Atentado contra una mezquita suní en Irak en 2013/Fuente:EFE.

Es frecuente entre quienes no aceptan que el islam esté en guerra con Occidente argumentar que el terrorismo islámico mata a muchos más musulmanes que a cristianos. Los más simplones quieren decir con ello que los terroristas están locos, matan por matar y es lógico que maten más a quienes tienen más a mano.

Quienes tienen un pensamiento algo más sutil emplean la evidencia de que los terroristas islamistas matan sobre todo a musulmanes para explicar que el islam padece una guerra civil y que nuestra mala suerte ha hecho que nos coja en medio.

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Los hay incluso que consideran que somos merecedores de todo lo que nos pasa porque esa guerra civil no es más que la consecuencia de lo que los occidentales cristianos hicimos con los musulmanes, desmantelando el Imperio Otomano al final de la Primera Guerra Mundial, sometiendo a sus pueblos al colonialismo occidental y luego descolonizándolos de manera que los herederos de esos imperios fueran autócratas puestos por Occidente para servir a Occidente en perjuicio de sus pueblos de fe musulmana.

Eso es lo que se supone que hace que algunos musulmanes se vuelvan contra sus gobernantes laicos, contra sus compatriotas musulmanes indiferentes al problema y contra los occidentales responsables de los regímenes que los mal gobiernan.

Es verdad que el islam padece una guerra civil. Pero esa guerra civil entre suníes y chiíes no es la única fuente del terrorismo islámico

Es verdad que el islam padece una guerra civil. Pero esa guerra civil entre suníes y chiíes no es la única fuente del terrorismo islámico. Ni siquiera es la principal. Es verdad que en esa guerra hay terrorismo. De hecho, cuando terroristas chiíes tratan de derrocar al Gobierno suní del Yemen, ese terrorismo se enmarca dentro de esa guerra. Lo mismo ocurre cuando terroristas suníes atentan en las ciudades chiíes del Sur de Irak. Pero, cuando los terroristas islámicos atentan en Nueva York, Londres, París o Bruselas, lo hacen en el marco de otra guerra. Y lo mismo sucede cuando lo hacen en el Norte de África o Turquía. En este caso, el objetivo son los gobiernos occidentales y los gobiernos laicos de países musulmanes.

Así pues hay dos guerras, una entre suníes y chiíes por el dominio del islam, y otra que tiene por objetivo imponer en las regiones del mundo donde el islam está o ha estado presente un califato donde la única ley sea la islámica.

Naturalmente, estas dos guerras están conectadas. Precisamente porque se pretende unificar todos los territorios donde el islam está presente bajo un califato teocrático, disputan suníes y chiíes quién liderará el movimiento, porque quién lo haga será quien gobierne ese futuro califato. Y esto tiene relativamente poco que ver con lo que los occidentales le hiciéramos al Imperio Otomano o cómo se descolonizaron los viejos territorios del mismo.

Es evidente que cualquier gobierno de un país musulmán que se oponga a convertirse en provincia de ese califato constituye un obstáculo a su creación. Y es igualmente evidente que cualquier gobierno musulmán que se oponga a ello tendrá asimismo la inclinación a buscar la protección de Occidente. Y es natural que los gobiernos occidentales tiendan a prestársela por el obvio peligro que para el orden internacional constituye la pretensión de crear ese gran califato del que todos los musulmanes, incluidos los que viven en Occidente, serían súbditos.

Arabia Saudí, que es un país técnicamente amigo de Occidente, pero por ser una teocracia no es objetivo de los terroristas

Pero no es el ser amigos lo que convierte a los gobiernos occidentales y a los gobiernos laicos musulmanes en objetivo de los terroristas. Lo prueba Arabia Saudí, que es un país técnicamente amigo de Occidente, pero que por ser una teocracia no es objetivo de los terroristas, salvo que lo sea del terrorismo chií por ser los saudíes suníes. Occidente y los gobiernos laicos musulmanes son objetivos del terrorismo islámico porque son obstáculos a la creación del califato.

Así pues, no nos ponen bombas porque están en guerra entre ellos. Nos ponen bombas para obligarnos a permitir la creación del gran califato bajo el cual estén todos los musulmanes, cualquiera que sea su nacionalidad. La guerra que además existe entre ellos tiene por objetivo dilucidar quiénes de ellos tendrá el privilegio de imponérnoslo.

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Emilio Campmany nació en Madrid, en 1958. Estudió en el Liceo Italiano y es licenciado en Historia y en Derecho por la Universidad Complutense. Es también registrador de la propiedad. Ha publicado dos novelas, "Operación Chaplin" y "Quién mató a Efialtes" y una narración de la crisis que desató la Primera Guerra Mundial llamada "Verano del 14. Una crónica diplomática". Está casado y tiene dos hijos.