Azulejo situado en Badajoz (España) que rememora la victoria de Hernán Cortés en Otumba.
Azulejo situado en Badajoz (España) que rememora la victoria de Hernán Cortés en Otumba.

Una importante motivación de los conquistadores del Nuevo Mundo fue la búsqueda de oro. Eso hizo que el gobernado de Cuba, Diego Velázquez, enviase una expedición a las costas de México para explorar la zona. Las noticias de una floreciente civilización -maya y mexica- así como el oro que trajo Juan de Grijalva fueron argumento suficiente para que el gobernador diera rienda suelta a su codicia y armase un nuevo contingente para hacerse con aquellas tierras.

Al frente del mismo situó a Hernán Cortés, aunque las relaciones entre ambos no hacían precisamente honor al apellido del segundo. Tan es así que, poco antes de partir, Diego Velázquez cambió de parecer y decidió apresar a Hernán Cortés. Este, alertado de las intenciones de su rival, partió de inmediato, logrando escapar a México con 400 de sus hombres.

Mural de Desiderio Hernández Xochitiotzin localizado en Ciudad de Tlaxcala, México.
Mural de Desiderio Hernández Xochitiotzin localizado en Ciudad de Tlaxcala, México.

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Una vez allí, no le fue difícil granjearse el apoyo de algunas tribus, ni tampoco someter a otras menos amistosas. Tal fue el caso de Tabasco donde, tras derrotar a los indios chontales en la batalla de Centla, le fue ‘regalada’ la india Malinche. Este personaje fue de una importancia capital, ya que no solo se convirtió en intérprete de los españoles y amante del propio Cortés, sino que les ilustró acerca de las costumbre locales. Algo que les vendría muy bien poco después.

“Eran los mexicas los verdaderos señores de la zona, aunque hay que decir que sus métodos no les hacían demasiado populares: onerosos tributos, sacrificios humanos, violencia y esclavitud”

El caso es que Cortés siguió avanzando hacia lo que consideraba su meta: Tenochtitlán, capital de los mexicas -o aztecas-. Eran los mexicas los verdaderos señores de la zona, aunque hay que decir que sus métodos no les hacían demasiado populares: onerosos tributos, sacrificios humanos, violencia y esclavitud animaron a tlaxcaltecas, toltecas y algunos otros a unirse a Cortés. Así las cosas, los españoles y parte de sus aliados indígenas llegaron a Tenochtitlán en noviembre de 1519, siendo recibidos de forma pacífica por su líder, Moctezuma.

El asombro de los conquistadores fue enorme. Tenochtitlán -denominada por algunos la “Venecia del Nuevo Mundo” por su majestuosidad y su trazado urbano, configurado por canales, que sus habitantes recorrían por medio de canoas- era una inmensa urbe que hacía honor a su fama.

Mapa de la capital azteca, Tenochtitlén, elaborado en 1524.
Mapa de la capital azteca, Tenochtitlén, elaborado en 1524.

Sin embargo, las noticias de que una expedición comandada por Pánfilo de Narváez -quien posteriormente se le acabaría uniendo- venía desde Cuba para prender a Cortes hicieron que este tuviera que salir apresuradamente de la ciudad para hacerle frente. Precavido como era, dejo allí a Pedro de Alvarado junto con un nutrido grupo de jinetes y arcabuceros, y salió de Tenochtitlán para asumir su destino.

Cuando llegó, el espectáculo no podía ser más desolador: los hombres de Alvarado resistían a duras penas el ataque de los mexicas, que se habían revelado contra aquellos “barbudos”. Razón no les faltaba, la verdad., porque el animal de Alvarado no tuvo mejor ocurrencia que matar a unos 600 aztecas durante la ausencia de Cortés. Este, sabedor de que no podrían resistir mucho tiempo, tomó la determinación de poner pies en polvorosa y huir por la noche -la “Noche Triste”-, a sabiendas de que los indios preferían luchar de día.

Tras una penosa marcha de dos semanas, los supervivientes finalmente llegaron a los llanos de Otumba, donde apenas tuvieron tiempo para reponer fuerzas. Sin casi caballos y con la mayor parte de arcabuces y ballestas inutilizados por la humedad, las huestes de Cortés se prepararon para afrontar un destino nada halagüeño. Pero fue aquí donde, según se dice, la influencia de Malinche se reveló decisiva. Y es que la india dijo a Cortés que el alma del ejército azteca residía en su portaestandarte o tepuchtlaco. El tipo en cuestión iba ataviado con un vistoso tocado de plumas y un pendón que identificaba su alta posición.

A la desesperada, Cortés ordenó una carga con 5 de los 13 caballos que le quedaban. Así, Olid, Alvarado, Juan de Salamanca, Alonso de Avila y Sandoval se lanzaron contra el emplumado azteca al grito de “¡Santiago y cierra, España!”. Muerto éste, el ejército azteca -los cronistas de la época hablan de 200.000 guerreros; en todo caso, debieron ser  muchos- se desmoronó y los españoles, en franca inferioridad numérica, ganaron una batalla decisiva.

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