El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. /EFE
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. /EFE

Estamos en un momento en el que la gente vota lo que le da la gana y no lo que los periodistas dicen que tiene que votar. Un descontrol del que, nos dicen los propios medios de comunicación, no puede salir nada bueno. No hemos adoptado el sistema democrático para que luego vayan los electores y hagan lo que les venga en gana, sino para que acepten con mansedumbre, y si puede ser con entusiasmo, lo que decimos los medios. Sólo así podremos tener una verdadera democracia.

Yo no soy tan pesimista. Por un lado, comprobar que los medios de comunicación tienen muy poca influencia me colma de gozo. Por otro, quizás no todo lo que prescriban estas empresas tenga que ser necesariamente lo mejor.

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Un caso claro es el de Jair Bolsonaro. Ya dije en estas páginas que había que esperar para ver qué prevalecería en su gobierno, su veta autoritaria o la liberal. O si sería una combinación de ambas. La izquierda española y latinoamericana teme mucho más todo lo que Bolsonaro tenga de liberal que lo que albergue de autoritario, como demuestra el hecho de que apoyase sin fisuras a otro nostálgico de la dictadura brasileña, como es Luiz Inacio Lula da Silva.

“Este es el comienzo de la liberación de Brasil del socialismo, la corrección política y de un Estado inflado”, dijo Bolsonaro en su toma de posesión

El ex militar ha tomado posesión de su cargo de presidente del país y ya ha comenzado a tomar decisiones. Por ejemplo, ha despedido a 300 empleados públicos contratados cuya militancia no es el Estado sino el Partido de los Trabajadores, la formación de Lula. Ha transferido al Ministerio de Agricultura la atribución de identificar, delimitar y demarcar las tierras indígenas y quilombolas.

Hasta entonces, la asignación sobre las tierras indígenas quedaba con la Fundación Nacional del Indio (Funai), vinculada al Ministerio de Justicia; y en los cimarrones, con el Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (INCRA). Es decir, recupera para el Estado un inmenso poder que estaba en manos de organizaciones afines al PT.

Sus medidas económicas no podrán esperar mucho, pero el Gobierno ha fijado ya sus prioridades. “Este es el comienzo de la liberación de Brasil del socialismo, la corrección política y de un Estado inflado”, dijo Bolsonaro en su toma de posesión. De modo que va a aligerar el Estado y va a simplificar los impuestos. Por ejemplo, va a reformar las pensiones, aunque comienza echando agua sobre su propia reforma. Su gobierno tiene dos almas, una militar y la otra liberal, y aquí se ha impuesto la primera. Otra prioridad es la privatización de la economía, ámbito en el que está por ver cuál de las dos almas impera. Y otra es la liberalización del comercio, incluso más allá de Mercosur.

Pero Bolsonaro ha llegado al país sobre una plataforma que ha ganado sobre todo por dos cuestiones: la lucha contra la corrupción, que había inficionado todo el gobierno del PT, y la lucha contra la inseguridad. Apenas cumplidas dos semanas de gobierno, es pronto para decir si Bolsonaro ha hecho contra la corrupción porque, aunque algunos son realmente rápidos, apenas ha dado tiempo para el latrocinio. Pero ya ha dado pasos en la lucha contra el crimen. También aquí deja ver sus dos almas, la autoritaria y la liberal.

El Estado de Ceara ha detenido a 45 personas en conexión con decenas de ataques que se han producido en 15 de las ciudades del Estado. El ministro de Justicia e Interior, el juez anti corrupción Sergio Moro, ha anunciado que despliegará al Ejército en la zona para tomar el control de la misma. Vamos a ver más acciones como esta en los meses por venir.

El recurso al Ejército para la lucha contra el crimen es una medida excepcional. Debe serlo, al menos. Puede ser útil no ya por su puro ejercicio de fuerza sino sobre todo por su capacidad disuasoria, mayor cuanto cuenta con una decisión política absoluta. Pero no se acerca siquiera a la solución del problema.

La tasa de homicidios de Brasil es de 29,5 por cada 100.000 habitantes, según los últimos datos comparables, que son de 2016. Para que nos hagamos una idea, en Méjico nunca se han superado los 23 homicidios por cada 100.000 habitantes, y en el último año comparable era de 19,3; Mientras, en los Estados Unidos la tasa es de 5,4 homicidios por cada 100.000 personas y en España está en 0,6. En 2017 hubo 63.880 homicidios en el país, como si el año pasado hubieran matado a todos los ciudadanos del Prat de Llobregat o La Línea de la Concepción.

¿Cómo es eso posible? Porque los criminales están armados y la gente común, que cumple la ley, no lo está. Porque la ley es muy restrictiva e impide a los brasileños de bien armarse para poder defenderse. En la actualidad, sólo tienen licencia para poseer armas 1,3 millones de brasileños, menos del uno por ciento de la población. Allí está prohibido portar armas en la calle. La Ley que rige se llama Estatuto de Desarme, lo cual no deja lugar a dudas sobre sus intenciones. Bolsonaro ha prometido que permitirá que todo ciudadano podrá armarse y defenderse de los criminales.

Pero el interés del pueblo de Brasil por armarse es claro. A pesar de las restricciones, hay un creciente interés por la posesión de armas en el país, como lo muestra el hecho de que en 2004 se concediesen 3.029 licencias y en 2017, 33.031. En 2005, el 64 por ciento de los brasileños votaron en referéndum en contra de una propuesta de prohibir la posesión de todo tipo de armas. El hecho de que dos de cada tres brasileños, la inmensa mayoría de los cuales está desarmado, rechace una medida así, es muy significativo.

¿Qué ocurrirá si los brasileños pasan a estar armados? No he encontrado una sola voz que diga que el crimen se va a disparar en el país, quizás porque incluso los partidarios del control de armas saben que ocurrirá exactamente lo contrario: el crimen bajará. Quizá no en 2019 (aunque no creo que sí lo hará), pero sí a partir de entonces. Y cuando los brasileños vean que es más probable hacer una vida normal sin que te maten, ganará las elecciones con más de un 55 por ciento del voto, como ha obtenido en las últimas.

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José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.