Santiago Abascal (VOX), Pablo Casado (PP) y Albert Rivera (C's)
Santiago Abascal (VOX), Pablo Casado (PP) y Albert Rivera (C's)

¡No sabemos los españoles la suerte que tenemos con la izquierda con la que convivimos! Es tan generosa y desprendida que no solo nos sube los impuestos para dar pagas y sanidad gratuita a los extranjeros, incluso a los que se encuentran de manera ilegal, sino que lamenta que el PP no vuelva a ganar unas elecciones.

De pronto, para progres y rojos sin disimulo el PP ha dejado de ser “el partido más corrupto de España” (¿dónde quedan el PSOE andaluz y la Convergencia de los Pujol y Mas?), “el partido del franquismo vergonzante”, “el partido de los recortes y los desahucios”. Todos ellos advierten a sus amigos ‘peperos’ de que al escorarse a la derecha no van a volver a ganar elecciones. Rubén Amón les escribe con pena: “Le hubiera sido más difícil al líder del PSOE bregar con la ambigüedad política e ideológica de Soraya SS o con el victimismo (sic) del género”.

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Por si hubiera dudas, un editorial de El País se lo ha dejado claro: “No es posible regresar a la ley del aborto de 1985, cuestionar la Ley de Memoria Histórica o ignorar las consecuencias de la dictadura franquista, mantener la religión católica como asignatura evaluable, defender una exacerbada vocación centralista ni mostrar el menor rasgo de complacencia con la corrupción. No hay espacio político para retroceder en los avances conseguidos en una sociedad democrática”.

Los editorialistas y columnistas del Imperio Progre lamentan que el PP se haya hecho ‘de derechas’, porque, ay, no volverá a ganar elecciones

Y ya sabemos que para el PP, que se define como partido de centro en sus estatutos, un editorial de El País equivale a lo que antiguamente era una encíclica del Papa.

Tanto la izquierda como el PP parten de una idea, elaborada ya en la Transición, pero que pervive inconmovible como el acueducto de Segovia: la mayoría de los españoles es de izquierdas. Una frase que se atribuye a Pedro Arriola, que ha diseñado las campañas del PP desde 1989, es “A favor de corriente se gana y en contra de corriente se pierde”. O sea, antes renacuajo que salmón.

En consecuencia, los ‘pperos’ han asumido que solo pueden ganar elecciones si hacen una campaña-compresa, es decir, que no se mueva, que no manche, que no traspase, de modo que no provoquen la movilización de los izquierdistas, que correrían en masa a las urnas si escuchasen que ‘la derecha’ iba a penalizar el aborto, fomentar la natalidad, introducir la exigencia en la enseñanza, subir el gasto militar o reformar las pensiones.

Reagan y Kohl en los años 80 y ahora Trump, Kurz, Orban y Salvini demuestran que se puede vencer a la ideología progresista con ideas ‘malditas’

En España, la primera batalla intelectual de un político o sociólogo de derechas es romper la losa de que la mayor participación de los ciudadanos en las urnas implica automáticamente el triunfo de la izquierda.

En las generales de 2008, en las que Rodríguez Zapatero recibió la mayor votación que ha tenido un presidente en España, el PP fue el partido más votado en 14 de las 15 provincias con mayor participación (todas por encima del 79%), y éstas incluían, desde provincias agrarias poco pobladas como Palencia Ávila y Cuenca, a provincias muy pobladas y dedicadas a los sectores industriales y terciarios, como Valencia, Madrid y Alicante. Sin embargo, en 12 de las 15 circunscripciones con menor participación el primer partido fue el PSOE.

El pesimismo antropológico de los funcionarios que controlan el PP les conduce a la aceptación mansa de que nuestra sociedad es de izquierdas y que no se puede hacer nada para modificarlo. Se trata de un modo de pensar muy cómodo para quienes aspiran al puesto eterno de jefes de la oposición, como otros aspiran a acumular sexenios y subir en el escalafón.

El político condenado por los medios de comunicación por un supuesto extremismo es, en cambio, aplaudido por los electores

Uno de estos comodones, Alberto Núñez Feijóo, ya al día siguiente de la elección de Casado se sintió ofendido porque se le considerase de derechas. Así lo dijo en una entrevista en La Voz de Galicia: “El titular fácil puede ser la vuelta a la derecha, pero el real es que el relevo que ha realizado el partido es impecable. Yo, personalmente, no he girado hacia ningún lado. Estamos donde estábamos”. Éste era para muchos el que debía ser el sucesor de Rajoy.

Se lo traduzco, amigo lector: “¿De derechas yo? ¡Oiga, si empezamos con insultos, me levanto y me marcho. Yo soy de centro de toda la vida. Fíjese que no hago cosas de fachas, como permitir que los padres escojan la lengua de enseñanza de sus hijos o promover la natalidad. ¡Créame, por favor! ¡He visto todas las películas de Almodóvar!”.

Para comprobar que el ‘discurso de derechas’ atrae a la mayoría de los ciudadanos basta mirar, no ya a Ronald Reagan, que obtuvo en 1984 la mayor victoria electoral en Estados Unidos desde 1936, con toda la progresía en contra, ni a Helmut Kohl, que triunfó en 1990 en la Alemania oriental recién liberada del comunismo, sino a las elecciones de los últimos años.

La primera batalla intelectual para un político de derechas es oponerse a la consigna de que la mayoría de los españoles milita en la izquierda

Donald Trump, Nigel Farage, Viktor Orban, Sebastian Kurz, Matteo Salvini y Luigi Di Maio han ganado con discursos y programas que, según el Imperio Progre y ‘los expertos’, iban contra los tiempos y correspondían a perdedores que por eso hacían la demagogia. No a la conversión de la UE en un mega-Estado, no a la inmigración descontrolada, no a la globalización, no a la desindustrialización, no a que Occidente sea una nueva China, con economía ultracapitalista y un partido único, no a los subsidios… Y han ganado. En definitiva, un alzamiento contra la resignación, contra la aceptación del TINA (There Is No Alternative).

Ahora bien, ¿qué líder político a la derecha del PSOE está dispuesto a recorrer España hablando sobre los asuntos expulsados del debate público sin miedo a que le llamen carca?

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).