Albert Boadella / EFE

Este lunes tuvo lugar un homenaje a Albert Boadella. Fue un acto rebosante de talento, buen humor, y cariño. Un escenario sencillo, el salón de una casa, abrigaba a los presentadores, que iban trazando pinceladas de su vida, de su obra.

El acto estuvo organizado por Libres e Iguales, y lo abrió su portavoz, Cayetana Álvarez de Toledo. Le bastó recitar, con la pulcritud que exige el manejo del deshecho, las admoniciones y los malos deseos de Antonio Banos, Pilar Rahola y otros sobre Boadella, y recuperar un bello texto del artista sobre su diálogo con el arte.

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El contraste resultaba demoledor. José Luis López Linares incidió con ironía en la importancia que el franquismo y los nacionalistas le dan al teatro; el suficiente como para encarcelar y perseguir a nuestro hombre.

A continuación, bajó el telón. No para dar fin al acto, sino para proyectar un documental sobre Boadella titulado Contra toda estupidez. Título descomunal, homérico, es proporcionado, como lo sería el empeño por librar tan desigual batalla, la de un sólo
hombre contra la estupidez humana.

La estupidez es mal congénito a la cultura masiva, y sólo podemos salir del ahogo, en este océano de mentiras y necedades, con un gran esfuerzo. Y con el ejemplo, eso sí, de personas como el propio Boadella.

Por la puerta grande

Bien, es el título de un documental de homenaje, y así debemos entenderlo. Una grabación coral en la que las imágenes del artista se cosen con los testimonios de quienes le han conocido y tienen algo que decir de él. Xavier Pericay, Félix de Azúa, Santiago González, Salvador Sostres, y tantos otros. Arcadi Espada terminó diciendo, en el documental, que su gran obra de arte había sido su vida.

Espada, ya frente al público, levantado de nuevo el telón, tomó la palabra para recordar la trayectoria de Albert Boadella. Sus orígenes sobre la escena. La representación de La Torna, que retrataba la ejecución al garrote vil de Heinz Chez, como señaló Espada, como “un eufemismo”; un instrumento para rebajar el impacto de la ejecución de Salvador Puig
Antich. El autor fue juzgado por un tribunal militar, pese a ser un civil. Fue condenado y encarcelado.

Una grabación coral en la que las imágenes del artista se cosen con los testimonios de quienes le han conocido y tienen algo que decir de él

Su fuga es la mejor ilustración de su vida como obra y viceversa. Se encontraba en el hospital cuando pidió permiso a los policías que le custodiaban para ducharse. Se disfrazó y salió por la ventana del baño, cuya ventana era contigua a la de la siguiente habitación. Se deslizó por el alféizar, con cinco pisos bajo sus pies, salvó la escasa distancia que separaba las ventanas, entró en la habitación número nueve, y salió por la puerta grande.

Con la música de El Padrino

Su fuga fue un epítome de su vida. Enfureció por igual a quienes le tenían preso y a quienes, desde la izquierda, le necesitaban a buen recaudo para alimentar sus reivindicaciones. Boadella escogió la libertad. Su libertad. Federico Jiménez Losantos, que asistió al acto, decía al recordarlo que Espada tenía sobre el escenario madera de actor. El periodista siguió su relato de vida ajena, deteniéndose gravemente cuando con ella ilustraba que el artista es “un príncipe entre bufones” o “se pone de pie en su tiempo”.

Su fuga fue un epítome de su vida. Enfureció por igual a quienes le tenían preso y a quienes, desde la izquierda, le necesitaban a buen recaudo para alimentar sus reivindicaciones

Ramon Fontserè, que encarnó al trasunto de Jordi Pujol en Ubú President, tomó la palabra. Con Boadella, dijo, “se juega a hacer teatro”, lo cual no es incompatible con la búsqueda de la perfección por medio del ensayo repetido con denuedo. La perfección, claro está, es la improvisación. Fontserè, a partir de un punto, se transmutó en Pujol.

Adquirió sus deformidades, su voz y sus maneras, y el personaje se dolió de que fuese el “traidor” de Albert Boadella, y no él, quien recibiese un homenaje. Con lo que había trabajado para… la familia. Resonaban las risas del público al oír la música de El Padrino, que acompañaba sus palabras. Claro que la queja de este Pujol recreado era del todo injusta.

Amigos de la política

Espada había resaltado el absurdo de que se le hubiera nombrado “español del año” a Jordi Pujol, y no a Albert Boadella. Quien le colgó el título, por cierto, estaba entre el público. El periodista había dicho también que, con la obra, el autor tuvo “la suerte de los campeones”, pues Pujol empezó a ejercer el catalanismo bien entendido, que empieza por uno mismo, llevándose los millones a pares justo en la época en que Boadella retrataba a los hijos del molt honorable llevándose los maletines con dinero a Suiza.

Dolors Caminal, mujer y también compañera de Albert, puso un tono íntimo, pero serio. ¿Y Albert Boadella? Apareció entonces, cruzando el patio de butacas hasta el escenario, con todo el auditorio en pie, aplaudiéndole. Hizo un ejercicio de desdoblamiento entre Albert, simpático, agradecido y feliz en el homenaje, bufón, gamberro, y Boadella, que ve en el homenaje el anuncio de una muerte al acecho. Los dos hicieron reír al público.

Fue un acto muy familiar, una reunión de amigos. El actor, escenógrafo y dramaturgo estuvo acompañado, entre otros, por Mario Vargas Llosa, Esperanza Aguirre, Nicolás Redondo Terreros, Rosa Díez, o Alejo Vidal-Quadras. El homenaje tuvo lugar en Madrid, claro. En el Teatro Muñoz Seca, Plaza del Carmen, nº1.

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José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.