Pablo Casado, presidente del Partido Popular. / EFE
Pablo Casado, presidente del Partido Popular. / EFE

La consigna de la semana en el Partido Popular ha sido clara: pedirle a Vox que se no se presente en las circunscripciones pequeñas, donde alegan que los votos a Vox que no vayan al PP sólo servirán para provecho del Gobierno Frankenstein.

Lo curioso del eslogan -que obviamente no está tan dirigido al partido de Santiago Abascal como a quienes se plantean votarlo- no es tanto que un partido quiera que otro se retire de la competición democrática de las ideas, como que denota que un miedo patológico recorre la sede nacional del Partido Popular desde los cimientos hasta su planta noble.

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Da la sensación de que el planteamiento de Casado, que llegó con el aura de recuperardor de las esencias de la mejor versión de su formación, revela una falta de confianza en el propio discurso. Y no le faltan razones.

Lo que se espera de un político es que sepa transmitir mejor sus ideas y se diferencie en el fondo y en las formas de sus competidores para ganarse la confianza de los ciudadanos. Que tenga mejores propuestas y más oportunas que los demás y sepa transmitirlas de forma eficaz.

Puestos a pedir que no se presente la competencia, ¿por qué limitarse a que sólo se retire una candidatura? ¡Todos fuera! ¡Paso que arraso!

Que uno de los principales partidos políticos de España -bien es cierto que herido casi de muerte por abandono de ideales y traición de promesas electorales aún con mayoría absoluta- llegue al punto de decir que “como me estás comiendo la tostada, mejor no te presentes”, dice mucho de sus miedos cuasifreudianos.

En el fondo, resulta hasta poco ambicioso por parte de Pablo Casado. No porque el Partido Popular no tenga pretensión de cosechar el mayor número posible de apoyos ciudadanos, que se supone. Si no porque, puestos a pedir que no se presente la competencia, ¿por qué limitarse a que sólo se retire una candidatura? ¡Todos fuera! ¡Paso que arraso!

Lo malo es que conjugar semejante petición casa mal con presentarse como un partido teóricamente liberal y por lo tanto, teóricamente partidario de la libre competencia. Aunque muchas de sus políticas -por acción u omisión- hayan sido más socialistas que liberales.

La petición de autoexpulsión a Vox, además de resultar un tanto estrambótica para muchos y no tener ningún efecto sobre los aludidos, más bien supone un acicate para los partidarios de la formación de Abascal, Ortega Lara o Alcaraz. Tres personajes que, con sus particularidades, cuentan con biografías que uno no desea ni al peor de sus enemigos. Y, pese a las zancadillas, las amenazas, el peligro de muerte, el desprecio y la ignominia, resisten.

Sus votantes encuentran en ellos -y en la épica que impregna el discurso de Vox- un motivo más que suficiente para responderle a Casado con la conocida frase referida a los Tercios: “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos”.

A esto, súmenle que el pasado día 7 de marzo, mientras Casado presentaba un pacto con  Unión del Pueblo Navarro, hizo una grave distinción entre “nacionalistas” e “independentistas” en un claro guiño al PNV, que ya afila -una vez más- la faca de rebanar gobiernos débiles.

Grave, porque supone la vuelta al error, a la traición y al atraco voluntario a costa del dinero de los españoles por el poder. Tal vez piensen en el PP que un posible pacto con el atracador peneuvista es menos oneroso que el desfalco -no solo económico, sino moral, patriótico y social- que representa otro empecinado, el doctor cum fraude Pedro Sánchez, de la mano de los herederos de ETA a través de Bildu, los golpistas de ERC, los neocumunistas confluenciados de Podemos y demás hierbas políticas. Pero es igual de indecente.

Instar a la retirada deshonrosa al partido de Abascal, Ortega Lara y Alcaraz y ponerle ojitos al PNV. ¿Es este el partido renovado de Casado, guardián de las esencias originales del Partido Popular?

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Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".