El juez Brett Kavanaugh, durante una sesión de la Comisión de Senado que analiza su candidatura al Tribunal Supremo de los Estados Unidos. / EFE
El juez Brett Kavanaugh, durante una sesión de la Comisión de Senado que analiza su candidatura al Tribunal Supremo de los Estados Unidos. / EFE

Reconozco que unos días antes de las elecciones presidenciales de EEUU y de Brasil yo no esperaba las victorias de Donald Trump y de Jair Bolsonaro.

El motivo principal en el caso del ‘magnate inmobiliario’ era, para mí, la hostilidad de gran parte del Partido Republicano, que podía haber boicoteado el recuento en los estados claves. La presidencia la ganó Trump por menos de 80.000 papeletas en Wisconsin, Michigan y Pensilvania, donde no ganaba un candidato republicano desde 1988 (en Wisconsin, desde 1984), que le dieron 46 votos electorales en el colegio electoral.

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Sobre Brasil, me creí (¡así de ingenuo soy!) las encuestas que señalaban que Bolsonaro era el candidato que más rechazo provocaba entre los votantes o simpatizantes de otros candidatos. Me alegro de haberme equivocado.

Sin embargo, no tuve ninguna duda de que la repugnante campaña de mujeres que afirmaban haber sido violadas, emborrachadas o sobadas por el juez Brett Kavanaugh era un engaño completo. Y ahora se está comprobando.

El Imperio Progre quería detener la confirmación del jurista propuesto por el presidente Trump hasta después de las elecciones parlamentarias del 6 de noviembre con la pretensión de que los demócratas obtuvieran la mayoría en el Senado y rechazasen el nombramiento.

Después de la campaña contra Clarence Thomas en 1991, el Imperio Progre sabía que no bastaba un solo testimonio contra Kavanaugh

Ya lo intentaron cuando el presidente George H. Bush, en una de sus pocas decisiones acertadas de su corto mandato, propuso en 1991 al juez Clarence Thomas. ¡Un negro católico, conservador y partidario del ‘originalismo’, es decir, de negar a los magistrados del Tribunal Supremo la facultad de hacer decir a la Constitución lo que no dice! Insoportable para los estereotipos de los progres, que le atacaron con todo lo que pudieron, salvo armas de fuego.

Oportunamente, apareció una asistente de Thomas, Anita Hill, que aseguró que el juez le había hecho proposiciones indecentes durante meses. Las conductas de degenerados como el productor de Hollywood y donante del Partido Demócrata Harvey Weinstein y del ex presidente Bill Clinton prueban que un obseso sexual en situación de poder no sabe contenerse y que sus víctimas son muy numerosas. Hill no pudo demostrar sus acusaciones, que Thomas negó.

Al final, el Senado confirmó a Thomas, que se ha convertido en el magistrado de la SCOTUS (Supreme Court of the United States) que más tiempo lleva en el cargo y uno de los pilares del sector conservador, que ahora, después de la dimisión de Anthony Kennedy, nombrado por Ronald Reagan, pero adscrito a esa patética ‘derecha civilizada’, y su sustitución por Kavanaugh, es mayoritario.

Las acusaciones de asaltos sexuales solo las han sufrido dos jueces católicos propuestos por dos presidentes republicanos

Un cuarto de siglo más tarde, el Imperio Progre sacó lecciones de su fracaso para hundir la candidatura de Thomas: no basta una sola mujer que clame haber sido violada o acosada por el candidato conservador; se requiere un ramillete, para que ya no se trate de la palabra de la acusadora contra la negación del acusado.

Y así, en cuanto Trump desveló el nombre de su candidato, Brett Kavanaugh, apareció, oh casualidad, la primera mujer que afirmó que había estado a punto de ser violada y asesinada por él y un compañero en 1982. Christine Blaise Ford no había contado nada del incidente hasta 2012 y solo a su marido durante una terapia de pareja; además era votante y donante demócrata. Los siguientes testimonios fueron todavía más endebles.

