La terrible batalla del Jarama (febrero de 1937)

    La Batalla del Jarama dejó más de 17.000 muertos entre los dos bandos durante la Guerra Civil española. La batalla fue un desastre militar camuflada por el heroísmo de unos cuantos millares de soldados.

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    Una batería del bando nacional durante la Batalla del Jarama.
    Una batería del bando nacional durante la Batalla del Jarama.

    “Hay un valle en España llamado Jarama…”, así comenzaba la nueva letra de una canción melódica tradicional que el irlandés Alex Mac Dade compuso en las trincheras del sureste madrileño. “Red river valley” era una canción tradicional a la que cambió la letra para convertirse en uno de los himnos de nuestra Guerra Civil española. En sus distintas versiones ha acompañado el recuerdo de aquella batalla que quedó en tablas dejando el terreno agujereado por las bombas y la tierra sembrada de cadáveres de muy distintas nacionalidades.

    Carros de combate T-26 soviéticos en la batalla del Jarama. 'The Spanish Earth', Joris Ivens, 1937.
    Carros de combate T-26 soviéticos en la batalla del Jarama. ‘The Spanish Earth’, Joris Ivens, 1937.

    La operación militar fue uno de los episodios más sonados dentro de la Batalla de Madrid que entre inicios de noviembre de 1936 y marzo de 1937 se desarrolló para tomar la capital de España. Este episodio tenía como objetivo cortar las comunicaciones con Valencia y Barcelona (nuestras actuales carreteras A-3 y A-2) pero un ejército de milicianos con apoyo de los brigadistas internacionales (54 nacionalidades) sostuvo el milagro de la resistencia de Madrid ante el empuje de las tropas rebeldes.

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    Puente de Arganda y sus trincheras. Joris Ivens, 1937
    Puente de Arganda y sus trincheras. Joris Ivens, 1937

    El extraordinario episodio bélico fue observado tras los prismáticos tanto por el presidente Largo Caballero como por el general Francisco Franco. Ambos se personaron en el escenario bélico lo que da idea de la importancia del enfrentamiento armado, una partida de ajedrez en donde algunas piezas no sabían moverse. La memoria de aquella batalla se perpetuó en la novela ¿Por quién doblan las campanas?, de Hemingway, así como en la película de Sam Wood (1943), que inmortalizó el puente de Arganda en la historia del cine.

    Sin embargo la guerra no fue tan glamurosa como la pintaba la novela. Uno de los mandos republicanos, Líster, fue sorprendido borracho y de putas en Morata de Tajuña por los mandos de Madrid. El ataque se había previsto para enero, pero se demoró por el mal tiempo hasta febrero. Los rebeldes tomaron el espolón de Vaciamadrid cortando desde esa altura unos 5 km. de la carretera de Valencia por lo que la República desviaría hacia el este el itinerario de esta vía fundamental para la llegada de recursos a Madrid, construyéndose también un tren desde Torrejón de Ardoz (Madrid) hasta Tarancón (Cuenca).

    Despliegue de tanques soviéticos en el valle del Jarama. Joris Ivens, 1937.
    Despliegue de tanques soviéticos en el valle del Jarama. Joris Ivens, 1937.

    El cielo se cubrió con los Heinkel, Fiat, Junkers, Saboya, Polikarpov o Katiuskas y el armamento empleado (cañones, ametralladoras, granadas, tanques, etc.) provocaron un alto índice de bajas en las trincheras y en los avances sobre el terreno. Artillería, carros de combate y aviones hicieron que fuera una batalla similar a las posteriores de la Segunda Guerra Mundial.

    Las anécdotas de la batalla fueron diversas. Los voluntarios católicos irlandeses que apoyaban a Franco aparecieron por aquellos campos y fueron tiroteados por falangistas confundiéndolos con brigadistas internacionales. El General O’Duffy fue invitado por los requetés para reclutar una brigada de apoyo al movimiento rebelde. Mientras el miliciano Bernardo Perea asistió a un consejo de guerra donde se juzgaba a unos mandos republicanos acusados de “confraternizar con el enemigo organizando, entre ambas líneas, un partido de fútbol”. Se pedía pena de muerte y todo quedó en prisión perpetua. En aquellos olivares andaba Jorge Pérez Troya que en poco tiempo pasó de sargento a cargo de una batería antiaérea a ser encerrado en Mauthausen (Austria).

