Kurz, la nueva estrella política europea

    La meteórica carrera de Kurz se debe a una combinación entre su atractivo personal, una cuidadosa planificación, y una decisión clara de abrirse paso, en lo que otros ven la actitud de un “mini dictador”.

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    Sebastian Kurz, primer ministro de Austria / EFE
    Sebastian Kurz, primer ministro de Austria / EFE

    Ha nacido una estrella. Se llama Sebastian Kurz, sólo tiene 31 años y será el primer ministro de Austria. Era ya el ministro de exteriores del país y el futuro de su viejo, gastado, partido político, el Partido Popular. Gastado porque lleva 30 años consecutivos en el poder. El último año en el que estuvo en la oposición, el mundo cantaba Say you say me con Lionel Richie o West end girls con Pet shop boys. Y Kurz era un niño de un año.

    Los resultados que se conocen al momento de entregar el artículo muestran que el Partido Popular de Kurz ha obtenido un 31 por ciento del voto, y el FPO un 27 por ciento. El FPO es un partido neo nazi, fundado por un antiguo oficial de las SS. O era, pues ha ido dejando caer sus postulados y referencias más duros con el tiempo.

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    En 1999 logró su mayor éxito en unas elecciones, al recabar otro 27 por ciento del voto. De modo que el FPO ha vuelto a lograr su techo de voto, pero en unas condiciones muy diferentes a las de hace 18 años. Entre otras cosas, en 1999 el Partido Socialista fue el vencedor de las elecciones con un 33,2 por ciento de los votos, y en esta ocasión se ha convertido en el tercer partido de Austria, con el 26 por ciento.

    Lo primero que cabe decir de estas elecciones es que son una nueva revuelta, bien que a medias, contra el stablishment político. Parece contradictorio, dada la posición central que ha tenido el PP austríaco (OVP) en la política austríaca en las últimas tres décadas. Pero algo ha cambiado, o más bien alguien.

    Sebastian Kurz asumió el liderazgo del OVP el pasado mes de mayo. En ese momento, apenas superaba el 20 por ciento de intención de voto, y era la tercera fuerza política tras el Partido Socialista y, sobre todo, el FPO, que lideraba las encuestas. Estas pulsiones a la opinión pública muestran que Kurz le ha robado dos o tres puntos de intención de voto al PS, pero seis o siete al FDP.

    El principal asunto de la campaña ha sido qué hacer con los casi 150.000 refugiados, en su mayoría musulmanes

    El salto en la popularidad de las siglas fue inmediato, no progresivo. Kurz, no sólo por su juventud (será el único millenial entre los primeros ministros europeos), sino por su mensaje. Este caso es como el de muchos otros, en los que el partido “populista”, o refractario a la Unión Europea y a la inmigración, fracasa en las urnas pero triunfa en el mensaje.

    Porque Kurz habla sin ambages un lenguaje que sería impensable en boca de Angela Merkel, y ha prometido poner coto a la inmigración ilegal. El principal asunto de la campaña ha sido qué hacer con los casi 150.000 refugiados, en su mayoría musulmanes, que entraron en 2015.

    Con el debate sobre qué es ser austríaco y qué se puede exigir a cualquier persona para que viva en el país, el Partido Socialista no ha logrado convencer más que a sus fieles, el FPO ha repetido su mayor éxito electoral, y el OVP puede plantearse gobernar en solitario, si Kurz se plantea hacerlo.

    Ha cometido el crimen de lesa europeidad de alabar la política de Viktor Orban en Hungría

    Kurz, nada más liderar a su partido, puso fin a la coalición con los socialistas, que tenía una popularidad muy baja. Cambió el color de su partido, que era negro, por el turquesa. Y los cambios tácticos y estéticos se vieron acompañados por el contenido de su plataforma política, con dos grandes temas: los inmigrantes y los impuestos.

    Sobre la cuestión social, Kurz ha asumido que los austríacos deben de estar por delante de los extranjeros en las prioridades políticas. Ha cometido el crimen de lesa europeidad de alabar la política de Viktor Orban en Hungría, que ha cerrado las compuertas a la corriente de inmigrantes procedente de los Balcanes.

    Por otro lado, se ha beneficiado de un escándalo muy significativo. Frustrados por no encontrar ningún comentario racista que se desprenda de la boca de Sebastian Kurz, un asesor externo de los socialistas creó dos páginas de Facebook en las que se le atribuían falsamente comentarios de carácter xenófobo y racista.

    Las fake news contra las que iba a luchar la compañía de Mark Zuckerberg. El líder socialdemócrata y candidato perdedor no sabía nada del asunto, si hemos de creer sus palabras. Pero el electorado, que rechaza el business as usual, ha huido en gran medida de los socialistas.

    Su personalidad, la de Sebastian Kurz, se parece más a un personaje de una serie de televisión que a lo que nos tiene acostumbrada la política. Por un lado luce un aspecto cuidado, con su frondoso pelo bien dominado hacia atrás, traje oscuro y camisa blanca sin corbata. Por otro, de su vida privada no se sabe mucho, más allá del hecho de que tiene una novia, Susanne, desde hace muchos años. Y su meteórica carrera la debe a una combinación entre su atractivo personal, una cuidadosa planificación, y una decisión clara de abrirse paso, en lo que otros ven la actitud de un “mini dictador”.

    Más allá de las ampollas que haya ido pisando en su fulgurante carrera política, Kurz puede suponer un cambio de gran calado en la política europea. Por un lado, Angela Merkel pierde un fiel aliado político en Austria. Por otro, quienes hablan abiertamente de expulsar a Hungría y Polonia de la UE lo van a tener un poco más complicado con Austria.

    La elección de Emmanuel Macron como presidente de Francia, más incluso que la derrota de Marine Le Pen, supuso una inyección de optimismo en el movimiento europeísta. Pero estas elecciones suponen un duro aldabonazo.

    Es improbable, en realidad, que Kurz decida gobernar en solitario. Se apoyará en el FPO, partido con el que coincide en política monetaria, en recortar los impuestos a las reinversiones, y en exigir una política de austeridad para el país y para el conjunto de Europa.

    En definitiva, continúa imparable la crisis de la socialdemocracia europea y la cultura política cambia sin que los medios de comunicación puedan hacer nada al respecto.

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    José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.