La verdadera cara del nacionalismo: hablan tres disidentes en Cataluña

    Han sufrido en primera persona las consecuencias del nacionalismo catalán. Décadas de adoctrinamiento en la escuela, de ‘muerte civil’ o profesional por manifestar su rechazo al nacionalismo. Hablan algunos de sus testigos.

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    Cientos de personas se concentraron ante el TSJC, para mostrar su apoyo a la consellera de Educación Irene Rigau. EFE

    No engañó a nadie. Jordi Pujol anunciaba en 1976 los tiempos de exclusión que habrían de venir en Cataluña cuando escribió que el andaluz «no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, es un hombre destruido, es generalmente un hombre poco hecho».

    No sabemos si en su alegato nacionalista La inmigración, problema y esperanza de Cataluña, Pujol incluiría hoy al cordobés José Montilla o a otros ‘charnegos’ -como David Fernández, de la CUP– que han hecho de Cataluña un lugar incómodo para quien no comulgue con las ruedas de molino nacionalista. No se equivocó, por tanto, Josep Pla cuando dejó escrito que el nacionalismo catalán era cosa de charnegos.

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    Aunque el barro viene de la época de Pujol, el clima social ha empeorado de manera vertiginosa en la región hasta el punto de que ya parece imposible detener el torrente de lodo independentista. Especialmente en la última legislatura, la de Artur Mas, en la que se ha celebrado una consulta ilegal por la independencia en burla al Estado de derecho.

    Antes que eso la Generalitat -también la del cordobés Montilla- obligó a todos los comercios a rotular en catalán y prohibió las corridas de toros. Y todo ello bajo la mirada cómplice de Zapatero, que aseguraba desde la Moncloa que la nación española es un concepto discutido y discutible.

    A Juan José Aizcorbe, abogado, defender la integridad de España le salió muy caro hasta el punto de costarle el puesto en más de un consejo de administración y la pérdida de clientes. Desde 1988 Aizcorbe se había posicionado al presentar las primeras demandas contra la entonces Ley de Política Lingüística. Los disgustos no tardarían en llegar.

    Cuatro atentados terroristas

    El primero y más gordo se lo llevó su compañero, también letrado, Esteban Gómez Rovira, que sufrió cuatro atentados terroristas -dos de ellos mediante artefactos explosivos en su casa- reivindicados por Terra Lliure. Aquello apenas tuvo repercusión en una prensa -la catalana- que acabaría décadas después publicando al unísono un editorial al dictado de la Generalitat.

    Sin embargo, esa experiencia traumática les costaría el estigma de provocadores por  parte de una sociedad que se intoxicaba de nacionalismo a velocidad récord. «Esa faceta de violencia terrorista se transformó en una táctica más sibilina de muerte civil al disidente. Te conviertes en una persona incómoda y eso afecta a tu vida personal y profesional», explica para Actuall. Así aguantó hasta que hace diez años dijo basta y abandonó Barcelona. Se instaló en Madrid, donde presume de catalán y de su masía familiar en Solsona.

    El tiempo y la distancia le han dado perspectiva. Asegura que lo peor de todo es que la lucha por una hipotética nación catalana se haya convertido en «una religión devastadora que no mira el coste que puede suponer un enfrentamiento fratricida». Aizcorbe cree que las segundas y terceras generaciones de la inmigración interna suelen ser las más beligerantes.

    En el difícil ejercicio de señalar a los culpables, Juan José Aizcorbe no sólo señala a los nacionalistas. La Constitución española, si bien puede ser parte del remedio, también ha sido parte de la causa. «Es ahí en el artículo 2º, el Título VIII y el nefasto artículo 150.2  donde se ha colado todo lo que se ha querido», declara. Tampoco salen bien parados los diferentes gobiernos de la nación desde 1978. «Les ha faltado visión de Estado y han tenido la mira corta».

    El 27-S, la última trampa nacionalista

    En ese escenario sería un milagro que los empresarios catalanes planten cara al rodillo nacionalista. «Los empresarios han estado paralizados. Convergencia y Pujol durante años han controlado el tejido empresarial catalán y han caído en la trampa». Por eso actitudes como la del Sr. Ferrer –dueño de Freixenet– son la excepción que confirma la regla.

    Pero si hay un lugar en el que se percibe con nitidez esta persecución a la idea nacional es en las aulas, donde la dejación de funciones del Estado ha propiciado que el catalán haya acorralado al castellano al ritmo -cada vez mayor- que imponen las instituciones catalanas.

    Por eso hoy resulta natural el paisaje de esteladas que asoman en los balcones de Cataluña, augurando un tiempo nuevo en el que lo peor siempre está por llegar. El rodillo nacionalista ha presentado las próximas elecciones (27-S) como un plebiscito sobre la independencia. Una trampa que obligará a tomar partido a una sociedad cada vez más fragmentada.

    En esta Cataluña unicolor, sin embargo, hay ciudadanos que nadan a contracorriente para defender sus posiciones con la normalidad de quien se siente en su país, España. Si hay un proscrito en el que se miran miles de catalanes, ése es el dramaturgo Albert Boadella, que lleva siete años en Madrid al frente de los Teatros del Canal.

    Boadella ha denunciado en los escenarios y fuera de ellos la atmósfera asfixiante que hoy oprime a quien rema a contracorriente del nacionalismo. «Llegará un momento en el que el enfrentamiento sea directo, es decir, en los márgenes de la legalidad. Hay que ver entonces si España aplica la legalidad o mira para otra parte».

    El juicio de Nuremberg-Ripoll

    Las consecuencias son imprevisibles, pero habrá una generación, vaticina, que les hará un auténtico juicio de Nuremberg por haber sometido a un territorio agradable y bello, a esta indignidad y bajeza moral. «Serán juzgados por un auténtico delito moral. El juicio de Nuremberg-Ripoll».

    Las dos orillas las conoce muy bien Francisco Segarra, publicista, que ha vuelto a Cataluña después de vivir durante años en Madrid. Está convencido de que la gente de la calle suele tener más cabeza que los políticos y algunos periodistas. Porque en la Cataluña real -dice- no se perciben los enfrentamientos de la bronca política de cada día.

    Segarra apuesta por hacer un esfuerzo entre todos para no enconar el ambiente en la calle. «Aquí, a menos que te manifiestes pública y agresivamente en contra de sectores como la política, la prensa o la educación, la vida transcurre con normalidad». Precisamente en ese «a menos que» va implícito el reconocimiento de la mordaza: si no quieres problemas, cállate.

    A la hora de señalar a los culpables, Segarra apunta más a la clase política que a la propia gente, que hace su vida normal. «El independentismo acusa tantas divisiones como los sectores constitucionalistas, preveo un Parlament ingobernable tras las próximas elecciones».

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    Licenciado en periodismo por la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Tomó la alternativa en Intereconomía -semanario Alba, La Gaceta, Los Últimos de Filipinas, Dando Caña, 12 Hombres sin vergüenza- de la mano de Gonzalo Altozano y Kiko Méndez-Monasterio, de los que aprendió incluso algo de periodismo. Más tarde escribió para los digitales La Información y Periodista Digital. Viajó a Irak antes que a Roma, le apasionan la Historia y la tauromaquia. Nazareno de Sevilla.