    Tumba de voluntarios británicos de las Brigadas Internacionales en la Batalla del Jarama. ¡'The Volunteer', New York, 8 febrero 2011.
    Tumba de voluntarios británicos de las Brigadas Internacionales en la Batalla del Jarama. ¡’The Volunteer’, New York, 8 febrero 2011.

    Cuando unos soldados del Frente Popular iban a comer el rancho fueron sorprendidos por un avance enemigo teniendo que recular su posición y dejando en el barranco el guiso entre las balas. Pelearon durante tres días para recuperar la comida que finalmente pudieron devorar pese a los gusanos que habían aparecido como nuevos ingredientes y es que el hambre era el mejor ingrediente de aquel rancho. Entre los milicianos estaba Ambrosio del Hoyo (“Tío Bolsillitos”) que era un dinamitero de menos de 1’50 de altura. Este en un ataque franquista de las tropas moras tuvo que sobrevivir metiéndose en la panza de una mula aprovechando su estatura. Un soldado magrebí clavó la bayoneta en el animal para comprobar que no había nadie dentro atravesándole un gemelo al soldado. Su silencio forzado, mordiéndose la lengua, le salvó la vida. Aunque no todos tuvieron tanta suerte y ni con un “Detente Bala” bordado con el corazón de Jesús al pecho pudieron salir de aquel valle maldito.

    En el frente del Jarama un soldado de la 17 Brigada Mixta intentó desertar, pero “perdido en la oscuridad de la noche, entró en el Puesto de Mando de otra unidad [republicana] a los gritos de ¡Arriba España! y ¡Viva Cristo Rey!”, por lo que fue juzgado en consejo de guerra y fusilado. Fueron bastantes los que se quisieron pasar de bando pero no todos lo consiguieron y en ocasiones algunos tuvieron muy mala suerte. Tanta como los muertos que todavía yacen en aquellos campos en diferentes fosas comunes. Los cuerpos sin vida se llevaban a algún cementerio cuando estaba cerca, y si no se hacía una zanja allí mismo. Aquellos montones de tierra, de los que salían algunos brazos y piernas, eran los asientos que tomaban los milicianos para descansar.

    Monumento en un cementerio improvisado de Morata de Tajuña, junio de 1938. La Voz del Tajuña, 31, 2006. Tras la guerra su propio autor, Miguel Caballero, decidió deshacerla a martillazos para evitar la represión franquista.
    Monumento en un cementerio improvisado de Morata de Tajuña, junio de 1938. ‘La Voz del Tajuña’, 31, 2006. Tras la guerra su propio autor, Miguel Caballero, decidió deshacerla a martillazos para evitar la represión franquista.

    El Teniente Coronel Burillo confesaba que la batalla fue un desastre militar camuflada por el heroísmo de unos cuantos millares de soldados. Según Burillo el bando republicano fue una continua desorganización durante 22 días de batalla. Era muy difícil dar órdenes sobre sujetos que no tenían ninguna experiencia y que por la vertiginosa carrera militar se creían genios. El miedo era libre y la picardía de muchos soldados les hacía causar baja sin entablar la lucha mientras otros se atrevían a salir a la descubierta con una granada hacia un tanque. En aquellos barbechos de muerte quedaron segadas las vidas de muchos españoles que compartieron su tumba con soldados voluntarios llegados desde muchos países sumando unos 17.000 muertos. Sus cadáveres quedaron fríos en aquel febrero mirando al cielo y pidiendo explicaciones.

     

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    Juan Gijón es doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y fue profesor visitante del Instituto de Historia (CSIC). Lleva casi 20 años como profesor de Secundaria, ha colaborado con Oxford University Press España en diversos proyectos (2015-2016) y ha firmado más de medio centenar de títulos entre monografías, artículos y colaboraciones sobre los caballeros de las Órdenes Militares, la Casa de Borbón en el siglo XVIII, arquitectura militar, religiosidad popular, economía en la Edad Moderna, bibliografía, la represión política en la Guerra Civil española, etc. Es miembro de la Fundación Española de Historia Moderna, de la Associaçao dos Amigos da Torre do Tombo (Portugal) y de la Asociación Española de Amigos de los Castillos. Desde su atalaya, escribe en Actuall.