces no electos pueden imponer sus decisiones a la mayoría del pueblo de EEUU, a su presidente y a las Cámaras»

    Desde una sentencia de 1803, el Supremo se convirtió en el intérprete indiscutible de la Constitución, por encima de la Presidencia, el Congreso y los Estados. Su control por un partido o una ideología determinaba lo que era legal o aceptable durante lustros y de ahí la importancia de sus nombramientos, sobre todo desde la aparición de las ‘guerras culturales’. El Supremo, por mucho que sorprenda y moleste a los abogados del Estado que anidan en el PP, nunca ha sido una instancia neutral que fallase en función de la justicia inmanente o de las leyes.

    Por ejemplo, el Supremo aceptó la constitucionalidad de la esclavitud hasta la guerra de Secesión. Luego, en el último tercio del siglo XIX reconoció las leyes segregacionistas que aprobaron los Estados del Sur, controlados entonces por los demócratas. Se opuso a parte de la legislación laboral de Franklin Roosevelt y aprobó el internamiento de ciudadanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, el Supremo se enmendó a sí mismo y desmontó la legislación racista del Sur, gracias a que contaba con el respaldo de la Presidencia, tanto con demócratas como con republicanos.

    A partir de los años 50, el Supremo, bajo la presidencia de Earl Warren (1953-1969), un republicano (gobernador de California y candidato a vicepresidente en 1948) propuesto por el también republicano Eisenhower, comenzó un activismo inusitado en el que la mayoría de la Corte se inventaba derechos a partir de una interpretación peculiar de la Constitución, como el derecho al aborto a partir del derecho a la intimidad.

    «El tribunal está dividido en tres grupos: cuatro jueces conservadores, cuatro progresistas y Kennedy. Éste es el voto decisivo»

    Es tal su importancia que uno de los principales motivos gracias a los cuales Trump ganó la presidencia fue su compromiso de designar a un jurista provida y contrario al ‘activismo judicial’ (aquí lo llamaríamos ‘interpretación alternativa del Derecho’) para sustituir a Antonin Scalia, fallecido en febrero de 2016 y pilar del sector conservador. Si Hillary Clinton, la candidata de Wall Street y Hollywood, hubiese ganado las elecciones, el nombramiento que hubiera hecho habría asentado el progresismo por 20 años, es decir, habría aniquilado la libertad religiosa y hasta la de expresión.

    Anthony Kennedy ha sido uno de esos supuestos derechistas a los que el Imperio Progre da el premio de ‘moderado’ o ‘civilizado’. Lo propuso Ronald Reagan, el presidente más detestado por la izquierda hasta que llegó Donald Trump; pero su historial de fallos ha sido más favorable a las causas progres que a las conservadoras.

    Falló en contra del recurso de la campaña de Al Gore en el recuento de Florida en 2000, en contra de limitar la propiedad de armas y a favor de eliminar la pertenencia obligatoria de funcionarios a sindicatos. ¡Fruslerías!

    Kennedy ha sido el voto decisivo en sentencias capitales como el matrimonio homosexual, la elección de Bush y el mantenimiento de la discriminación positiva

    Lo importante es que fue el voto decisivo en la aprobación del matrimonio homosexual, para el mantenimiento de los programas de ‘discriminación positiva’ y del aborto y para suprimir los topes de financiación en las campañas electorales. Porque los ricos prefieren a los candidatos progresistas, como demuestran las donaciones de George Soros, de los banqueros de inversión, los actores y productores de Hollywood. Esta preferencia (¿a cambio de qué?) se comprueba en sus enormes presupuestos; por ejemplo, Clinton gastó más dinero que Trump en anuncios publicitarios en televisión.

    Hasta ahora, los nueve jueces del Supremo se dividían en tres bloques: uno conservador y provida, con cuatro jueces (desde la incorporación de Neil Gorsuch en abril de 2017); otro de izquierdas y pro-aborto, con cuatro jueces más; y Kennedy. Dependiendo del humor con que se levantase cada día, Kennedy podía dar la mayoría a uno u otro bloque. Y lo que se convierte en legal y aceptable en EEUU, si forma parte de la agenda progre, se extiende por todo el mundo, como la peste de gripe de 1918.

    El juez Neil M. Gorsuch habla a los periodistas después de ser nominado al Tribunal Supremo de los Estados Unidos. / Michael Reynolds - EFE
    El juez Neil M. Gorsuch habla a los periodistas después de ser nominado al Tribunal Supremo de los Estados Unidos. / Michael Reynolds – EFE

    Los demócratas y el Imperio Progre claman contra Trump, porque puede proponer al Senado, que tiene que dar la aprobación el rechazo a otro jurista provida y originalista (partidario de no innovar a partir de la Constitución). En 2017, Trump cumplió su promesa y propuso a Neil Gorsuch para el Supremo y antes de que concluya su primer mandato podría nombrar a un segundo. ¡Tantos magistrados como nombró Obama en sus ocho años! ¡Qué escándalo! ¡Y encima simplificaría los bloques en dos y daría la mayoría al conservador.

    Los demócratas exigen a Trump que no proponga a ningún jurista hasta después de las elecciones de noviembre

    Por eso, el Imperio Progre ha enloquecido en las horas posteriores al anuncio de Kennedy de retirarse. Las izquierdas no suelen aceptar sus derrotas, porque, aparte de su formar la clase moralmente superior, saben lo que hay en juego. Algunos de sus tertulianos y tuiteros afirman que un presidente bajo investigación o incluso ilegítimo está incapacitado para proponer nuevos jueces.

    Otros recuerdan que la mayoría republicana en las Cámaras bloqueó en 2016 el nombramiento por Obama del sustituto de Scalia y exigen esperar a las elecciones parciales al Congreso de noviembre. Pero también es cierto que los primeros en romper la regla de que el Senado se limitaba a comprobar los méritos de un candidato enviado por la Casa Blanca fueron los demócratas, cuando Reagan propuso a Robert Bork en 1987. Los progresistas, encabezados por el siniestro Ted Kennedy (el que dejó morir ahogada a su secretaria Mary Jo Kopechne en 1969), acusaron a Bork de pretender la división de niños por raza y el establecimiento de la censura.

    Luego otro candidato conservador, Clarence Thomas, propuesto por George Bush en 1991, sufrió otra campaña parecida. Ser negro no le protegió de las infamias.

    Querido lector: estamos ante la película del verano, que va a superar a ‘Infinity War’. Prepárase para una batalla que va a dejar pequeña la campaña electoral de 2016.

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    Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).