Jóvenes manifestantes con banderas comunistas y republicanas en España.
Jóvenes manifestantes con banderas comunistas y republicanas en España.

Más de 120 millones de muertos en 34 países desde 1917 y las estadísticas del comunismo siguen creciendo. Medios de comunicación, instituciones, grupos musicales y sociedad civil giran en torno al comunismo sin que nadie les haga frente. ¿Cómo es posible que exista un blanqueo de esta ideología genocida en plenos siglo XXI cuando nuestros gobiernos se vanaglorian de autodenominarse ‘democráticos’ día sí y día también?

Hagamos una pequeña aproximación histórica.

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El siglo XX fue el siglo más brutal en la historia de la Humanidad. Cerca de 16 millones de personas perdieron la vida durante la Primera Guerra Mundial y alrededor de 60 durante la Segunda Guerra Mundial. Entre unas guerras y otras, durante ese centenario murieron entre 71 y 116 millones de personas.

Por citar algunos ejemplos, en China se contabilizan 82 millones de muertos, en la antigua URSS 21 millones y en Corea del Norte 4,6 millones. En Camboya, recordemos, mataban solo por llevar gafas ya que como ‘intelectual’ eras un enemigo del pueblo.

Según Rudolph J. Rummel, profesor de la Universidad de Hawaii citado por The Daily Signal, durante el siglo XX murieron 262 millones personas a manos de sus gobiernos.

Pero mientras que al nazismo se le ha estudiado y condenado públicamente –Alemania pasó por un proceso de desnazificación tras perder en 1945-, el comunismo ha salido impune. Ni a Lenin, ni a Stalin, ni a Mao se les trata ‘oficialmente’ como lo que son: dictadores brutales y carniceros. Si bien es cierto que se han publicado infinidad de libros al respecto, existe una narrativa semioficial donde no se condenan sus actos.

Todos los años recordamos el holocausto judío pero no así pasa con la Revolución Cultural China, el Holodomor (siete millones de ucranianos muertos de hambre por las reformas agrarias impulsadas por Stalin) o las purgas internas del partido comunista. ¿Por qué?

Muestras de este blanqueamiento institucional son el profesor John K. Fairbank y Anita Dunn.

La izquierda y el comunismo tienen como objetivo la restricción de la libertad tanto legal como de conciencia

Fairbank, profesor de la Universidad de Harvard, decía que los americanos tenían mucho que aprender de la Revolución Cultural china y Dunn, directora de comunicación de Barack Obama en 2009 llegó a decir que dos de sus favoritos filósofos eran “Mao Zedong y la Madre Teresa de Calcuta”. Increíble pero cierto.

Este blanqueamiento cultural, que viene desde los años 60-70 con generaciones enteras de jóvenes abrazando el marxismo político y cultural, ha convertido las actuales generaciones de estudiantes en foco doctrinal de aquellos que ahora son políticos o profesores universitarios.

¿Cómo es posible que se enseñe en las escuelas y universidades que el comunismo es democracia? ¿Cómo es posible que los juegos de palabras sean tan perversos y la sociedad, adormecida en gran parte, no sé de cuenta de la burda manipulación?

Más preguntas: ¿por qué se permiten -y hasta están bien vistos- partidos comunistas? ¿Se imaginan de nuevo un partido nazi? No tendría sentido alguno.

La razón por la cual la izquierda es condescendiente con el comunismo es simple: ambos tienen como objetivo la restricción de la libertad tanto legal como de conciencia.

La izquierda siempre ha sido estatalista, cree en la figura onmipresente y todo poderosa del Estado. Niega la libertad del individuo tanto en el plano físico como moral, llegando a luchar porque el Estado sustituya a la familia tradicional ya que es el último escollo de libertad dentro de las sociedades en las que vivimos.

Bajo un sistema izquierdista, la realidad pasa a un segundo plano. Lo primero es la ideología, y si la realidad no se amolda a sus postulados se hará todo lo posible para que así sea.

Más de 120 millones de muertos lo atestiguan.

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De Ciencias pero amante -y fiel- de las Letras. Licenciado en Periodismo y Comunicación Audiovisual, ambas por la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Forjado en redacciones de papel, ha evolucionado al mundo digital pasando por TV. Devorador de libros, animal político y analista, cuando le dejan.