Después de unas semanas de auténtico encarnizamiento contra Kavanaugh, éste fue confirmado por el Senado, aunque con el margen más estrecho desde 1881.

Una mujer que dijo haber sido violada por Kavanaugh confesó que se lo había inventado porque estaba furiosa y quería retrasar la votación

En octubre, cuando faltaban días para la votación en el Senado, Judy Munro-Leighton dijo ser la autora de una carta firmada con seudónimo enviada en septiembre a la senadora demócrata Kamala Harris, una de las mayores oponentes a Trump en la Cámara, en la que acusaba a Kavanaugh y a otro hombre de haberla violado en un vehículo varias veces cada uno.

Los investigadores del comité del Senado encargado de preparar los nombramientos judiciales la localizaron y la interrogaron. Entonces, Judy Munro-Leighton confesó que no conocía a Kavanaugh. Como estaba “furiosa” por la nominación de éste para el Supremo, trató de retrasar la votación inventándose la violación sufrida. Ahora, la mentirosa puede enfrentarse a un proceso judicial en el que sinceramente espero que sea condenada para escarmiento de otros.

Además, el presidente del Comité Judicial del Senado, Chuck Grassley, ha solicitado al FBI y al Ministerio de Justicia que investiguen el testimonio de otra de las acusadoras, Julie Swetnick, así como a su abogado por si es fidedigno. Swetnick afirmó en una declaración jurada que en los años 80 Kavanaugh participó en violaciones en grupo realizadas en Washington a mujeres previamente drogadas.

Si los tribunales y la prensa dan absoluto crédito a las mujeres que dicen haber sido violadas, ¿cómo se pueden defender los varones?

¿Cómo podemos calificar a unas mujeres que mienten con asuntos tan serios como las violaciones y los abusos sexuales para obtener unos minutos de fama o para servir a su causa política? No es exagerado concluir que la violencia sexual que sufren otras mujeres les importa un comino si están dispuestas a manipularla en su favor y tampoco lo es que son soldados en una guerra contra los hombres.

La cacería progresista obligó a Kavanaugh a dar detalles sobre su vida sexual en público y a recibir todo tipo de insultos. Varios de los senadores que se pronunciaron a favor del voto de confirmación al candidato de Trump fueron perseguidos, amenazados y escrachados por mujeres que ondeaban su condición de víctimas. Nadie tenía derecho a dudar de las revelaciones de unas señoras que sufrían lo indescriptible por culpa de un macho blanco heterosexual. #MeToo y #YoSiTeCreo. La izquierda de EEUU, y esto sí que debe preocuparnos, ya se aproxima en violencia y en escapismo a la argentina.

La progresía está construyendo un Derecho Penal aterrador. Todo delincuente tiene ‘derecho’ a reinsertarse, incluidos los terroristas y los asesinos múltiples, salvo los de carácter sexual y siempre que se trate de varones contra mujeres. Y para caer en la categoría de delincuente sexual, basta la palabra de una mujer, sin más prueba. Esto sí es un privilegio propio del Antiguo Régimen.

A las mujeres que mienten sobre violaciones y abusos por motivos políticos, ¿de verdad les importa lo que sufren otras mujeres?

De la misma manera que estaba convencido de que Kavanaugh sufría una campaña de mentiras, también estoy convencido de que no veremos a los creadores de opinión progres reconocer que se han equivocado al dar crédito a las acusaciones que llegaban vía CNN o The New York Times. En el periódico más vendido de España, Elvira Lindo definió a Kavanaugh como “un señorito” y Manuel Jabois como “un depredador sexual”. Por ahora, la directora progresista y feminista de El País, Soledad Gallego-Díaz, no le ha parecido adecuado informar a su público de las mentiras sobre el jurista al que periódico denigró, no sea que su audiencia acabe pensando que las mujeres, contra lo que sostienen el discurso oficial, pueden mentir.

Luego se sorprenden los editores y los columnistas de que cada vez menos gente confíe en la ‘Prensa de kalidá’, cuando ellos son los primeros emisores de ‘fake news’, ‘falsas nuevas’ en español clásico.

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).