La nación impronunciable

    El autor hace un repaso de los motivos que han llevado a que en España los nacionalismos campen a sus anchas sin que haya una respuesta efectiva. Es el combate intelectual.

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    Analizábamos en un artículo anterior el extraño tabú que ha impedido a nuestra clase política reaccionar frente a la obstinada labor de construcción nacional vasco-catalana (y, por tanto, de deconstrucción nacional española) que los Arzallus y Pujol han impulsado durante décadas, aprovechando para ello las competencias autonómicas que el Estado les entregó cándidamente en 1978. No nos referimos a los resortes jurídicos que nadie osó utilizar, o en los que no se perseveró (leyes de armonización autonómica, ley de Humanidades de Esperanza Aguirre tumbada por la izquierda y los nacionalistas, suspensión de la autonomía vía artículo 155, etc.), sino a algo más básico: el combate intelectual.

    Lo natural hubiese sido contraponer a los conceptos de (falsa) nación catalana o vasca el de (verdadera) nación española. Sin embargo, un extraño pudor impedía recurrir a la idea de España, plantando cara a los nacionalismos en su propio terreno, el de la pertenencia y los sentimientos. El sistema autonómico contribuyó a ello: cada comunidad autónoma se dedicó a inventar o exhumar de una historia remota ridículos “hechos diferenciales” que justificaran su existencia (y sus sueldos públicos, y sus redes clientelares). Jesús Laínz ha descrito la situación con maestría: “Cualquier negación de España es deseable, ya sea de su historia, de su cultura, de su lengua o hasta de su propio nombre, impronunciable de puro fascista. […] Hasta en las regiones no gobernadas por los separatistas, a los ninos se les educa en las escuelas de espaldas al hecho de que forman parte de una muy antigua y muy evidente nación llamada España. Se les da todo tipo de información, hasta la más irrisoria, sobre sus respectivas comunidades autónomas, pero más allá sólo hay tierra ignota. Conocerán todos los ríos de su región, pero ignorarán que los Pirineos separan España de Francia […]. Por no hablar del incansable esfuerzo de los separatistas por escenificar la inexistencia de España hasta en el aparentemente menos importante aspecto de la vida: desde la ocultación de los símbolos nacionales hasta la imposibilidad de llamar por su nombre al Estado Estatal, pasando por mil y un detalles como acorralar a la lengua española en las aulas y la actividad administrativa, inventar jerigonzas en las provincias donde no se hablan “lenguas propias”, vigilar a los alumnos para que no hablen español durante el recreo, inventarse una neotoponimia completamente ajena a la historia, bautizar a los ninos con nombres que podrían haber sido sacados de una novela de ciencia ficción […]”.

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    De izquierda a derecha, Arzalluz, Pujol y Beiras, históricos representantes del nacionalismo vasco, catalán y gallego.
    De izquierda a derecha, Arzalluz, Pujol y Beiras, históricos representantes del nacionalismo vasco, catalán y gallego.

    ¿Por qué se permitió todo esto? ¿Por qué se ha evitado recurrir a la idea de nación española, considerándola tóxica y políticamente incorrecta? La explicación tiene varios estratos. El más antiguo es la interiorización de la Leyenda Negra –a saber: “la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, dispuesta siempre a las represiones violentas, enemiga del progreso” (Julián Juderías), gestada en el siglo XVI en los países rivales- por una parte de la intelectualidad hispana ya en el siglo XVIII; la Leyenda Negra, por cierto, generó también, por superreacción, un fenómeno de signo inverso e igualmente patológico: un integrismo que despreciaría como “antiespañol e incompatible con nuestra tradición” el liberalismo, la Ilustración y cualquier idea posterior al siglo XVI: “los intolerantes […], defensores a ultranza de lo bueno y de lo malo [de la tradición española], de lo justo y de lo injusto, y con demasiada frecuencia, por añadidura, despreciadores de lo ajeno” (Julián Marías).

    Cundió entre los regeneracionistas y en la Generación del 98 la idea de que España era una nación fracasada

    El segundo estrato es la comprensible –pero desmesurada- depresión nacional que suscitó el Desastre de 1898. En el momento en que la Union Jack ondeaba sobre un cuarto de la superficie del globo y Francia plantaba la tricolor en un tercio de Africa, España, que había sido la primera potencia colonial, perdía los últimos restos de su imperio. Cundió entre los regeneracionistas y en la Generación del 98 la idea de que España era una nación fracasada, que había perdido el tren de la modernidad y seguido una trayectoria histórica errada desde sus comienzos (por eso había que “echar siete llaves al sepulcro del Cid”). Esta noción queda implantada desde entonces en el imaginario de la izquierda, y explica en parte el sectarismo anticatólico de la Segunda República.

