Las carencias de Libres e Iguales

    Insólita situación la nuestra, en la que hasta los mejores defensores de España consideran que “la idea de España es para fanáticos”.

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    Arcadi Espada, Cayetana Álvarez de Toledo y Nicolás Redondo en un desayuno informativo de la plataforma.

    Admiro a la plataforma Libres e Iguales y su combate contra los separatismos. Y especialmente a Cayetana Alvárez de Toledo, capaz de sacrificar escaño y confort partidario por fidelidad a la causa de la unidad de España, lamentablemente descuidada por el PP. Sin embargo, hay aspectos de su respuesta a Ada Colau –a propósito de su artículo sobre la Diada- que suscitan mi perplejidad.

    Los separatistas utilizan dos grandes argumentos: el nacionalismo (Cataluña es una nación, y tiene por tanto derecho a un Estado propio) y la democracia (¿por qué no se deja decidir a los catalanes?). La respuesta antiseparatista oficial –e incluyo aquí tanto el discurso del Gobierno y el PP como el de Libres e Iguales- evita la cuestión nacional (no entra a discutir si Cataluña es una nación) e intenta rebatir la apelación a la democracia alegando que lo democrático es que decidan todos los españoles, y que de  hecho ya decidieron en 1978: “Aunque fueran mayoría [los catalanes partidarios de la independencia] –escribe Alvárez de Toledo en su respuesta- no podrían imponer una reforma unilateral del sujeto constituyente. En democracia, todos los dueños de la soberanía tienen el mismo derecho a opinar”.

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    La propia Alvárez de Toledo reconoce que el fundamento de la indisolubilidad de España es sólo legal, y que por tanto bastaría con cambiar la ley para que el país fuese desmantelable

    La cuestión clave, pues, es la del sujeto constituyente. Los separatistas, en buena lógica nacionalista –el nacionalismo se resume en el dogma “toda nación tiene derecho a su Estado”– sostienen que la nación catalana es el sujeto soberano, el único facultado para decidir sobre su propia articulación política. Los unionistas –no los llamaré “españolistas” porque ellos mismos rehúsan esa etiqueta, prefiriendo la de “constitucionalistas”- arguyen que el sujeto soberano es el pueblo español. Pero, a la hora de fundamentar su afirmación, no encuentran otro argumento que la propia Constitución: invocan los artículos 1 y 2, que establecen que “la soberanía nacional reside en el pueblo español” y que “la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española”. Es una defensa de leguleyos. Los separatistas esgrimen un relato romántico (trucado) de identidad nacional, raíces inmemoriales, opresión extranjera, ansias de liberación; los unionistas responden con un reglamento, con la letra de la ley. La propia Alvárez de Toledo reconoce que el fundamento de la indisolubilidad de España es sólo legal, y que por tanto bastaría con cambiar la ley para que el país fuese desmantelable: “La unidad de España no es inquebrantable. Pero, al tratarse de una democracia, esa unidad sólo puede modificarse por los procedimientos legalmente establecidos”. Desigual combate: un bando apela a la historia, a la épica, a las esencias, a la lengua y la sangre; el otro, al papel timbrado. Un observador neutral podría pronosticar con facilidad quién va a ganar esa batalla. Quién la está ganando ya.

    El unionismo políticamente correcto intenta hacer frente al separatismo con argumentos postnacionales. No quiere defender España esgrimiendo la idea de España, sino conceptos universales como “libertad e igualdad”: una argumentación fácilmente refutable por los separatistas, que aseguran que respetarán escrupulosamente la libertad e igualdad de los ciudadanos en la futura Cataluña o Euskadi independiente. El unionismo a lo Libres e Iguales parece dar por supuesto que el concepto de identidad nacional es discutido y discutible; elude empantanarse en una discusión histórico-cultural acerca de si la verdadera nación es España, o si lo es Cataluña, País Vasco, etc. (una y otras no pueden serlo a la vez). Quiere jugar la partida, no en el tablero de la identidad nacional, sino en el de las leyes, la democracia, los derechos individuales y la superación de las naciones en el horizonte del proyecto europeísta y la globalización (muy reveladores los carteles de Ciudadanos –el partido que surgió para defender a España en Cataluña- que no se atreven a usar la rojigualda si no es acompañada por la bandera autonómica y la de la UE).

    El nacionalismo está resurgiendo en toda Europa; también en Estados Unidos, con el fenómeno Trump

    Pero esa estrategia –combatir al nacionalismo con postnacionalismo- está fracasando. No es sólo que los manifestantes de la Diada superen por cien a uno a los de las concentraciones de Libres e Iguales, Convivencia Cívica Catalana, etc.; es, también, que los nacionalistas parecen tener al Zeitgeist de su parte. El nacionalismo está resurgiendo en toda Europa; también en Estados Unidos, con el fenómeno Trump. La afluencia masiva de inmigrantes culturalmente heterogéneos, los problemas de convivencia que ello está planteando en las sociedades de acogida, la amenaza terrorista, las dudas y disfunciones en el proyecto de construcción europea… todo coadyuva a que los occidentales se replanteen la cuestión del “nosotros”. Y, cuando se la plantean, la respuesta más frecuente no es “somos europeos” o “somos ciudadanos del mundo”, sino “somos franceses, ingleses, etc.”. El Brexit, el avance de Alternativa por Alemania y del Frente Nacional, el éxito de Viktor Orban (que ganará sin duda su referéndum del 2 de octubre)… todo encaja en una dinámica de retorno a lo nacional.

    Sólo en España sigue deslegitimada la idea de nación (siempre que no sea catalana, vasca o gallega). Ni siquiera los más valientes –los portavoces de Libres e Iguales- hablan claramente de unidad nacional o identidad española; parecen entender España simplemente como un espacio jurídico neutro (la identificación kelseniana Derecho-Estado), sin raíces histórico-culturales, surgido tan recientemente como 1978, revisable mediante nuevos acuerdos. No se quiere apelar al pasado español. Fernando Savater –que se jugó el tipo plantando cara al separatismo vasco en los años de plomo- declaró en cierta ocasión que “la idea de España es para fanáticos y semicuras”.

    Insólita situación la nuestra, en la que hasta los mejores defensores de España consideran que “la idea de España es para fanáticos”. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Continuaremos la reflexión en otro artículo.

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    Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014). Diputado de Vox por Sevilla en la XIV Legislatura.