La estación de metro de Auber, París / Wikimedia

Es viernes por la mañana en el metro de París. En la parada de Auber -en el centro de la ciudad, entre la ópera y Galerías Lafayette- muchos esperan el tren de cercanías RER para ir a Eurodisney. La ilusión se advierte en los rostros de ninos y mayores, que esperan vivir un día inolvidable en ese mundo de nunca jamás que inventó Walt Disney.

El tren irrumpe en la estación con un estruendo que, de pronto, se ve interrumpido por unos gritos de cólera en el andén. No hace falta entender francés para saber que quien levanta la voz lo hace en tono de recriminación. La persona que grita es un hombre negro de mediana edad y aparentemente musulmán -viste túnica y sombrero de oración-.

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El receptor de la bronca es un hombre blanco -francés, de entre 40 y 50 años- que camina por el andén con un periódico bajo el brazo sin hablar absolutamente con nadie. Los gritos son cada vez más intensos, pero nuestro hombre no se inmuta. La única palabra que puede distinguir un extranjero es “religión”.

El musulmán, amenazante, va subiendo el tono cada vez a menos distancia del impertérrito ciudadano. Así llega un puñetazo que hace saltar por los aires las gafas del asustado francesito. El agredido se marcha del metro -con sus gafas y su periódico- para evitar líos: aquí el que huye es la víctima. Otro ciudadano, también de color, logra calmar al musulmán al que introduce en el vagón del tren que va camino de Eurodisney.

Paliza a una joven de 16 años por vestir una minifalda

Nadie reacciona. Nadie dice nada. Ni siquiera aparece un móvil que grabe la escena. Todo ha sido muy rápido. La gente que ha visto lo ocurrido entra en silencio en el tren, pero todos evitan el vagón del agresor. De repente, el miedo se apodera de las caras de los adultos que esperaban un día de felicidad y sonrisas junto a sus hijos en el parque de los sueños. Pareciera que el puñetazo les ha bajado de la nube en la que ya se imaginaban seguros.

Al día siguiente, ni rastro en las noticias. Y es muy lógico suponiendo que el agredido no presentara denuncia. Fin de la historia. O no.

Ahora que las novelas del reaccionario galo parecen extraídas de la crónica de sucesos, contemplamos la capital francesa como el estornudo del enfermo que niega su patología

Porque una semana después el metro de París vuelve a ser testigo de otra agresión protagonizada por musulmanes. Y esta vez con peores consecuencias. Una joven de 16 años recibe una paliza por vestir minifalda. Varias agresoras la rodean y le propinan patadas, rodillazos y golpes de todo tipo. Las agresoras son todas inmigrantes, según el informe policial. La chica acaba en coma.

El escritor Michel Houellebecq/ Wikipedia
El escritor Michel Houellebecq/ Wikipedia

Esta historia de la minifalda recuerda a la reacción de la alcaldesa de Colonia, Henriette Reker, que pidió a las jovenes alemanas que vigilaran su manera de vestir para no provocar a los refugiados después de los ataques sexuales masivos de la pasada Nochevieja.

Ahora que las novelas de Michel Houellebecq parecen extraídas de la crónica de sucesos con una precisión que asusta -ya sea en el metro de París o en la alcaldía de Londres, contemplamos la capital francesa, como antes Colonia, como el estornudo del enfermo que se niega a reconocer su patología. Del político que pide recato en el vestir, a la víctima que calla y huye como si en realidad fuera culpable de algo.

Hay cosas que no se olvidan ni en Disney.

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Licenciado en periodismo por la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Tomó la alternativa en Intereconomía -semanario Alba, La Gaceta, Los Últimos de Filipinas, Dando Caña, 12 Hombres sin vergüenza- de la mano de Gonzalo Altozano y Kiko Méndez-Monasterio, de los que aprendió incluso algo de periodismo. Más tarde escribió para los digitales La Información y Periodista Digital. Viajó a Irak antes que a Roma, le apasionan la Historia y la tauromaquia. Nazareno de Sevilla.