    El tercer y más decisivo resorte de la hispanofobia que lastra hasta hoy a la clase política e intelectual es la asociación de la idea de España con el régimen de Franco. La participación de los nacionalismos vasco y catalán en el bando republicano en la Guerra Civil (pese a que el primero era conservador y hasta integrista, habiendo surgido de una mutación del carlismo fuerista) y la posterior política identitaria de la dictadura refuerzan en socialistas y comunistas el desprecio del patriotismo español como impresentable y fascistoide. Un prejuicio al que la izquierda ya estaba predispuesta por el hecho innegable de que la raíz histórica de España fue la “voluntad de cristianismo”: la no resignación frente a la ocupación islámica, el deseo de seguir perteneciendo a la cristiandad, a Occidente; y su mayor hazaña, la conquista y evangelización de América. Esta ecuación españolismo=franquismo es, por supuesto, absolutamente estúpida. Cuando Franco nació, hacía más de 1200 años que San Isidoro había escrito su Laus Hispaniae.

    La derecha –ideológicamente encogida desde 1975 y paralizada por el pánico a que la llamen franquista- se sumó en la práctica a la autocensura identitaria y la autonegación histórica

    La derecha –ideológicamente encogida desde 1975 y paralizada por el pánico a que la llamen franquista- se sumó en la práctica a la autocensura identitaria y la autonegación histórica. El Fraga de los Paradores Nacionales y el “Spain is different” terminó aplicando en Galicia políticas lingüísticas similares a las de Pujol. Si alguna vez los políticos del PP nombran a España, el libro de estilo exige que a renglón seguido se celebre también a la comunidad autónoma de turno, y que todo ello quede a su vez enmarcado en “el proyecto europeo”.

    El expresidente del Gobierno José María Aznar/Fuente:EFE.
    El expresidente del Gobierno José María Aznar/Fuente:EFE.

    En la época de Aznar, el PP encontró una receta ideológica que, en apariencia, le permitiría invocar la idea de España sin ser estigmatizado como nostálgico del franquismo. Se trataba del patriotismo constitucional habermasiano y la idea de “nación cívica”. Los teóricos del nacionalismo explican que existen dos posibles concepciones de la nación. El nacionalismo étnico entiende la nación como una comunidad humana reconocible por medio de una serie de “marcadores nacionales” objetivos (lengua, historia, raza, religión, cultura); cada una de esas comunidades aspira naturalmente a expresarse a través de un Estado. El nacionalismo cívico, en cambio, concebiría la nación como “un cuerpo de asociados que viven bajo una ley común y que están representados por una misma asamblea”, según la clásica definición de Emmanuel Siéyés, que abrió la Revolución Francesa con su opúsculo “¿Qué es el Tercer Estado?” y la cerró preparando el golpe del 18 de Brumario, que dejó el país en manos de Napoleón en 1799. Hans Kohn –un gran historiador del nacionalismo- teorizó con agudeza las diferencias entre el nacionalismo étnico y el cívico (si bien él los llamaba, respectivamente, “nacionalismo alemán” y “nacionalismo occidental”): el nacionalismo cívico procedería de la Ilustración, y se caracterizaría por su entraña voluntarista (la esencia de la nación no sería la afinidad étnica, sino la voluntad de vivir juntos), por su vocación “futurista” (la nación como proyecto, como empresa colectiva) y por su compatibilidad con el liberalismo y el cosmopolitismo; el nacionalismo étnico sería un producto del romanticismo anti-ilustrado (línea Herder-Fichte), y se caracterizaría por el tribalismo (la nación como “tribu grande” basada en afinidades étnicas), por la orientación hacia el pasado y por su incompatibilidad con el individualismo liberal.

    La “nación cívica” es una entelequia, un mito, aún más irreal que la nación étnica

    El nacionalismo cívico parecía el único utilizable a partir de 1945 en una Europa a la que los nacionalismos étnicos desenfrenados –sobre todo el alemán- habían llevado a dos guerras mundiales. Queda mucho más elegante e intelectual decir que se concibe a la nación como una comunidad cuyo único cimiento son los principios ilustrados de libertad, igualdad, derechos humanos, democracia, y a la que puede pertenecer cualquiera, independientemente de su etnia. El patriotismo a lo Libres e Iguales se sitúa en este registro: el fundamento de España es la Constitución de 1978, no los 1500 años de historia anteriores; España como un espacio jurídico, una entidad garantizadora de derechos individuales.

    Pero hay un problema: la “nación cívica” es una entelequia, un mito, aún más irreal que la nación étnica (en cuya construcción, ciertamente, siempre ha jugado un papel cierta mitología identitaria y cierta reconstrucción selectiva de los hechos históricos). La explicación de esto debe quedar para otro artículo, si no queremos abusar todavía más de la paciencia del lector.

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    Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).