La concordia fue posible

    Cinco años atrás, en el inicio de la primavera que le vio pasar a la memoria de España, como España había desaparecido de la suya, nos dimos –nos dieron– la última tregua. La memoria de aquellos días de concordia y de futuro pone en evidencia estos años, ya décadas, de división y de pasado.

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    Adolfo Suárez / EFE
    Adolfo Suárez / EFE

    Cada final de marzo, el recuerdo que un día se olvidara de Adolfo Suárez le reclama como del rayo para un presente que él sólo pudo imaginar futuro. La memoria que le abandonó, convirtiendo la vida en existencia, le rescata de la penumbra desde la que ya no podía ver a España, desde la distancia en la que nosotros ya no le encontrábamos a él. De la nada, porque Suárez, más que burócrata o intelectual, fue un hombre que vio lo que otros sólo intuyeron.

    Un político que interpretó el tiempo antes de que llegara, lo que le convirtió en el principal artífice de nuestra primera democracia y le hizo comprender que el golpe de Estado era más contra él que contra un sistema. Alguien a quien la lucidez acompañó en la lectura del futuro de su país hasta que le abandonó sin instrumentos para entender su propia vida.

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    Cinco años atrás, en el inicio de la primavera que le vio pasar a la memoria de España, como España había desaparecido de la suya, nos dimos –nos dieron– la última tregua, antes de arrastrarnos al proceso de envilecimiento político más acusado desde la II República y la Guerra Civil. Como entonces, en este último lustro se han dado al tiempo la más radical de las polarizaciones y la atomización del arco parlamentario. El comunismo ha alcanzado su techo, un nuevo golpe de Estado tuvo –tiene– lugar y una moción de censura, apoyada por chavistas, etarras y golpistas resultó exitosa.

    El recuerdo como agravio

    Desde 2014, buena parte de la nación evoca un pasado que para Suárez años antes había dejado de existir. Lo hace, igual que aquel 23 de marzo, agradecida, en la añoranza del ayer en que democracia, libertad y política tenían significados distintos, más honestos e inocentes. De forma recurrente se suceden los homenajes, y algunos, alejados de la Verdad, recuperan de montones polvorientos las piedras con las que un día le lapidaron, para levantar estatuas en honor a alguien que en la espalda del recuerdo les dejó de resultar incómodo. En España somos tan dados a despedir honrosamente a los nuestros como a mantener una esquizofrénica y tradicional habilidad de llorar lo que un día odiamos, como una suerte de cobarde acto de justicia mediante el que compensar nuestra colectiva incapacidad de admirar sin condiciones a los vivos.

    Frente a la división, propició lo que hoy, sin venir de una dictadura, resulta impensable: el suicidio de un régimen, el acuerdo entre viejos enemigos y la cesión de todos en favor de un proyecto de todos llamado España

    En un país en el que parece necesario el sufrimiento, el enfrentamiento cara a cara con el dolor, para valorar lo que somos, para que exista una voluntad mínimamente común, Adolfo Suárez lideró de forma pacífica una de las más radicales revoluciones de nuestra historia. Frente a la división, propició lo que hoy, sin venir de una dictadura, resulta impensable: el suicidio de un régimen, el acuerdo entre viejos enemigos y la cesión de todos en favor de un proyecto de todos llamado España. Creyó en la democracia, en su oportunidad y en su necesidad como garantía de convivencia, de la ley a la ley. Ése fue su éxito, su obra, viva hasta que otros vieron que resultaba más rentable saltar de la casta a la casta, de Vallecas a Galapagar.

    Los actos de homenaje a Adolfo Suárez no sólo sirvieron entonces para despedir a nuestro primer presidente democrático con los honores que una nación con la historia de España puede y debe permitirse. Más allá del duelo, los días tras su muerte supusieron la resurrección de sentimientos si no olvidados, lejanos, perdidos en el tiempo y el país que un día fue España: la unidad, la voluntad de vivir en concordia, de olvidar. La fe. Sólo una sociedad con un proyecto común más fuerte que el odio puede alcanzar el perdón como compromiso.

    Aquellos días de unidad en torno a la memoria del primer presidente, de vuelta al tiempo, al país y al proyecto que millones de españoles compartieron con él, evidenciaron que aquello que unos llaman desafección por la política no es más que la repulsa generalizada y a veces creciente de la sociedad hacia unos presuntos servidores públicos cuyos privilegios no conocen contraprestaciones. El rechazo a un sistema corrupto incapaz de ofrecer un porvenir fuera de él.

    Suárez, la Transición

    Su cada vez más discreto recuerdo representa todo lo que hoy nos falta. Su memoria evidencia la necesidad generalizada de referentes comunes. El prototipo de lo que hoy no tenemos: un líder para el proyecto que un día abandonamos o nos hicieron abandonar. La perspectiva de las décadas muestra que, más que su arquitecto, Suárez fue la Transición. Presidió no tanto un país como un tiempo en el que la esperanza, la ilusión y el futuro fueron sinónimos. Una época de personas, no de políticos. De nación, no de partidos. De voluntad, no de elecciones.

    Lideró una generación de españoles que hoy, un lustro después de su muerte, entre el orgullo y la tristeza, ve aún más lejanos aquellos días inciertos en los que la reconciliación y la libertad se abrieron paso entre el rencor y la revancha. Días que los nietos de quienes se perdonaron, y los hijos de quienes no tuvieron que hacerlo, no hemos heredado, porque algunos han querido que la memoria abandonase además de a Suárez a su legado.

    Hoy, cuando aún depende de nosotros, al borde de las elecciones más evidentemente determinantes del régimen que naciera con la Ley para la Reforma Política del 76, las elecciones generales del 77 y la Constitución del 78, es precisamente el agravio intolerable que para algunos representa el recuerdo de la Transición, es decir de Suárez, un motivo principal para su reivindicación más que legítima, necesaria. La memoria de aquellos días de concordia y de futuro pone en evidencia estos años, ya décadas, de división y de pasado. Algo inadmisible para sus beneficiarios, responsables en muchos casos de cuidar un legado que se niegan infructuosamente a conservar.

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    Español de nacimiento, 'Irish by the Grace of God' y afincado en Estados Unidos por mi trabajo en el Banco Mundial y antes en la Embajada de España en Washington. MBA, Derecho Constitucional, Economía, Periodismo. Cuando la gente está de acuerdo conmigo, siempre siento que debo estar equivocado. Freedom is not Free.