Las batasunización de Cataluña paraliza al constitucionalismo

    Está siguiendo el mismo camino que en el País Vasco. Unos mueven el árbol, y otros recogen las nueces. Exactamente al mismo nivel, y con la misma dinámica, que en vascongadas.

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    Un joven con una estelada ante un agente durante la concentración que miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR) llevan a cabo en los exteriores de la Estación de Sants de Barcelona/EFE
    Un joven con una estelada ante un agente durante la concentración que miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR) llevan a cabo en los exteriores de la Estación de Sants de Barcelona/EFE

    La semana de la Pasión en Cataluña parece que ha pretendido revestirse de literalidad, y superar sus propias fronteras para alcanzar la Pascua.

    Desde que el pasado Domingo de Ramos detuviesen a Puigdemont en Alemania, los altercados y la violencia callejera sólo parece acrecentarse.

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    Ese mismo día, mientras el resto de españoles salíamos a las calles a disfrutar de nuestras cofradías, o preparábamos las maletas para iniciar un merecido descanso, la sociedad catalana, envenenada y enfermiza, incapacitada por sí misma para recrearse con una paz y calma mínima, veía como en distintos puntos de su geografía, los radicales volvían a levantarse contra la Ley.  

    La Asamblea Nacional de Catalunya, Òmnium Cultural y los autodenominados Comités de Defensa de la República (CDR), convocaban concentraciones contra una decisión judicial legítima y justa (esto es, la detención de quien, como Puigdemont, ha delinquido), al tiempo que los disturbios se sucedían hasta alcanzar la cifra de 87 heridos leves.

    Los violentos cortaron carreteras y cerraron el tráfico de las grandes arterias de la ciudad condal, y representantes políticos del espectro nacionalista aprovechaban la coyuntura para salir a la calle

    Se elevaban barricadas, ardían los contenedores, y los secesionistas se agolpaban frente a la delegación del Gobierno en Barcelona con ánimo de asaltarla. Cualquier objeto susceptible de aprehenderse era utilizado como arma arrojadiza contra los agentes.

    Los violentos cortaron carreteras y cerraron el tráfico de las grandes arterias de la ciudad condal, y representantes políticos del espectro nacionalista aprovechaban la coyuntura para salir a la calle, en apoyo a esa petición de libertad para el delincuente.

    El pasado Lunes de Pascua, los mismos violentos destrozaban las barreras de cuatro autopistas de peaje para abrirlas al tráfico sin control, mientras cortaban otras en distintos puntos.

    Para cualquier ciudadano normal, libre del martilleo nacionalista, estos hechos serían calificados, entre otros, como graves atentados contra la libertad de movimiento, además de convertirse en la grave constatación de que una parte de la sociedad catalana hace tiempo que abandonó cualquier postura racional, para subir al monte borroka que tan bien conocen en otras latitudes de nuestra Nación.

    Sin embargo, para Ada Colau, última responsable de que en su ciudad los vecinos convivan en condiciones de seguridad, todo esto no son más que “hechos aislados”, y entiende que no se debe crear “alarma social”. Será porque para su partido, Podemos, “no hay violencia en Cataluña”.

    Tampoco para Esquerra Republicana estos sucesos merecen calificativos graves, en tanto que para ellos, según ha declarado su diputado, Joan Tardá, estamos ante meras “acciones de protesta”.

    La batasunización de Cataluña, parece, está siguiendo el mismo camino que en el País Vasco. Unos mueven el árbol, y otros recogen las nueces. Exactamente al mismo nivel, y con la misma dinámica, que en vascongadas.

    Como ha analizado brillantemente José Carlos Rodríguez para Actuall, nos encontramos ante una auténtica agenda revolucionaria, planificada, estructurada y organizada, para la cual es indispensable y fundamental pasar sobre la legitimidad vigente. Arrollarla, sin más. No van a entrar en debates, ni en discusiones, ni en disputas filosóficas.

    Ese es el objetivo de los CDR, mientras que la política institucional, en el espectro nacionalista y en la extrema izquierda podemita y de las CUP, cumple su papel: mirar para otro lado, y justificar sus hechos. De esto, algo saben el PNV y los chicos traviesos de Arzalluz.

    La otra pata del banco son las fuerzas de seguridad, que en Cataluña ya han dado sobradas muestras de hacia qué lado basculan.

    Rivera pide a Rajoy que mantenga el orden en Cataluña; Soraya pide a Rivera que haga oposición al nacionalismo, y no al Gobierno; el PSOE, haciendo mutis por el foro, a ver si escampa

    Como ya ocurriera en el golpe del 1 de octubre, durante las múltiples algaradas callejeras, los Mozos de Escuadra han mantenido una más que dudosa posición, mostrándose mucho más duros con los ciudadanos anónimos que se enfrentaban a las barricadas, que con los fanáticos incendiarios.

    Y, en medio de esta situación, PSOE, Ciudadanos y PP, a navajazo limpio, buscan sacar tajada electoral. Rivera pide a Rajoy que mantenga el orden en Cataluña; Soraya pide a Rivera que haga oposición al nacionalismo, y no al Gobierno; el PSOE, haciendo mutis por el foro, a ver si escampa.

    Al mismo tiempo, el sorayista Vicesecretario de Política Social del Partido Popular, Javier Maroto, dice quecuando estas cosas suceden y no hay consecuencias, alguien no está haciendo su trabajo”, en clara alusión al Ministerio del Interior, que dirige su conmilitón, Juan Ignacio Zoido. Albert se pone muy contento, y suscribe las palabras del popular, porque se frota las manos viendo cómo en el propio Gobierno tienen un cacao que no se aclaran.

    Rajoy, en su calidad de busto ataráxico, comparece con calma ante los medios, asegurando que “la Ley se cumplirá”, y que “los Mossos actúan con criterios técnicos”, por lo que “no tiene sentido crear una polémica en torno a su actuación”.

    El Presidente sigue en su ilusoria aplicación del artículo 155, cada vez más pesada y compleja, contestada dentro y fuera de su Partido, que ni acaba de solucionar nada, ni parece que pueda hacerlo a corto plazo.

    Y el constitucionalismo parlamentario, mientras el gallego actúa al galaico modo, se dentellea los tobillos a ver si cae el de enfrente.

    España no necesita, y menos en este terreno, disputas partidistas ni negociaciones en las que el apoyo para atajar la situación sea la moneda de cambio.

    En Cataluña nos estamos jugando revivir los fantasmas del pasado, que no está –ni con mucho- tan atrás, y volver a padecer una sociedad sometida a la tiranía de unos cuantos descerebrados.

    O el constitucionalismo se remanga y se mancha las manos, o la kale borroka va a cambiar el txakoli por el cava.

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