Estatua de Don Pelayo
Estatua de Don Pelayo

Es la dictadura de lo políticamente correcto. Se empezó por retirar de las Cortes de Aragón el antiguo escudo, en el que aparecían las cabezas de cuatro moros por “ofensivo”, y lo mismo sucedió en la catedral compostelana con la escultura de Santiago matamoros.

Las pasadas navidades, un maestro “infiel” fue denunciado en “Al-Andalus” por tener la osadía de ponderar en clase las bondades de un alimento tan impuro como el jamón de Trevélez.

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Se ha llegado a denostar incluso la figura de don Pelayo, por la utilización que de la misma se hizo en el régimen de Franco, sin reparar en la estulticia que supone apropiarse de alguien que vivió 13 siglos atrás, sea cual sea el propósito.

Lo cierto es que si Don Pelayo levantase la cabeza, probablemente volvería a sus riscos, espantado de lo que tenía ante sí. Porque, para los que ponen en duda su importancia, conviene decir que hasta los propios cronistas musulmanes le atribuyen, aunque sin quererlo, el germen del espíritu de la reconquista.

Poco se sabe de su origen astur, aunque sí parece claro que tenía tierras por la zona. Posiblemente ocupase un cargo nobiliario en la España visigoda –espatario, una especie de jefe de guardia real-, ya ocupada por los musulmanes.

Uno de ellos, Munuza, gobernador del norte peninsular, le envió a Córdoba en misión oficial. Se trataba de una excusa, pues el taimado moro se había encaprichado de la hermana de Pelayo, Ermesinda -desde luego, no sería por el nombre-.

La Crónica Albeldense dice que una hueste de 187.000 moros enfiló sus pasos hacia Covadonga, donde les recibió Don Pelayo

Al regresar éste y percatarse de la jugarreta, montó en cólera y se alzó en armas contra Munuza, estableciendo su cuartel general en el monte Auseba, lugar donde se hallaba la cova dominica -Covadonga-.

Lo que pasó después no está nada claro. Las cifras son tan disparatadas por uno y otro bando que se antoja imposible hacer una reconstrucción ponderada. Por parte cristiana, la Crónica Albeldense dice que una hueste de 187.000 moros enfiló sus pasos hacia Covadonga, donde les recibió Don Pelayo.

El obispo don Oppas, tránsfuga él, intentó convencerle de que se rindiera pero, ante la negativa del español, espetó a los sarracenos: “acercaos y luchad”. Y lucharon, si, pero en mala hora, porque 125.000 fueron pasados a espada por los aguerridos astures, y el resto perecieron sepultados por la acción milagrosa de las rocas que les golpeaban sin piedad.

De aquella escaramuza de un tal Pelayo devino posteriormente la estirpe de reyes que acabarían con siete siglos de invasión musulmana

La crónica de Al-Maqqari, sin embargo, cuenta que “se levantó en tierras de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo”. Relata el cronista musulmán que con el “asno” en cuestión no había más de 300, salvajes igualmente, cuyo número se redujo hasta quedar apenas 30. Pero los moros estaban bastante más preocupados del reino franco, Pirineos arriba, por lo que desistieron de meter en vereda a aquellos hombres y les dejaron a sus suerte. Al fin y al cabo, “30 asnos salvajes, ¿Qué daño pueden hacernos?”.

Pues mucho, a juzgar por los resultados. El propio cronista reconoce que el reino de Pelayo duró 19 años y el de su hijo Favila -devorado por un oso, el infeliz-, apneas dos. Pero posteriormente “reinó Alfonso, abuelo de los Banu Alfonso, que consiguieron prolongar su reino hasta hoy y recuperar lo que los musulmanes les habían tomado”.

O lo que es lo mismo, de aquella escaramuza de un tal Pelayo devino posteriormente la estirpe de reyes que acabarían con siete siglos de invasión musulmana y cristalizarían en lo que hoy es España. Será cuestión de que la gente del Estado Islámico tomase buena nota de ello, y tuviese claro que sus genes aún siguen por aquí.

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